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Desde el aire, la nada. Una extensa superficie verdosa que se pierde en el horizonte. A ras de suelo, sin embargo, todo es él. Nursultán Nazarbayev. Desde el aire, el noveno país más extenso del planeta. Dentro de sus límites cabrían España, Francia, Alemania, Noruega, Holanda, Bélgica, Italia, Portugal, Hungría y Polonia. Fuera de sus fronteras la pregunta es sólo una. ¿Kazajistán? ¿Eso dónde está? Sin embargo no sólo es una enorme extensión de terreno. Es el principal productor mundial de uranio, exporta casi ochenta millones de toneladas de petróleo al año, y sus reservas combinadas en Tengiz y Kashagan exceden de los 60.000 millones de barriles. Sus reservas de gas son también enormes, como las de bauxita, carbón, hierro, plata. ¡Una fortuna en manos de tan sólo dieciocho millones de habitantes! Habitantes que se reparten en un puñado de ciudades en permanente expansión en unas interminables llanuras que adoptan la forma de su presidente porque moldea el país a su imagen y fantasía. Desde el aire, sólo tierra. Desde el suelo, sólo Nazarbayev.

En el museo del Primer Presidente se guarda un cuadro que simboliza el sueño de Nazarbayev: del nomadismo de la estepa, abajo con sus camellos y todo, al futuro de naves espaciales. Enmedio hay una ciudad futurista que no es tal porque ya existe y se llama Astaná…

Cuando los rusos llegaron a las estepas centroasiáticas se toparon con unas gentes que hablaban turco antiguo. ‘Somos kazajos’, les dijeron. Simpáticos, pensaron aquellos intrépidos pioneros. Pero no. No es que fueran simpáticos, que lo eran. No es que fueran kazajos, que también. Eran nómadas independientes. Que es precisamente lo que significa kazajo. ‘Hombres libres, independientes’. Gentes acostumbradas a recorrer la estepa sin más oposición que las distancias sobrehumanas y las diferencias de ochenta grados entre invierno y verano (de menos cuarenta grados a más cuarenta). Gentes asociadas a clanes provenientes de las Tres Grandes Hordas que salieron siglos atrás de su Mongolia original en los tiempos del mítico Gengis Khan en su frenética conquista del mundo conocido entonces. Los rusos tomaron el nombre como propio y a partir de entonces se dieron el gustazo de llamarse a sí mismo kazajos, pero a lo ruso: cosacos. Claro que estos últimos, los cosacos, eran eslavos, muchos de ellos criminales de origen ruso y ucraniano, siervos huidos de sus amos, aventureros de todo pelaje. Pero ante todo cristianos orgullosos de su fe. Acostumbrados a vagar por las enormes extensiones centroasiáticas terminaron por mimetizarse con el entorno, unieron su sangre a los locales y se enorgullecieron incluso de ser la punta de lanza del imperio ortodoxo por excelencia. El ruso.

Atardece en Astaná…

Los hombres libres, por otro lado, se habían mezclado también pero con tribus locales de origen turco. Al menos hasta que los rusos plantaron sus reales al estilo del general Custer: los norteamericanos siempre al oeste, los rusos siempre al este. A finales del siglo XVIII Pedro el Grande puso sus ojos en este interminable territorio y ordenó a sus cosacos que se hicieran con el país a base de construir fortalezas en lugares estratégicos. Y su sucesora, Catalina la Grande, apuntaló lo que sería una red de fortificaciones para apoyar a la población local, los ya para siempre kazajos, frente a las amenazas de invasión de sus primos de Horda, los mongoles de Zungaria, hoy a medio camino entre la Sinkiang china y el sur de Kazajistán. La colonización terminó con apenas unos cientos de muertos del lado ruso y decenas de miles del lado kazajo. Poco después de que los Estados Unidos se hicieran con California en el Salvaje Oeste, Rusia se hizo con Kazajistán en el Salvaje Este…

