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Están por todas partes. En los lugares más altos de los edificios más altos, en los sitios más inaccesibles de los lugares más inaccesibles. En la parte nueva de la ciudad, en la parte vieja de la ciudad. No hay modo de escapar de ellos. Y además, te miran. Los ojos de Kavala te siguen, salvan los recovecos de las callejuelas y aparecen delante cuando los habías dejado atrás. Unos te observan con una mirada inequívocamente femenina: sus hermosas pestañas destacan en la contraventana, en la persiana metálica de un comercio, en la azotea de un apartamento.

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Los hay que lloran sangre, otros parecen distraídos, alguno escruta más que observa. Pero también hay ojos masculinos, malencarados, amenazantes. Destacan tras paredes salpicadas de desconchones, se imponen al acueducto que en Kavala es el orgullo local. Dicen los mentideros que un tipo llamado Diro se esconde tras esos ojos, un grafitero local al estilo del peculiar Bansky, pero sin su mensaje reivindicativo: simplemente te observan desde el fondo de sus extravagantes creaciones. Y a veces lloran.

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Lloran por ejemplo en el puerto de la ciudad, un hermoso puerto con olores a imperio otomano. Y lloran sangre, quien sabe si al ver desembarcar a los refugiados de oriente medio que viajan en ferris desde la isla de Lesbos. En esta entrevista (pincha aquí) Diro confiesa: ‘los ojos dicen lo que no dicen los labios, nunca mienten, hay palabras que desgarran y lágrimas que hablan’.

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Poco importa entonces que la ciudad tenga al menos veintiocho siglos de historia, que la bautizaran como Neápolis, luego Cristópolis y más tarde Kavala, que fuera la base de Bruto, el asesino de Julio César, o que fuera la primera tierra europea que contempló el apóstol Pablo (santo si quieres). Poco importa que fuera parte importante de Bizancio y que en su callejero aún se llame así alguna calle, o que los otomanos la quisieran tanto que Mehmet Alí, que fue pachá y creador del Egipto moderno, naciera cerca del castillo que con tanto orgullo muestra su estatua a quien quiera detenerse bajo sus poderosos pies.

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Los ojos de Diro, o de quien sea, o tal vez de Diro y de sus imitadores, te observan bajo el peso de la historia. Y lloran.

Y a veces lloran sangre.

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