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Un albanés mantiene alto el espíritu y yo decido imitarle

 

Hace ahora diez años alquilé un renault Clio en el aeropuerto de Sofía, la capital de Bulgaria, le prometí a su dueño que como mucho me acercaría a la frontera griega y enfilé morro a Macedonia, donde la guerrilla albanesa del UÇK-M asaltaba a las tropas eslavas reivindicando un referéndum que les permitiera unirse a sus hermanos de raza. En la ciudad de Kumanovo conocí a un albanés, Sheval, que se ofreció para presentarme a los guerrilleros aunque, eso sí, deberíamos ir a Kosovo para contactarlos. Sufrí entonces un ligero vahído porque le había prometido al dueño del vehículo que no lo expondría a ninguna situación de riesgo y el destino me llevaba al peor escenario posible. Conseguimos, con vicisitudes sin nombre, llegar a Pristina, la capital de Kosovo, y de ahí a Vitina, donde se suponía que los guerrilleros harían por saludarnos. Pero la espera se hizo eterna y decidí, una tarde, pasear por la ciudad y hacer algunas fotos. Apenas un par de barrios de Vitina permanecían en manos de los serbios, mientras que una multitud de albaneses deambulaba por las calles de la ciudad sin mucho más que hacer que mirarme de arriba abajo con cara de enfado. Por fin encontré uno de esos barrios: a la entrada, cuatro soldados norteamericanos de la OTAN, con sus dedos en los gatillos y abrigados por unos enormes chalecos antibalas, vigilaban que ningún albanés entrara en las calles serbias mientras que un grupo de mujeres volvía de la compra escoltadas por otros soldadotes igualmente imponentes y enormes.

Decidí entonces que ahí había una buena foto. Saqué mi cámara, localicé a los militares a través del objetivo, enfoqué alegremente y una sombra cariacontecida se me acercó de mal humor. ¿Qué hace usted?, me preguntó el soldado. Fotos, le dije yo enarcando las cejas mientras le enseñaba un carnet de prensa. ‘Este carnet no vale’, me espetó serio. Era mi carnet de Canal Sur. ‘Lógico’, pensé yo, ‘aquí nadie conoce Canal Sur’. Rebusqué en la cartera con la esperanza de encontrar otro carnet: ahí estaba, el carnet de la Asociación de la Prensa de Cádiz: tenga usted. El militar lo miró con cierto asquito y me lo devolvió mientras meneaba la cabeza. Vaya, este tampoco sirve. Nervioso, rebusqué con ahínco mientras el soldado acariciaba su M16. Localicé por fin una nueva acreditación de prensa: un viejo carnet del diario Ya, caducado años atrás, un absurdo recuerdo de mis tiempos de corresponsal en Colombia. ‘Está caducado desde hace cuatro años’, observó con evidente malhumor el coloradote militar. Confieso que lo vi todo perdido y que me imaginé despellejado por una turbamulta albanesa, o tiroteado por sus compañeros, que asistían en la distancia al espectáculo con caras que rayaban el suelo sin asfaltar del barrio serbio. A punto de agotarse mi muestrario de carnés, localicé el último: una acreditación de prensa del concurso de agrupaciones carnavalescas del Gran Teatro Falla de Cádiz. Lo saqué de su ranura y se lo alargué con canguelo al que presumía ya mi verdugo. El hombre lo miró ceñudo, comprobó que la foto se correspondiera a mi rostro, me escudriñó, miró otra vez la foto y concluyó: ‘That’s right’.

Y aquí dejo algunas fotos de aquel extraño momento en el que los soldados norteamericanos de la OTAN desplegados en Kosovo me permitieron acompañarlos de patrullaje y fotografiarlos gracias a un carnet de prensa del carnaval de Cádiz.

Los soldados de la OTAN se ríen de mi candidez pero me permiten fotografiarlos gracias a un carné del carnaval de Cádiz