…el pasado nómada está presente en la memoria del país…

De volver a nacer otra vez este país hoy tal vez se llamaría Nazarbayevstan. Porque todo es él. Nursultan Nazarbayev. El último secretario general del PCUS de Kazajistan, el primer presidente de Kazajistán. Y, hasta ahora, el único. Su nombre preside al aeropuerto internacional, está detrás de la delirante aldea convertida en capital del país a base de talonario, Astaná, un empeño especial de Nazarbayev de crear una moderna ciudad plagada de grandes avenidas, torres de cristal y edificios modernistas. Paso por el centro cultural Nazarbayev, veo una gran foto de Nazarbayev en actitud campechana, distingo la torre Bayterek, el emblema por el que peleó especialmente el señor Nazarbayev. Astaná es una descomunal sucesión de torres de apartamentos, enormes avenidas, edificios ultramodernos, construcciones imposibles, construcciones posibles y construcciones increíbles. Muchas de ellas firmadas por arquitectos de renombre, como Norman Foster o Kisho Kurokawa. La exposición internacional de 2017, que Nazarbayev se empeñó en celebrar para mostrar al mundo los avances de su país con la excusa de reflexionar sobre la energía, ha dejado la ciudad con dos centros, uno muy moderno, el otro mucho más. Porque treinta años atrás esta ciudad casi no salía en los mapas…

Visto desde lejos parece el desvarío de un niño gigante y megalomaníaco al que hayan dado campo libre con un gran lego. Y el museo del Primer Presidente tiene otro cuadro que simboliza mi visión (tal vez ese niño sea el propio Nursultan…). Por haber, en Astaná incluso hay tiburones, el mayor edificio esférico del mundo, una pirámide donde confluyen todas las religiones, una yurta (la tienda tradicional de los nómadas kazajos) de ciento cincuenta metros de altura que alberga una playa tropical en su interior para que los bañistas olviden que fuera el termómetro baja hasta los cuarenta grados bajo cero.

Pero con ser mucho, la verdadera creación de Nursultán Nazarbayev no es Astaná. La capital sólo es la guinda. Su verdadera creación es el país. Kazajistán. Un país tan unido a la figura de Nursultán que nadie sabe qué ocurrirá cuando él no esté. Porque el septuagenario presidente es todo un equilibrista capaz de negociar con la antigua metrópoli, Rusia, y con el vecino gigante, China, sin que ninguno se enoje. También mantiene excelentes relaciones con los Estados Unidos, a los que privilegia en sus relaciones, con la Unión Europea, a los que ofrece todo un mundo por invertir. Tanto que incluso España ha pillado cacho y el Talgo es ahora un emblema nacional. Los rusos le pusieron varias zancadillas en el nacimiento del país, allá por 1991, los chinos ansían extender sus fronteras más allá de la cordillera de Tian Shan. Pero Nuzarbayev, el eterno líder, apacigua a unos y otros, les da una de cal por otra de arena.

Un ejemplo de esto último. Cuando Kazajistán vio la posibilidad de lograr la independencia, los gerifaltes de Moscú torcieron el gesto. El potencial del nuevo país era inmenso: tenía ingentes cantidades de petróleo, de gas, las mayores reservas de uranio, tenía oro, carbón, hierro, bauxita, increíbles extensiones para agricultura. Sobre su suelo se levantaba la estación espacial desde la que ganó la fama Yuri Gagarin. Así que los rusos quisieron mantener al nuevo país bajo su alcance. Os proporcionaremos los nuevos rublos, le dijo Boris Yeltsin a Nazarbayev, seguiréis bajo el manto protector de una moneda fuerte y tendréis una preocupación menos. Pero Nazarbayev, con años a sus espaldas negociando con los soviéticos, se guardó un as en la manga. Mientras aceptó mantener el rublo comenzó en paralelo unas negociaciones secretas con el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, estudiaron cómo crear una nueva moneda y hasta encontraron un despacho que haría el diseño del nuevo billete: Thomas de la Rue, de Londres. Por su parte Alemania se ofreció también para la charada: ellos harían las monedas. Y Nazarbayev salió airoso porque los rusos cambiaron de pronto la moneda, del rublo al nuevo rublo, y dejaron sin valor millones de divisas en una jugada meditada para crear el caos económico en el incipiente país. Los kazajos quedaron de pronto al descubierto, con millones de billetes y monedas que no valían nada. Rusia destapó entonces sus cartas: si querían que les enviaran las nuevas divisas tendrían que ceder prácticamente toda su política económica a Moscú, desde la deuda pública a los impuestos. Dicho de otro modo: los rusos vaciaban la soberanía kazaja para aplicarles una política colonialista. Nazarbayev puso cara de póker y envió cuatro Ilhusyn 76, unas aeronaves gigantescas, a Inglaterra para que trajeran millones de la nueva moneda. En una semana, y bajo el mayor de los secretos, las autoridades kazajas abastecieron de la nueva moneda, el tenge, a la mayor parte del país, incluso las aldeas más remotas. Yeltsin debió de menear la cabeza y pedirse otro vasito de vodka.

