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A las afueras de Leticia, al sur de Colombia, vive el indio Guillermo en una maloca redonda rodeada de cultivos de hoja de coca. ‘Si viene usted a visitarlo seguro que le invita a mambear’, me dice Walter, un tipo que no consigo saber de dónde ha salido. ‘Vayamos’, le digo, y Walter me guía por la selva a través de un bosque enmarañado, fangoso y denso, andamos con sumo cuidado sobre un extraño camino formado por troncos de árboles tumbados en fila, troncos resbalosos que parecen molestos con mis pisadas y que de cuando en cuando me escupen al fondo del suelo arcilloso y mojado. Caigo con estrépito una y otra vez, trípodes, lentes, cámara y todo mi yo entero y Walter no se molesta en disimular las risitas, que de pronto son carcajadas, con cada nueva caída. Y así durante cuarenta minutos. ‘No se arrepentirá, amigo, el mambeo es algo mágico que merece la pena’. Yo quiero grabar la preparación del mambeo, quiero que el tal Guillermo me explique el papel de las cenizas, cómo evitar que se desmorone el bolo que se coloca en el interior del carrillo, quiero que me hable de qué es para él la hoja de coca. Pero no sé si llegaré entero porque de cada dos pasos, uno es un resbalón. Por fin llego a la chacra de Guillermo. Efectivamente: está rodeada de cultivos de hoja de coca, los tallos se elevan sobre mis narices, la selva desaparece en un claro repleto de los finos tallos de la hoja de coca.

La hoja de coca crece en tierras altas, desde los 800 hasta los 2000 metros, es más bien un cultivo de montaña, aunque que no es extraño que también se reproduzca en determinadas regiones y en este departamento del Amazonas, al sur de Colombia, también crece a nivel del río. La hoja se agita levemente con la calurosa brisa que parece provenir del interior de la selva y entre los más terribles sudores lo interpreto como un saludo de bienvenida. A un lado veo los restos de una hoguera y más allá la maloca. El indio Guillermo sale de su choza y me observa circunspecto. Walter lo saluda con una sentida efusividad que no encuentra precisamente eco. ‘Aquí el compañero viene de muy lejos y quisiera conocer algo más de la hoja de coca’, le dice a Guillermo, pero el indio no parece estar de acuerdo. ‘Pase y mambeemos pero ni se le ocurra encender la cámara’, me dice serio y amenazante. Así que dejo el equipo en un rinconcito, ese equipo magullado y maltratado después de tantas caídas, y me siento en el interior de la amplia maloca, junto a un cuenco de hojas relucientes. El indio me mira. Yo miro a Walter. Walter mira a Guillermo. ‘Hágale’, me dicen ambos y me meto en la boca una bola de ceniza y hojas que debo acomodar en un carrillo mientras evito que se desmorone en la cavidad bucal y esparza de molestas partículas todo el cielo de la boca.

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La ceniza puede extraerse de la quema de los tallos de plantas o bien usar cal viva. Hay tribus que usan conchas marinas machacadas y quien chupa un palito mojado en saliva y cal viva. La ceniza resulta especialmente molesta porque tiende a la dispersión y la sensación puede ser desagradable para los que no estamos acostumbrados a esta práctica. Pero es fundamental para extraer el alcaloide de la cocaína. La saliva se combina con esta sustancia, que la ceniza ayuda a sacar de la hoja, y descompone la cocaína para que el organismo lo absorba y pueda transformarse en ecgonina, que es un nuevo alcaloide similar a la cocaína. Todo un estudio químico que desemboca en el hígado, donde se queman las grasas acumuladas para generar glucosa. O lo que es lo mismo: energía. Un proceso complicado que descubrieron los indígenas de las selvas sabe Dios cómo: los incas acudían a los dos hijos del sol, Manco Capac y Mama Okllu, para explicar que sin la intervención divina no hubiera sido posible.

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Miro al techo, con sus recias vigas, miro el suelo, apenas un trozo de selva limpio, miro a Guillermo, que mambea con destreza mientras me observa de reojo, miro a Walter, que a su vez me mira divertido. Siento que no me produce efecto alguno y el indio no se muestra muy hablador. ‘Mambear no es sólo mascar’, me dice Walter, ‘es un momento especial en el que uno reflexiona y se sumerge en sus adentros’. Lucho denodadamente por evitar que el bolo se rompa y la ceniza vuele de un lado a otro de la boca. El indio no habla y comienzo a aburrirme: no noto nada. Tampoco sé qué espero notar.

‘La mezcla de la ceniza y hoja de coca también lleva una pasta de tabaco’, me dice Walter mientras el indio Guillermo calla en su rincón. ‘Es el ambil’, recalca, ‘y la ceniza que se utiliza suele ser de yarumo’. Miro la oscura pasta de tabaco y recuerdo el mapacho que los chamanes de la Amazonía peruana me exhalaban en la cara durante la ceremonia de la ayahuasca. Afortunadamente el mambeo entre los indios no tiene nada que ver con la ritualidad de la ayahuasca y uno puede mambear a cualquier hora y casi que en cualquier sitio.

