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En un cubo de basura de San José del Guaviare rebusca restos de comida un pequeño grupo de menesterosos. Es la gran fiesta del Joropo, el baile regional típico de los llaneros, la ciudad está encendida, los más hábiles bailarines de este complicado floclor han venido de todos los rincones de la selva y de los Llanos Orientales. Los puestos de comidas, la música vallenata de las atracciones, el timbre de la música llanera. Todo se entremezcla con el gentío que disfruta en el pabellón de deportes del agotador Joropo. Mientras, los menesterosos siguen rebuscando en la basura: restos de mamona, la típica carne a la llanera, trozos de pizza, de cuando en cuando un vendedor se apiada y les regala un refresco o un plato con restos.


A nadie importa pero esas manos que se esfuerzan por encontrar un resto de comida continúan en unos cuerpos chatos y morenos, vestidos con camisetas demasiado grandes para sus cuerpos, las miradas desafiantes, los niños envueltos en sus juegos infantiles, las mujeres sujetas a rollos de cuerdas de hoja de palma con las que fabrican sus pulseras. A nadie importa, como digo, pero esos cuerpos rechonchos y esas miradas oscuras, escondidas bajo cejas depiladas y sin pestañas, son las de los últimos nukak makú, una raza en extinción. Los hombres deambulan por las puertas de los bares, puede que buscando alcohol. Las mujeres hacen círculos para atraer a los pocos turistas. ¿Cuánto por una pulsera? Diez mil, gesticula hosca una nukak. Acepto y espero paciente a que elabore una pulsera que confecciona a la medida, mi brazo sujeto al suyo. Al acabar hago una prueba: le doy mil. La nukak coge el billete, lo mira y se lo mete en el bolsillo. No conoce el valor del dinero. Uhmm, interesante: la detengo y le cambio el billete: es este, diez mil, no mil. Los nukak apenas hablan castellano y su idioma, una bacanal de chasquidos en los que predomina la letra i se me antoja ininteligible. La concejala de asuntos sociales de San José me lo confirma: no, no conocen el valor del dinero, pero lo buscan con insistencia. ‘Mire si no cómo hay nukaks con los ojos verdes y sabrá que todo tiene un precio’. Pues sí, en San José, como en todas partes, todo tiene un precio y alguien dispuesto a pagarlo…

Bailarinas de joropo en San José del Guaviare
Nukak Makú elaborando pulseras en el mercado de San José del Guaviare

 

Una pena porque apenas quedan doscientos de aquellos dos mil que aparecieron a finales de los años ochenta pidiendo ayuda porque una infección los mataba por decenas. Los investigadores descubrieron que se trataba de un pueblo nómada, que vagaba por las selvas de la Amazonía y la Orinoquía en grupos de treinta individuos y que desde los graves sucesos protagonizados por los caucheros de Julio César Arana (El sueño del celta, de Mario Vargas LLosa) en el siglo XIX habían decidido desaparecer de la vista de los occidentales y esconderse selva adentro. En la década de los años sesenta los colonos volvieron a encontrarlos y la fricción acabó con varios indígenas muertos. A finales de los ochenta, los Nukak Makú salieron de nuevo, esta vez perseguidos por los cocaleros que ambicionaban las tierras por las que deambulaban para sembrar más hoja de coca. Y entre la imposibilidad de volver a la selva, infestada de guerrilleros de las FARC, campesinos coqueros, colonos y misioneros que, entre todos, acababan con sus vidas (a base de balas o de virus), los nukak conocieron las fascinantes bebidas de colores de los hombres blancos y sus grandísimas construcciones. Y eso que no salieron a Nueva York sino al minúsculo municipio de Calamar, en lo más profundo del departamento del Guaviare, capital de las FARC, con su emisora de radio revolucionaria y sus transacciones de mercancías comunes a cambio de gramos de pasta base de coca (este mismo blog, viaje a Colombia). Los nukak habían llegado a un punto de no retorno: la selva era demasiado peligrosa para ellos pero la civilización podría serlo más. Diez años después de su ‘descubrimiento’, en mil novecientos noventa y ocho, la comunidad nukak había disminuido hasta los mil individuos, gracias a sucesivos brotes de sarampión, meningitis, gripe, hepatitis y demás enfermedades desconocidas. Hoy sólo sobreviven entre doscientos y trescientos individuos.

La desaparición de toda una raza ocurría a una velocidad de vértigo y el gobierno colombiano, ocupado entonces en lo más duro del conflicto contra las guerrillas, aún pudo levantar un exiguo programa de salud para evitar su desaparición total. Voy a verlos a Agua Bonita, en las afueras de San José. Es difícil hablar con ellos, apenas entienden el castellano y tampoco tienen mucho interés: los blancos les damos cierto asquito. Hoy están, además, enfadados porque aún no ha llegado el camión con mercancías que el gobierno les envía semanalmente. ‘Se han acostumbrado a recibir comida y no hacen nada más por conseguirlo, incluso están olvidando sus ancestrales técnicas de caza’, me cuenta el guía, Yolver, mientras torea con éxito las miradas furibundas del líder de la aldea, un tal Schneider. ¿Y ese nombre? ¡Sabe Dios!

Schneider se coloca bien la camiseta en su aldea de Agua Bonita con cierto malestar
Los Nukak Makú se extinguen y aún es posible verlos así que acuda rápido antes de que agonice el último, trate de engañarles con el precio de las pulseras, podrá ahorrarse unos céntimos de euros aprovechando su ignorancia, véalos bebiendo colas, probándose pantalones, jugando con monos minúsculos que cazaron en la selva, a los Nukak no les queda ya mucho tiempo pero con unos billetes y pocos escrúpulos todavía es posible revolcarse con una hembra de una raza en extinción. Y si llega tarde, no se apure: Survival nos avisa de que en el Perú ha sido contactada una nueva raza desconocida: etnias aisladas en el Perú, y dicen los científicos y antropólogos que en todo el planeta todavía pueden ser cien las razas que se esconden en la floresta. Disfrútelos antes de que desaparezcan y nos entreguen a cambio una raya de cocaína o un litro de gasoil.