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Una maloca de los Jiws con la base militar El Barrancón al fondo
Junto al río Guaviare, cerca del municipio de San José, se levanta la base escuela de elite El Barrancón, una escuela de fuerzas especiales rurales, los boinas verdes para los EEUU, un lugar donde se adiestran oficiales colombianos y de hasta otros veinte países. El lugar es idóneo para estos entrenamientos porque el clima, el entorno y la selva húmeda presenta las características de todos los futuros teatros de operaciones de Latinoamérica y hasta del África. Y, además, el sitio es bonito, con caudalosos ríos, tupidos bosques y hasta la oportunidad de foguearse en algún combate con los guerrilleros de las FARC, que tienen sus bases no muy lejos, selva adentro. En la escuela también se entrenan militares de la US Especial Force porque, dicen los datos de las instalaciones, dentro se desenvuelven más de cien instructores especialistas en comandos SEAL o unidades LURP (los célebres Rangers), entre otras, que operan infiltrándose en territorio enemigo. Un lugar que inspira respeto porque durante muchos años fue el escenario idóneo para poner en práctica las nociones aprendidas en la escuela de las Américas y sólo evocar esa escuela pone los pelos de punta a muchos en este continente. Unas instalaciones que utilizaron, por cierto, los paramilitares que cometieron una de las más horribles masacres de la historia de Colombia (que ya de por sí tiene una historia larga en masacres), y que no es otra que la de Mapiripán (La masacre de Mapiripán)
Viajando en una pick up con los guayaberos
El problema de la base militar de El Barrancón es que su destino debía de ser otro. Otro radicalmente distinto. El Barrancón era un resguardo indígena en el que vivían, y aún viven, los Guayaberos, o Jiw, en su propio idioma. Según denuncian los mismos Jiw, ‘a veces encontramos artefactos abandonados, esquirlas y casquillos de bala en las chagras y yuqueras’. Los indígenas aseguran encontrar trampas en sus fincas, minas en sus caminos, restos de artefactos en sus patios. El 20 de febrero de 2007, por ejemplo, una joven llamada Nubia Díaz recogió algo que encontró en el suelo y perdió las piernas, un suceso que fue noticia en todo el país por el sinsentido de una etnia condenada eternamente a vagar. A ella, a Nubia, no la vi pero sí vi a las niñas guayaberas caminando pesadamente a primeras horas de la mañana, desde sus malocas junto a la base militar hasta el centro del pueblo. ‘A veces se paran junto a la base, ya sabe usted’, me comenta la concejala de asuntos sociales de San José, ‘para conseguir dinero…’. Los guayaberos son serios, te miran con cierta desconfianza y a distancia, los que conozco están en un descampado caluroso, aplastados por el sol, elaborando grandes tortas de yuca, en algunas chozas incluso se anuncian llamadas telefónicas. En la ciudad los ven como seres extraños, con propensión al alcohol y la pelea ellos, sucias y dispuestas a prostituirse ellas.
Estos son los guayaberos y estas son sus caras
Pero su historia es más que triste porque los Jiw eran nómadas del gran desierto verde, la jungla. Primero sufrieron la guerra de los Mil Días, luego la revolución, los años de la Violencia (La Violencia), la llegada de los colonos, las grandes plantaciones de marihuana, los cazadores de pieles, los sembrados de cocaína, los frentes 1 y 7 de las FARC, el bloque Centauro de los paramilitares, los ganaderos con sus miles de vacas, los soldados. Y, por supuesto, las bases militares. Por el camino quedaron muchos, asesinados, secuestrados y desaparecidos, a veces en ese orden. ‘La guerrilla dice que ellos son el ejército del pueblo, que ellos mandan y nos hacen hacer trabajo forzado, o si no nos maltratan o nos matan’. Los testimonios como ese son comunes: aquel muchacho huyó de su pueblo cuando supo que lo iban a matar, aquel señor se escapó cuando vio que mataban a un vecino, aquella familia llegó hace unos meses y todavía no se maneja muy bien en un territorio sin caza ni bosques. Hoy viven dedicados a pillar lo que encuentren, ellas a buscarse la vida en la ciudad o a elaborar artesanías jiw de barro cocido, ellos a deambular en busca de no se sabe bien qué cosa. Me recuerdan a los Nukak Makú, sus vecinos (Mi visita a los Nukak Makú)
Y entonces la guerra alcanzó toda su crudeza en la región: los paramilitares se enfrentaban a los guerrilleros y viceversa, los narcos se adueñaron de lo que no pertenecía a ninguno de ellos, algunos paramilitares se convirtieron en bandas comandadas por personajes tétricos como alias ‘Cuchillo’, y la situación empeoró. ‘Cuando veníamos de los resguardos de río abajo, nos decían que éramos de la guerrilla y cuando subíamos nos acusaban los guerrilleros de llevar información al ejército o a los paramilitares…’. Entre todos lo mataron y el pueblo guayabero, enterito, tomó la decisión de emigrar. Dejaron atrás sus territorios, sus zonas de caza, sus santuarios de pesca y cambiaron su particular paraíso por un secarral junto a unos tipos que juegan a la guerra y unos vecinos que los consideran poco menos que perros de la selva.
Cocinando fariña
Junto al cochambroso asentamiento de los Jiw se encuentra el polígono de entrenamientos y los indígenas van con miedo a mariscar. A buscar agua, a lavar la ropa, a bañarse. Todo con miedo. Los guerrilleros llegaron a imponerles multas por cazar de noche sus animales habituales y de día era la policía la que les multaba si cazaban especies protegidas. Desorientados y malhumorados, los guayaberos sobreviven en una especie de indolencia colectiva, con miedo a unos y otros, una etnia desplazada en su totalidad de sus tierras originales.
Según el INCODER son algo más de mil cien individuos, procedentes de las riberas del río Ariari, aunque llevan décadas sin poder acercarse por el conflicto armado. Cazadores y pescadores, los jiw son también conocidos como mitua o canima, vivían en grandes casas colectivas, donde convivían hasta veinte personas que dormían colgadas en chinchorros (hamacas) en una suerte de distribución vertical, con los niños arriba y los padres abajo, desplazándose conforme los cultivos se acercaban a sus tierras. Son indígenas amazónicos, de esos que usan el yagé, o ayahuasca (link: mis experiencias con la ayahuasca) y que levantan casas llamadas Peilaba para las mujeres menstruantes y las próximas al parto. Los guayaberos han entrado en esa categoría de etnia fuertemente amenazada, con su lengua entre las cinco con más posibilidades de desaparecer en unos años, unos seres que han pasado de vivir en un pequeño paraíso junto al río Guayabero, que les terminó por dar el nombre con el que los conocen los hombres blancos, a vivir en un caluroso infierno, junto al río Guaviare.
Para conocer más sobre los jiw: Los jiw, o guayaberos