Entre los edificios extraños de Astaná destaca el museo del circo, que parece un platillo volante… Y abajo, la gran Yurta, que es un centro comercial con playa tropical incluida…

En ese tiempo Nazarbayev, y la comunidad internacional, cayeron en la cuenta de que el joven país era algo más que inmenso: tenía más armas nucleares que Inglaterra, Francia o China. Tan sólo le superaban los Estados Unidos, Rusia y Ucrania. Esa extensa estepa que desde el aire parece vacía guardaba bunkers secretos repletos de misiles SS-18s a cuarenta metros de profundidad. Occidente se alarmó, claro: ¿quién es ese Nazarbayev, tan cerca de Irán, de Afganistán, de China, y tan cargado de armamento nuclear? Pero Nursultán soprendió a sus asustados contertulios. Recibió a los enviados de norteamérica, de Londres, de Alemania y de Francia: no se preocupen, les dijo, ustedes nos ven como un país musulmán cargado de armamento nuclear pero no nos vean así. El vecino ruso aspiraba a recuperar sus territorios, los chinos tenían aspiraciones, el vecindario era un avispero. Así que a cambio de desmantelar todo su armamento nuclear Estados Unidos dejó caer una lluvia de inversiones, ayuda humanitaria, proyectos. Pero había algo más. Los rusos, en su alocada carrera armamentística, habían olvidado detalles tan nimios como cientos de kilos de uranio y de plutonio en bases secretas y casi que borradas de la memoria. Visto además que los años noventa en Rusia no inspiraban mucha confianza, Nazarbayev habló directamente con Bill Clinton. La operación se conoció como Zafiro  y se centró en la ciudad de Ust-Kamenogorsk, donde se encontraba la mayor planta metalúrgica del país. En su interior media tonelada de uranio altamente enriquecido para un proyecto casi olvidado de principios de los años setenta de crear reactores para submarinos nucleares. Los rusos conocieron el proyecto como Goldfish porque la nave habría salido más barata si la hubiesen construido en oro. Pero fracasó y alguien olvidó esos cientos de kilos en una remota planta en Kazajistán. Los norteamericanos sellaron la zona, empacaron el mineral, descubrieron que había bastante más de lo que decían los registros soviéticos y se llevaron el material a los Estados Unidos.

La torre Bayterek, el emblema de Astaná

Nursultán Nzarabayev nació pobre en una aldea en la frontera sur con Kirguistán y muy cerca de China, con un padre pobre que trabajaba como criado para un ruso de posibles que la revolución soviética convirtió en kulak, o campesino adinerado, y envió deportado a Siberia como enemigo del pueblo. Un drama para el pobre tipo pero una suerte para el pueblo ruso en general porque el pequeño Nursultán supo diferenciar desde entonces entre el gobierno de los soviets y la vida de los rusos. Los rusos podían estar tan jodidos como los propios kazajos.

Los hombres libres e independientes.

