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El edificio administrativo de Dolinka parece un pastiche de cartón piedra construido para alguna película de serie B. Su estrella roja, sus colores pastel, esa fuente de bienvenida. Lo limpio que está todo, esas escaleras con brillo, los árboles podados. Incluso hay niños que juegan por el jardín empapados en agua y muertos de la risa. ¡Qué bonito es todo! ¡Nadie diría que dentro se esconde el museo del Karlag, que en ese edificio de juguete se firmaban órdenes terribles, que los niños son los bisnietos de presos que malvivieron vidas de película presidiaria! Un colegio se me adelanta y entra en tropel abriendo con dificultad las pesadas puertas de la entrada. Si usted habla inglés, me dice una señora en ruso, le pondremos un guía. Como sólo he entendido angliski, guiño un ojo, asiento sonriente, tomo asiento. Y viene Abubail, un joven que parece salido de una reproducción de una torreta de vigilancia de juguete.

¿Conoce algo de los gulags?, me pregunta. Y sí que conozco, pero nunca sabremos toda la realidad porque muchos de esos gulags ya ni existen, le digo. ‘Ayer estuve en Spassk y no queda ni el recuerdo de alguna estructura en pie’. Cierto, asiente Abubail, aquello perdió su razón de ser y como el régimen seguía siendo el mismo no hubo motivos para conservarlo. Hoy sí se recuerda, se publicita y se potencia. Aunque no mucho porque en ese remoto lugar, con suma suerte, aparece muy de cuando en cuando algún curioso como yo. ‘Aquí es distinto’, me dice, ‘el gobierno potencia la memoria de esos tiempos y son muchos los colegios que vienen a conocer su pasado’. Y lo primero que se encuentran de su pasado entre estas paredes es el terror con un solo ojo. Porque Iosif Vissarionovich, el inefable Stalin, te observa escondido tras la torreta de vigilancia…

‘Antes que nada debe usted saber que este edificio es un museo donde se han reproducido escenas que se desarrollaban en otros edificios porque la función original de estas paredes era tan sólo administrativo’. Así que el despacho donde habilitaron a los científicos, el consultorio médico, los miserables dormitorios, incluso la sala de torturas y el pozo del castigo: todo, en definitiva, es una recreación. ‘La sala de mandos no’, me dice Abubail en un ostentoso despacho, pero tan antiguo como rancio, ‘esta mesa, estos cuadros, estos objetos son originales’. Y veo por la ventana el mismo paisaje que el comandante al mando del campo de trabajo veía ochenta años atrás.

¿Y esos edificios? ‘Algunos son nuevos pero ese de ahí’, me señala un caserón blanco con una antena parabólica en la puerta, ‘es de la época, de hecho es el lugar donde se torturaba a los presos, aunque hoy está habitado y no se puede entrar’. ¡¡Vive gente donde se mataba gente!! ‘En esta sala de aquí se guardan fotos de la llegada de los prisioneros a los primeros campos de trabajo’, me muestra Abubail un mural con un poblado nómada en el que los kazajos salen de sus yurtas a punta de bayoneta mientras los comisarios soviéticos les requisan sus bienes. Los nómadas vivían de sus rebaños y un rebaño necesita, por definición, muchas decenas de cabeza de ganado. Los soviéticos veían kulaks, o terratenientes ricos, a los nómadas que poseían ganado y muchos terminaban en campos como este.

Este edificio era el centro de una amplia red de campos de trabajo que se conocían como Karlag y que se extendía desde la región de Akmola, una aldea reconvertida hoy en capital del país por mor de su presidente eterno, Nursultan Nazarbayev, y rebautizada como Astaná, hasta el río Chu, ya en la frontera sur con Kirguizistán. Moscú consideraba desde los tiempos de los zares la estepa de Kazajistán como el lugar perfecto para enviar todo tipo de desechos, desde prisioneros de guerra y opositores al zar (o a los soviets) a basura nuclear y química…

La basura química, la radioactiva, está algo más al este, en la región de Semipalantinsk, área de explosiones controladas con efectos descontrolados y vidas destrozadas. Aquí, en Karlag, sólo era materia orgánica que podía producir más materia orgánica y extraer materia inorgánica para mayor gloria de la Unión Soviética y castigo de nazis y esbirros internacionales, ciudadanos lenguaraces venidos a menos, enemigos de la patria y cualquier desgraciado que tuviera la mala suerte de toparse con el rígido sistema estalinista. El paseo por el museo de Dolinka no es especialmente tenebroso ni tampoco espectacular pero al menos es un grito mudo por sacar a flote recuerdos que permanecen dormidos en la memoria colectiva. Abubail abre una habitación decorada con muebles de otra época y un maniquí sentado ante lo que parece un laboratorio. ‘Aquí había muchos científicos’, me dice, ‘y los mandos del campo querían sacarles rendimiento’, señala una mesa con instrumentos de pega y un muñeco con cara triste.