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La hoja de coca de la selva baja, conocida como Ipabu, tiene menos concentración del alcaloide de la cocaína que su prima de las montañas, tan sólo un 0.25% frente al 0.77%. Una investigación dirigida por el etnobotánico Timothy Plowman, demostró que ingerida, la hoja de coca proporciona elementos nutricionales: “Cien gramos de hojas de coca basta para satisfacer las necesidades nutricionales de un adulto en 24 horas. Gracias a sus contenidos de calcio, proteínas, vitamina A, vitamina E y otros nutrientes, esta planta ofrece al campo de la nutrición humana posibilidades aún más amplias que al campo exclusivamente medicinal”. Puedes leer todo esto aquí.  El masticado permanente de la hoja de coca, con sus correspondientes reactivos, posibilita que una cantidad mínima, pero suficiente para causar efecto, entre en la sangre y mantenga un estado de alarma y esa suficiencia nutricional prácticamente de modo permanente. Todo lo contrario del esnifado de cocaína que lanza como un cohete una gran cantidad de cocaína al interior del flujo sanguíneo. Los consumidores del mambe sienten que se cansan menos, que pueden caminar más lejos y más rápido, que el hambre es más llevadera y que puede tardar más en comer. Claro: llevan una carga vitamínica que les satisface el organismo.

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Pedro Cieza de León, un extremeño religioso que participó en la conquista del Perú lápiz en ristre, decía que ‘por todas las partes de las Indias que yo he andado he notado que los indios naturales muestran gran deleitación en traer en las bocas raíces, ramos o hierbas’. El religioso español flipaba viendo esos carrillos inflados y describía que cerca de Cali y Popayán, al sur de Colombia, traían coca menuda en la boca ‘y de unos pequeños calabazos sacan cierta mixtura o confación que ellos hacen y puesto en la boca, lo traen por ella, haciendo lo mismo de cierta tierra que es a manera de cal… En el Perú, en todo él se usó y usa traer esa coca en la boca y desde la mañana hasta que se van a dormir la traen, sin la echar della’. Cieza de León les preguntó que qué hacían y los indios le respondían que ‘sienten poco la hambre y que se hallan en gran vigor y fuerza’. Claro que el religioso era eso: un religioso y del siglo XVI: ‘creo yo que algo lo debe de causar, aunque más me parece una costumbre aviciada…’.

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Y ahí radica el problema de la coca. Desde que se encontró el modo de extraer el alcaloide para su uso recreativo, los pobres indígenas ven en peligro una práctica ancestral que mucha gente en occidente considera del mismo modo que Cieza de León: vicio. Aunque al principio la cocaína se tomó por un anestésico estupendo y dicen que hasta el Papa León XIII, por no hablar del zar Alejandro de Rusia o escritores como Julio Verne o Arthur Conan Doyle, consumían una bebida que mezclaba cocaína y vino tinto. Pronto la moralidad transformó el escenario y la hoja de coca, igualada a la cocaína en polvo, terminó siendo pasto de la prohibición legal y de la demonización pública. Pero, ¿y los indígenas? Pues los indígenas han seguido igual, con sus costumbres, con su mambeo y sus poporos, usando la hoja mágica que quita el hambre y da sensación de potencia y fuerza ilimitada, y generando olas de protesta a la que se unen asociaciones abolicionistas de todo el mundo, como estos de Amigos de la hoja de coca.

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El indio Guillermo continúa mascando la mezcla mientras mi boca cobra vida propia y dudo entre escupir el polvo que abandona el bolo o tragármelo para no quedar mal. Al cabo de un rato me aburro. Señor Guillermo, le digo mientras le doy la mano, muchas gracias por el mambeo, es usted muy amable, espero que podamos vernos en una próxima ocasión. Guillermo me mira con su carrillo hinchado, igual que yo (presumo), pone cara de póker y me saluda con una mano endeble y fría. Vuelvo a Leticia, al camino de troncos resbaladizos, a cargar con el equipo. Cuando llegamos a la ciudad, Walter me pregunta.

¿Se dio cuenta, señor?

¿Cuenta? ¿De qué?

¡No se cayó ni una vez y hemos hecho el camino en unos diez minutos!

¡¡Cierto!! Y ahora que lo dice, tengo la impresión de que he volado más que andado. Mis pasos son firmes y seguros, el equipo no me pesa y tengo una nueva y desconcertante capacidad de bailar sobre troncos húmedos tumbados en la mitad de la selva. Además, me siento un tantito todopoderoso. ‘Bien señor, nos vemos otro día’, se despide Walter, ‘supongo que volverá al hotel’. Le saludo efusivamente, mientras su sonrisa delata guasa. ‘No creo’, le contesto, ‘tal vez me vaya a correr por la ciudad…’ Llamativo, pienso mientras vuelo camino del hotel: hace décadas que no hago ningún tipo de deporte…

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