Cuando el pequeño Nursultán comenzó a despuntar como una mente inquieta e inteligente nadie sospechaba que algún día aquel extenso territorio llegaría a convertirse en un país. Más bien era un vertedero humano. Ya en el siglo XIX el zar enviaba a sus críticos políticos a la lejana estepa, empezando por un joven literato con aspiraciones llamado Fyodor Dostoievski, un ejemplo que retomó el zar comunista del siglo XX, Iosif Stalin, que envió no sólo a personajes como Solzhenitsyn a pudrirse en la amplia red de gulags locales y al propio Trotsky a la olvidada ciudad de Alma-Ata, pegado ya a Kirguistán, sino también a todo el pueblo checheno, ingusetios, cientos de miles de prisioneros alemanes de la Segunda Guerra Mundial, polacos, ucranios, judíos en general, coreanos de la lejana frontera oriental, turcos del Cáucaso, griegos, tártaros, búlgaros, finlandeses… Por no hablar de rusos que habían caído en manos de los nazis y se convirtieron automáticamente en sospechosos por ello mismo. Y por supuesto rusos acusados de deslealtad, de espionaje, de desafección, de crítica. O de nada, que era lo más habitual. Los presos de los gulags hacían incluso chistes negros sobre esto último. ‘Me han condenado a veinte años por nada’, dice un preso, ‘eso no es cierto, por nada son diez años…,’, responde otro. Los soviéticos no tenían escrúpulos a la hora de soltarlos en mitad de la estepa, a cuarenta grados bajo cero y sin refugio alguno, para que se buscaran la vida. En ese contexto, la estepa se pobló de extranjeros, de nómadas obligados a asentarse en granjas colectivas, de industrias metalúrgicas, de zonas mineras.

Aunque los kazajos aumentan cada año su población y así su proporción, la variedad de razas sigue resultando asombrosa

El vertedero era tan amplio que los soviéticos vieron hueco para arrojar bombas nucleares. Hasta 456 detonaron en la región de Semipalatinsk. Al principio no tenían plena conciencia de los efectos nocivos que podían tener sobre la población nativa pero tras los primeros experimentos descubrieron que la radiación causaba una escabechina horrorosa entre la fauna y los vecinos de la región. De hecho hoy pueden encontrarse en la zona muchos casos de malformaciones, cánceres y deformaciones directamente relacionadas con las explosiones. Fueron tan evidentes que incluso el principal disidente de la política soviética, Andrei Sakharov, y pionero de estas bombas, llegó al convencimiento de que el régimen soviético era inhumano a raíz de su estancia precisamente en Kazajistán, donde probó con éxito las bombas y comprobó in situ su devastador efecto. Y, sobre todo, el desprecio que estos efectos colaterales causaban entre la nomenklatura de Moscú.

El señor Nazarbayev, cuando era secretario de los comunistas kazajos

El joven Nursultán, despojado incluso de la posibilidad de ser siervo de un kulak, creció para encontrar una oportunidad laboral en la industria metalúrgica de la ciudad más terrible del país en la actualidad. Temirtau. Un hoyo oscuro contaminado por sus muchas minas de carbón, centro de los corrillos indignados del normal de los kazajos por sus altos índices de alcoholismo y drogadicción, por la polución, por su supuesta degradación. Los de Nazarbayev eran otros tiempos, claro, en los que el alcoholismo no era ni noticia y la droga una desconocida. Tiempos en los que Nursultán era un mozalbete enérgico que tomó la voz del sindicato, en los que el posestalinismo del vivaracho Kruschev daba esperanza al común del pueblo. Tiempos de esperanza en sí mismos. Y así Nursultán se hizo con la representación del sindicato mientras continuaba haciendo un trabajo sucio y peligroso. Y los miembros del partido, del único, del Partido, en un territorio tan grande como deshabitado, no tuvieron dudas. Este chico promete. Y entró en el PCUS por la puerta grande. Una puerta llena de espinos especialmente dolorosos….

Tú verás lo que haces, le dijo su propio padre, claramente contrariado. Su padre, que aún recordaba lo que le hicieron los soviets a su patrón, enemigo declarado para siempre de la Unión Soviética.