Los maniquíes habitan todo el edificio, concluyo más tarde, los hay caracterizados de tristes presos que se enfrentan a la terrible tarea de dormir en unos jergones de paja que pican con solo verlos, o de triste presos que posan ante cámaras de gran formato y cuyas imágenes entristecen también las paredes. ‘A estos los ejecutaron’, dice Abubail señalando la tétrica pared repleta de rostros muertos que me miran desde lo que les quedaba de vida. Esa muchacha tan atractiva, ese señor con pinta de matón, aquella con cara de sufrimiento. Todos están muertos. Y no por el tiempo sino por la pistola de ese soldado que apunta, triste él también, un objetivo que sale de foco. En los sótanos están las salas de detención, los calabozos con sus celdas, el pasillo de ejecuciones, el pozo de los castigos.

‘Podían estar ahí semanas’, me señala un pozo cubierto con una reja donde habita un maniquí en una suerte de maldición eterna. Espero que no haya un espíritu atrapado en ese espantapájaros. Paseo por las estancias sin mucho sentimiento porque todo parece de pega, desde los grilletes que caen del techo en el saloncito de las torturas a la pintura roja a modo de sangre reseca de la sala de ejecuciones. ‘Todo esto es una representación: las torturas, los fusilamientos, los talleres, todo lo original o bien ha desaparecido o bien está en otros edificios que a día de hoy están medio derruidos o bien habitados’. ¿Ha dicho habitados? ‘Sí, como esa casa de ahí’, me señala el caserón blanco y antiguo. Curioso, pienso, cómo de grandes deben de ser las sombras que se te aparezcan en la negrura del sueño nocturno.

Los maniquíes de los oficiales soviéticos también son tristes pero algo más tétricos

Este edificio, como decía, era el centro administrativo de un complejo conjunto de campos de trabajo que ocupaban una gran extensión. El lugar se conocía como ‘Karlag’, una mezcla de las palabras Karaganda, que es el nombre de la región y hoy de la capital (creada a partir de estos campos) y del acrónimo LAG: Campo de Trabajo Correctivo en ruso. El Karlag tenía un gran número de campos de trabajo separados unos de otros por enormes extensiones de estepa. Los presos trabajaban en una no menos enorme variedad de tareas. Abubail me muestra un koljós, una granja colectiva, donde fueron obligados a establecerse a los kazajos nómadas que perdieron su tradicional modo de vida y tuvieron que aprender los rudimentos de la agricultura. Pero las posibilidades eran muchas más: construcción de carreteras, canales, fábricas, construcción de edificios, productos manufacturados para la agricultura, uniformes militares. Y también minas de carbón, que por aquí hay decenas. El número de prisioneros nunca ha estado claro y oscila entre los millones de personas mientras estuvo abierto a los cálculos más conservadores que aseguran que en sus veinte años de vida, desde 1931 a 1959, Karlag albergó algo menos de un millón de presos.

La mayor parte de los alemanes que aún permanecen aquí no eran prisioneros de guerra sino ciudadanos de etnia alemana que vivían en la región del Volga y que fueron deportados en masa cuando Alemania invadió la Unión Soviética para evitar que actuaran como quinta columna. Junto a ellos llegó todo el pueblo checheno, el ingusetio, el dagestaní, miles de coreanos, de polacos, ucranios, japoneses, bálticos, turcos, judíos y muchos más. Potenciales enemigos del pueblo todos. Entre los prisioneros había muchos adolescentes germanos capturados tras la invasión soviética de Alemania y se llegó a dar la extraña circunstancia de que algunos habían estado presos en campos de concentración nazis, como Buchenwald o Sachsenhausen. ¡Escaparon del Mal para caer en su espejo!

Abubail me muestra una sala con representaciones de algunas de esas nacionalidades: una familia alemana perdida en mitad de una nevada esteparia siendo rescatados en el último momento por unos nómadas kazajos, unos coreanos con caras de despistados, polacos, chechenos, bielorrusos. El 23 de febrero de 1944 Stalin dio la orden de que todos los chechenos, todos sin excepción, fueran trasladados a las estepas kazajas y a Siberia. Su lugarteniente, el inefable Laurentius Beria, fue el entusiasta encargado de montar un operativo que peinó cada aldea chechena para introducir por la fuerza a todas las familias chechenas en trenes y llevarlos miles de kilómetros al este. Un viaje tan complicado que los cálculos estiman que al menos la mitad de todos los chechenos murieron en el trayecto. Ajmat Kadyrov, presidente de Chechenia hasta 2004 y padre del actual presidente, Ramzan Kadírov, nació, precisamente, en este departamento, el de Karaganda…

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Los jergones de los catres pican con solo mirarlos…

