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Intento hundirme pero no hay modo: el agua me expulsa de su fondo. La superficie aparece moteada de voluminosos cuerpos que experimentan la misma sensación: son peregrinas rusas que aprovechan un alto en el pío camino de Jerusalem para sentirse gráciles plumas que nadie puede hundir. El mar Muerto es un reclamo turístico para sus dos orillas, la de Israel y la de Jordania, y añade un elemento distinto al turismo religioso o al interés geopolítico de la región. Pero el mar Muerto tiene un problema que nadie sabe exactamente cómo resolver: se está secando y eso crea una de esas paradojas que tanto me gustan: el mar Muerto se muere y los países limítrofes quieren revivirlo para que siga estando muerto.

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El problema radica en la crónica carencia de agua de la región. Israel, Jordania y hasta Siria toman agua de los afluentes que vierten sus corrientes en este mar tan salado, desde el río Jordán a otros menos conocidos, una carrera contrarreloj y contra la evaporación que comenzó un siglo atrás y que amenaza de muerte al mar Muerto. Una pena porque no sólo está muerto y salado y lleno de rusas que chapotean agobiadas en un elemento que las supera: también es el punto más bajo del planeta tierra, 400 metros bajo el nivel del mar, lo que convierte la concentración de sal en sus aguas, (diez veces más alta que en el océano, 340 gramos de sal por litro de agua) en una broma macabra para los sedientos y en una oportunidad para los empresarios que levantan balnearios y spas en sus orillas.

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Una broma que nadie quiere que desaparezca porque se iría parte de nuestra historia, desde Cleopatra fascinada por las curiosas aguas a Ludwig Burckhardt arrastrándose vestido de beduino para descubrir la cercana ciudad de Petra. Por eso Israel y Jordania abrirán un canal entre el mar Rojo y el mar Muerto, un canal que abastecerá de agua potable a las ciudad de Aqaba, en Jordania, y a la de Eilat, en Israel, un proyecto de 900 millones de dólares. La conducción principal transcurrirá por territorio jordano y transportará agua salada del mar Rojo mientras que el agua potable vendrá de territorio israelí situado más al norte. El problema radica en mantener un equilibrio entre el aporte de agua y la salinidad del singular mar. El canal tendrá 180 kilómetros y transportará unos 50 millones de metros cúbicos para desalar que irán a los grifos del sur de Israel, otros 30 millones de metros cúbicos para Jordania y un plus de agua dulce proveniente del lago Tiberíades para los grifos del norte de Jordania. Unas cantidades bíblicas pero que no acaban ahí porque las bombas seguirán enviando unos cien millones de metros cúbicos de agua residual proveniente de las desaladoras al mar Muerto, una cantidad que parece mucha pero que sólo incrementará el nivel de este mar tan salado en unos 10 centímetros al año, un combate desigual porque el ritmo de secado es de cien centímetros anuales, una cantidad que asombraría a los vecinos de un siglo atrás que verían cómo la orilla ha descendido 25 metros después de perder un tercio de su masa de agua.

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inútil intentar sumergirse

 El proyecto no deja de generar polémica y la Asociación Amigos de la Tierra, de Israel, se opone a esta idea porque ve en peligro de morir, paradójicamente, al mar Muerto, que moriría dos veces al recibir aguas nuevas que puedan traer bacterias y algas ajenas a este extraño ecosistema con mucho de sistema y muy poco de eco. Sin la ayuda del canal, el mar Muerto desaparecerá en unos cincuenta años. Con el canal, tal vez tarde unos años más pero tal vez muera convertido en un mar distinto del mar actual. Lo que sí parece cierto es que el mar Muerto está condenado a muerte y eso preocupa a los que tratan de mantenerlo vivo para que siga ofreciendo su peculiar muerte a sus visitantes…