Entrada al museo del Primer Presidente de Kazajistán

La soldadesca se entretiene en ver las fotos de Nazarbayev cuando era joven, cuando metalúrgico, cuando era secretario del PCUs, cuando era…

En el centro de Astaná se encuentra el Museo del Primer Presidente. Un eufemismo para obviar, por una vez, el nombre de Nazarbayev. Me recuerda el museo de los regalos reales que visité en Bandar Seri Begawan, la capital de Brunei: regalos de distintas delegaciones internacionales, asociaciones tan peregrinas como la de amigos de Zoroastro de los Estados Unidos y detalles de empresas interesadas. ¡Ahí veo una bandejita de plata regalada por el ministro Moratinos! Pero el museo es, sobre todo, una oda a la vida de Nursultán. Nazarbayev reunido con los líderes religiosos de todas las religiones posibles, esperanzado como está en reproducir el logro de su admirado emperador mogol Akbar en la ciudad de Fatehpur Sikri para unificar en un solo espacio todas las religiones que en el mundo son. Nazarbayev vestido de máximo oficial de las fuerzas armadas, el carnet comunista de Nazarbayev, el galardón al más honorable metalúrgico, el diploma de profesor honorario y su candidatura al premio Nobel de la Paz, la medalla de oro de la Unión de Arquitectos kazaja, la de la gloria de los ingenieros, medalla a la Persona del Siglo… Un grupo de soldados recorre las salas del museo tirando fotos, sacándose selfies. ‘Le debemos mucho’, me dice uno, ‘sin él el país sería distinto, sin él tal vez ni existiría…’. Los soldados se vienen arriba. Foto ante el retrato del presidente, foto ante los teléfonos que usó el presidente, foto ante las medallas del presidente. Una madre pasea con sus hijos y explica las etapas de la vida del presidente. Todo es el presidente.

El regalo de España es modesto comparado con otras delegaciones…

‘Lo odio’, me dice Gugl, un taxista sexagenario de Astaná obsesionado por sacar dinero para la boda de su hijo. ‘Es maravilloso’, me dice Abubail, un chaval de Karaganda. Puede parecer que hay polarización. Pero no. El presidente saca sus mandatos con porcentajes superiores al 90% de los votos. Los observadores internacionales buscan el truco pero no lo encuentran, más allá de alguna irregularidad sin importancia. ‘Vivimos mucho mejor de lo que podíamos pensar’, me dice Dina, una muchacha que regenta una terraza en Karaganda. Vuelan las hookah, o pipas de agua, las chicas lucen cuerpos esculturales en arriesgados vestidos a la última moda, ellos pendientes de sus smartphones, en los altavoces retumban los hits que suenan también en Barcelona, Nueva York o Roma. Hay barrios humildes, como en todas partes, pero no hay inseguridad. Algo que no puede decirse de los vecinos, tanto al sur como al norte. Porque el insigne medalla-de-todo de Nazarbayev después de sortear la primera trampa rusa del dinero sin valor y de enderezar las relaciones con occidente gracias al desmantelamiento de las armas nucleares, insistió en estudiar cómo vivían aquellos que eran similares a ellos. Por ejemplo: Noruega. Un país con unas enormes reservas petrolíferas y una población reducida.

Foto de la soldadesca ante el retrato del Primer Presidente (y hasta el momento último…)

