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El 22 de agosto de 1812 el suizo Johann Ludwig Burckhardt atravesó un angosto cañón conducido por un guía beduino que pretendía enseñarle la tumba del bíblico Aaron y se encontró, casi de bruces, con un palacio de treinta metros esculpido en una roca rojiza. El suizo supuso que era la mítica Sela, la ciudad perdida mencionada en la Biblia, la ciudad de piedra. O Petra. Hasta entonces, la antigua Sela había permanecido viva tan sólo en leyendas y rumores, escondida de ojos profanos y guardada por los fieros beduinos de la región. El suizo Johann Ludwig Burckhardt sabía árabe, iba vestido como un buen musulmán, se hacía llamar Ibrahim Ibn Abdullah y reprimió su borrachera de alegría para evitar que los beduinos lo pasaran a cuchillo.

El último europeo había entrado en siglo XII, setecientos años atrás, y se recordaba a modo de novela fantástica. El suizo se ausentó unos minutos, presa de la emoción, excusándose con necesidades fisiológicas para no suscitar sospechas pero en lugar de evacuar se dedicó a tomar notas de todo lo que veía para posteriores viajes. Había descubierto una ciudad perdida, y no cualquiera, no, había descubierto la ciudad de Petra, hoy un reclamo turístico para Jordania de tal nivel que sin él no habría ni país y un lugar fascinante que te deja anonadado, a partes iguales, por la laboriosidad de sus constructores y por el calor aplastante de la región.
 
El inquieto Burckhardt no se conformó con esta aventura: en su haber está el hallazgo del templo de Abú Simbel y una de las primeras visitas a las ciudades prohibidas de Yedda y La Meca (prohibidas para infieles, se entiende), una vida trepidante la del suizo que puedes ampliar en este blog: Apuntes sobre la vida del suizo Burckhardt
 
 
 
 
Hoy Petra es, según la UNESCO, uno de los más preciados bienes culturales de la Humanidad, tema de poemas románticos, le han dedicado musicales, ha sido escenario de películas, de videojuegos, de series de televisión. El estupor que sintió Burckhardt cuando se le acabó el desfiladero y se encontró con el imponente palacio lo hemos sentido todos acompañando a Indiana Jones en su loca búsqueda de la última cruzada, las tumbas nos suenan porque allí echó una meadita Milú cuando acompañó a Tintín en su ‘Stock de Coque’, y por pasar incluso han pasado personajes de verdad, como Lawrence de Arabia, quien organizó a los beduinos en la defensa de la ciudad contra los alemanes. Petra es un poco de todo pero sobre todo de los jordanos, que para eso está en su tierra, aunque aquellos beduinos que guardaban la ciudad tan celosamente hasta el punto de degollar al intrépido aventurero han cambiado de tercio apresuradamente y ahora pueden degollarte pero si tratas de escaparte de las numerosas visitas turísticas que organizan por todas partes.
Los orígenes de esta delirante ciudad se remontan al siglo VI A.C, es decir, hace la friolera de veintisiete siglos, y según Plinio el Viejo era la capital de los Nabateos, uno de estos pueblos de oriente medio que se acumulaban en el cerebro de los estudiantes hasta convertirse en una grumosa papilla de sirios mezclados con asirios, caldeos con nabateos, babilónicos con semitas y hasta judíos con selyúcidas. Pero no, los nabateos eran gente interesante, y mucho, tanto que excavaban ciudades enteras en montañas de color rosa, eso los hace al tiempo fascinantes y un tanto alocados. Al parecer, los antiguos Nabateos organizaron en la ciudad de Sela un centro comercial para las caravanas que atravesaban los terribles desiertos del centro de Asia. Por estos extensos llanos debieron de sentarse los camelleros, las bestias calmaban la sed acumulada durante semanas, las mercancías se exponían en los tenderetes. Petra era no sólo un centro sino el centro. En sus explanadas se reunían comerciantes que venían de Gaza con sus mercancías del Mediterráneo, llegaban los tatarabuelos de los Omeya procedentes de Damasco y los árabes del Golfo Pérsico. 
 
 

La triste y pelona sequedad que hoy veo en la ciudad rosa no siempre fue así y los arqueólogos han demostrado que los nabateos supieron controlar las aguas subterráneas para encauzarlas a través de canalizaciones y pozos, y hasta queda constancia de grandes cisternas en las que se acumulaba el agua que no has de beber. El enclave tenía, además de un indudable atisbo comercial, algo de místico porque, dice la tradición, el hermano mayor de Moisés y primer sumo sacerdote para los judíos, el inquieto Aaron, tiene su tumba en las montañas que rodean Petra, y los propios nabateos, tatarabuelos a su vez de los palestinos, parecen provenir del no menos bíblico Ismael, el primer hijo de Abraham y también el que Yahvé ordenó sacrificar en ese pasaje tan oscuro como desesperante del Antiguo Testamento. Claro que sólo los musulmanes extraen esta conclusión del Corán, porque los cristianos y los judíos piensan que fue Isaac el que sufrió esta broma macabra de Yahvé, un quítame allá esas pajas que ha provocado más de un conflicto entre las religiones porque los islamistas consideran esta diferencia una prueba inequívoca de que tanto la Biblia como la Torá están manipuladas vilmente.
 
 

 
Ajenos a la problemática que había organizado su mítico antepasado, los nabateos hablaban arameo, lucharon contra Asurbanipal, el gran rey asirio, y hasta persiguieron al no menos mítico Jasón en su búsqueda del Vellocinio de Oro. Toda una historia que tuvo un pico de inflexión cuando comenzaba el siglo II de nuestra era y los hombres del emperador Trajano convirtieron la región en una provincia romana más. Con el tiempo, los romanos también dejaron su huella en la ciudad rosa y los nabateos, cada vez más identificados con los árabes, terminaron por confundirse con ellos. Templos romanos, teatros, tumbas, los latinos, eclécticos, como eran, añadieron elementos griegos, egipcios y hasta sirios. Y fueron precisamente los romanos, que supieron admirar la ciudad, los que propiciaron su fin cuando cambiaron las rutas comerciales para adaptarlas a un imperio que tenía en el mar su horizonte y no en los interminables desiertos de Oriente Medio. El imperio que tanto admiró la fantasía de sus edificios cincelados dio al tiempo su estocada mortal. Y Yahvé, colérico él también por tanta iniquidad en sus criaturas, también quiso contribuir a su final con un terremoto en el año 363 que destruyó muchos edificios y, sobre todo, su extraordinaria red de abastecimiento de aguas.
 
 

Y ahí quedó Petra, tendida al viento, sin el pulular de sus  laboriosos habitantes, los nabateos, objeto durante siglos de la curiosidad de algún viajero despistado, siempre musulmán, cerrado a los enemigos de la fe islámica, sus paredes derritiéndose al sol, la piedra reconquistando cada columna, cada frontón, confundiendo los elementos corintios con el mismo corazón de la montaña, de la que surgen tumbas churriguerescas, dignas de la fantasía playera de cualquier niño, difuminando templos, altares y castillos, un secarral fascinante y rosa al servicio de los occidentales que durante tantos siglos tuvieron vedado el acceso a su calurosa majestuosidad.