Como en Spassk aquí también hubo algún que otro español. Por ejemplo, Pedro Cepeda, enviado a la URSS cuando aún no había cumplido los quince años para alejarlo de la guerra civil. Según consta en las cartas que el museo conserva, Pedro estudió para electricista, participaba en un coro y hablaba ruso como un ruso. Así que lo engancharon para hacer de intérprete para una delegación diplomática argentina y al iluso de Pedro no se le ocurrió otra cosa que enseñarle comedores públicos, fotografiar alguna cola de mendigos pidiendo sopa boba y otras ‘conductas antisovieticas’. Resultado: 25 años de internamiento en un campo de trabajos forzados. Según la traducción de Ana Cepeda, Pedro se siente abandonado por el mundo, rodeado de monstruos como Franco, por el que debió dejar España, y por Stalin, que lo envía a un gulag sin saber muy bien por qué. Y entre ambos, más nombres: a Dolores Ibárruri, la Pasionaria, la acusa de vivir a todo trapo sin faltarle un detalle mientras que los niños de la guerra mueren de tuberculosis, de hambre y fatiga. ‘Tan solo en Kokand (Uzbekistán) perecieron 52 “niños de la guerra”. El hambre era terrible. Los perros y gatos se consideraban comida exquisita. Para dar de comer a los hijos, muchas españolas se tuvieron que prostituir; sin embargo, en la cúpula del Partido, al mando de Ibárruri, vivían en Ufá (Baskiria) sin faltarles nada.

Las cartas del Karlag

La carta de otro español, Julián Fuster, médico cirujano, llega a un estado de desesperación tan grande que le importa un pimiento lo que le dice al juez que lleva su caso. ‘Quiero abandonar la Unión Soviética porque aquí la vida es insoportable’, le dice, ‘¡Aquí todo me es ajeno y hostil! No tengo por qué ocultar que yo también soy hostil al régimen que existe en este país’… La culpa de todo lo que ocurre la tienen los dirigentes criminales del Partido Comunista español que son agentes vendidos a Moscú —dijo ahora con ojos brillantes y, siguió con fuerza— “He aquí sus nombres: Dolores Ibárruri, que sea maldito su nombre y que se coman sus huesos los perros. José Uribe, Carlos Rebelión-Claudín, Vicente Uribe y De Diego. Estas personas no podrán salir de Rusia nunca, porque cualquier español considerará un honor matar a esta gente”. Por último termina su arenga: ‘No me arrepiento de nada y no me retracto de mis palabras. Franco, aunque sea un verdugo, como usted lo llama, después de todo lo que yo he visto aquí, me parece un enano con un hacha pequeña…’

Abubail me muestra la sala de mandos, donde se cocinaba todo el cotarro. ‘Aquí todo es verdadero y original’, apunta con las cejas enarcadas, y miro con interés la estancia. Una mesa robusta y sobria hacía las veces de puesto central del despacho, unas cortinas cubren la ventana y uno de esos maniquíes tristes se asoma curioso al jardín.

En la pared una gran pintura presenta a Vladimir Lenin y Iosif Stalin en una suerte de puesto de mando bélico dando instrucciones a una caterva de oficiales voluntariosos y difuminados. ‘Es obra de un preso’, me dice, ‘aquí había artistas muy buenos pero tenían que orientar su creatividad al universo soviético…’. En otro espacio, cuadros de artistas presos, todos idealizando el comunismo pero uno destaca por un punto modernista, incluso cubista, que llama la atención: algún osado…

La siguiente habitación: la biblioteca, con libros censurados a tijeretazos, un ejemplar del periódico del gulag (¡sí, había un periódico!). Incluso han recreado la sala de fiestas en las que los presos artistas entretenían a sus compañeros con teatro, música, poesía… y no falta el maniquí soviético que pone la oreja escondido tras el telón… La visita al museo no resulta traumática, como sí lo resultan las visitas a los campos de exterminio nazis, o el dedicado al genocidio armenio en Erevan. Pero a su manera aclara un periodo oscuro, casi desconocido en occidente más allá de los relatos de Solzenytshin o de algunos deportados polacos.

Fuera vuelvo a encontrarme a los niños mojados que trepan por las estatuas soviéticas y se esconden entre los memoriales. ‘Vivo allí’, me dice un niño muy rubio. ¡¡Allí!! ¡¡En la casa donde se torturaba a los presos del gulag!! Sus compañeros de correrías posan ante la cámara. Son parte del museo, concluyo, nietos y bisnietos de los presos forzados que he visto en el interior, la aldea entera de Dolinka es un museo por el que se pasean campesinos rubios y muy rubios que no deberían estar aquí, cerca de China, cerca de Mongolia, en lo más remoto de las estepas kazajas.

Pero ahí andan, trasteando uno el motor de un tractor muy viejo, charlando dos en el jardín de una típica casa campesina rusa que debería estar en los Urales, empujando aquel un carrito. A las afueras de su aldea rusa guardan en un cementerio con ositos los restos de los niños que el gulag se llevó por delante. Todos rubios y muy rubios, fósiles vivientes de una época de expansiones y deportaciones en masas, descendientes de rusos y bielorrusos, de polacos y ucranios, de alemanes y búlgaros.

Eslavos a tiro de piedra de las fronteras orientales. Esclavos de la tierra que vio sufrir a sus abuelos. Ni siquiera abandonaron la zona. Algunos se movieron unos kilómetros al sur y construyeron toda una ciudad, Karaganda. Los que menos ganas tenían prefirieron asentarse en su propia prisión y convertirla en esta aldea. Allá a lo lejos unos campesinos rubios aran el suelo. La tierra de la estepa florece en primavera.