Nazarbayev se atribuye muchas cosas. Y tal vez tenga razón. Dice por ejemplo que en los turbulentos días del golpe de estado a Gorbachev, se enredó con Yeltsin tomando unas copas en Almaty y el ruso tuvo que retrasar varias horas su vuelo de vuelta a Moscú. ‘Lo esperaban para destruir el avión en pleno vuelo’, le confesó al periodista Christopher Robbins, ‘el retraso le salvó la vida…’. Ha convertido Almaty, la antigua capital del país, en un centro financiero de primer orden, la economía nacional se ha duplicado varias veces desde la independencia y mantiene unas cifras de crecimiento sostenido inusuales. Los kazajos aceptan a Nazarbayev sin importar la nacionalidad, porque en el país conviven más de 130 nacionalidades, desde kazajos de pura cepa a rusos, alemanes, chechenos, coreanos o turcos. Ha convencido a muchos escépticos, como su propio jefe de gabinete, antes un periodista conocido por las ácidas y críticas columnas contra el que hoy es su jefe. Pero no todo es rosas. Nursultán, que gusta de compararse con Lee Kuan Yew, el líder de Singapur que convirtió el país en una potencia futurista, ha sido acusado muchas veces de ejercer como un dictador. Le acusan de represión a los medios políticos de la oposición, de cerrar medios de comunicación críticos, de bloquear opiniones discordante en internet, de que su hija vive como una reina con protagonismo incluso en los papeles de Panamá que gasta fortunas por donde pasa.

En la capital de Kazajistán hay bancos solares con entrada USB para que puedas cargar tu teléfono en la calle…

Sea como sea, Nazarbayev se multiplica, a pesar de su edad: lo mismo aparece tocando el dombra kazajo, una especie de laúd de dos cuerdas, que recibiendo a los astronautas de la Mir en plena estepa. ‘Ahí vive Nazarbayev’, me dice Gugl señalando una extensa finca guardada por torretas con soldados armados a las afueras de Astaná. Porque el presidente no vive en el enorme palacio presidencial que se hizo construir en la parte nueva de Astaná. Es un desmesurado edificio con tintes a los Disneyworld pero sin inquilino, al contrario que la Casa Blanca norteamericana o la Moncloa en España. Nazarbayev no quiere perderle la comba a los rusos pero al tiempo se ve más en Europa que en otro sitio: de todo ir bien, en unos meses cambiará el alfabeto cirílico por el latino. ‘El año que viene’, me dice Gugl… ‘Debería irse ya porque la gente de mi generación, y yo ya tengo sesenta años, no recuerda otro líder, esto debe oxigenarse…’

Astaná desde la torre Bayterek: antes todo esto era estepa….

Con todo, el equilibrio internacional es el más peliagudo. Los nacionalistas rusos no renuncian a sus estepas, que consideran suya por derecho divino desde la expansión zarista. Los millones de rusos viviendo en Kazajistán son una excusa que en cualquier momento puede desencadenar una acción fulminante de Moscú. Los ejemplos están ahí: Crimea y la guerra de Donbass en Ucrania, la región de Transnistria en Moldavia, la amenaza permanente sobre las repúblicas bálticas, la ocupación de Abjasia y Osetia del Sur en Georgia. Ejemplos de la efervescencia rusa no faltan: El célebre escritor y premio nobel Alexander Solzhenitsyn, que pasó años encerrado en los gulags kazajos, también pidió en vida una anexión sin contemplaciones de su antigua estepa (lo que le ha colocado entre los menos queridos por parte de los kazajos). Vladimir Zhirinovskky, el histriónico neonazi, ha pedido hasta por perifrástica la invasión de Kazajistán (curiosamente él mismo es kazajo porque nació en Almaty) y su oponente, el más radical nacionalista ruso, el extravagante Eduard Limonov, pide. un nuevo pacto Ribbentrop Molotov que divida Kazajistan entre Rusia y China ‘Este es mi testamento si muero pronto: recuperad todas las regiones rusófonas de Ucrania y después, inmediatamente tras la muerte de Nazarbayev, dividid Kazajastán con los chinos: lo único es que no dejéis que China tenga acceso al Caspio…’.

La exposición internacional de 2017 aún colea en algunos rincones de la parte nueva de Astaná…

Nazarbayev se acerca peligrosamente al fin de su mandato. El vital, no el ciudadano. Kazajistán cambiará por fuerza. Porque Kazajistán es Nursultán Nazarbayev y sin él Kazajistán tendrá que encontrar su identidad. El noveno país más grande del mundo, el que tiene casi todo el uranio, mucho petróleo y gas, grandes extensiones, dos mares y una historia tan entretenida. Pero no diga Kazajistán. Diga mejor Nazarbayevstán.