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En esta foto que encabeza el texto, Yihad me enseña las tumbas de algunos amigos suyos que murieron cuando hicieron explotar los explosivos que llevaban pegados a sus cuerpos. Era la semana santa de 2004, un año difícil en las relaciones entre israelíes y palestinos: pocos días antes el jeque Ahmed Yassin, fundador de la organización Hamas, había muerto asesinado por un misil israelí, un crimen que provocó una repulsa internacional unánime porque el citado jeque languidecía cuadrapléjico y ciego atado a una silla de ruedas. Lo curioso de la fotografía que Yihad protagoniza no está en las tumbas: sí, son suicidas.
Tampoco en el nombre de Yihad: Guerra Santa, se llama el muchacho, ya saben, esa guerra santa que en el universo islámico no sólo alude a balas y misiles sino también a la fortaleza mental para no dejarse derrotar por el enemigo más allá de la violencia. Lo curioso del momento está en la tierra removida, en la arena sin lápidas, sin flores y sin muertos. ‘Son las tumbas de unos amigos que todavía no han explotado’, me dijo Yihad sonriendo con tristeza. A pesar de su nombre y de la difícil vida (en sus poco más de veinte años de vida jamás había salido del campo de refugiados para palestinos de Bethelem, nuestra Belén de los pastores), Yihad no pensaba inmolarse con uno de esos cinturones que facilitaban los más extremistas de Hamás pero algunos de sus amigos sí, ya lo habían hecho, y otros estaban tan convencidos que ya tenían reservada tierra en el cementerio. Eso si conseguían no desintegrarse en la deflagración y si los israelíes tenían a bien devolver los despojos a su familia.
De la mano de Yihad visité a varias familias palestinas que ofrecían, todas por igual, una imagen patética del conflicto. Sentados a las puertas de sus viviendas, las mujeres envueltas en oscuros velos, los hombres, siempre muy mayores o muy pequeños, masticando una ramita, estupefactos, destrozados por una cascada de desgracias que marcarían para siempre sus vidas. Todos eran parientes de miembros de Hamás. La mayoría habían sufrido la conmoción de tener un familiar involucrado en un atentado suicida. Muchos de esos parientes, gente joven, había muerto. Alguno había sido detenido antes de que explotaran. Todos sufrían ahora un castigo extra por sus lazos de sangre. Soldados israelíes patrullaban los alrededores de sus viviendas y los apuntaban con sus metralletas mientras equipos de obreros, al mando de poderosos bulldozers, demolían los cimientos de las casas. Junto a las tumbas sin muertos de Belén había solares limpios de escombros: eran las casas familiares de los suicidas. Sus madres, hermanos y primos deambulaban por las viviendas de sus parientes, buscando consuelo a su cúmulo de desgracias. La justicia israelí había sentenciado: de sus entrañas salieron terroristas, la ira infinita de la justicia no podía agotarse en la muerte o prisión del delincuente.
Mark Perry es un conocido periodista que trabaja en el Foreign Policy y que ha escrito un documentado investigación sobre el papel del Mossad en oriente medio: artículo del F.P. Entre otros descubrimientos, Perry cita documentos oficiales de los EE.UU en los que se asegura que agentes de la organización israelí se hicieron pasar por agentes de la CIA norteamericana para contratar terroristas en Pakistán que ejecutaran acciones violentas en Irán. En una escalada dialéctica sin precedentes, los gobiernos de los Estados Unidos y de Israel repiten machaconamente que Irán pone en riesgo la estabilidad de la zona, que su empeño en desarrollar energía atómica esconde unas maquiavélicas intenciones para hacerse con una bomba atómica y que el estrecho de Ormuz pertenece a la humanidad y cualquier intento por discutirlo se pagará caro. La contratación de terroristas pakistaníes para atentar en Irán hay que encuadrarlo, pues, en este contexto, un contexto más amplio en el que Irán acusa directamente a los EE.UU e Israel de haber cometido recientemente el asesinato de un físico nuclear mediante una bomba lapa adherida a los bajos de su vehículo. Terroristas como los amigos de Yihad contratados por los castigadores de los familiares de los amigos de Yihad. Terroristas buenos y terroristas malos. Aquí abajo estamos en la vivienda de un médico que tuvo la mala suerte de ver cómo a pocos metros, puede verse, un asentamiento israelí se fue levantando poco a poco. Hasta que un día, un colono lanzó una bomba y destruyó la vivienda del médico palestino, que tuvo que emigrar porque peligraba la integridad de su familia.
Menahed Begin, Isaac Shamir y Ariel Sharon, padres de la patria y presidentes del país en distintos momentos, también encabezaron y formaron parte de grupos terroristas sanguinarios y crueles: Irgún, Stern, Hagannah. Coches bombas que destrozaban hoteles, civiles secuestrados y luego ejecutados, limpieza étnica. Claro que no eran propiamente terroristas para los suyos porque luchaban por su patria hebrea. ¿Dónde empieza el terrorismo y comienza la lucha justa contra el opresor? ¿Cuál es la diferencia entre el terrorista pakistaní contratado por el Mossad y el terrorista palestino de Belén que explota con su mortífera carga? El problema no deja de ser el del ‘Otro’. Desde el agujero en la pared de la casa del médico puede comprenderse la diferencia entre el ‘Nosotros’ y el ‘Ellos’. Nosotros simbolizamos la cordura, la familia, los Nuestros. Los Otros están allí, lejos. Si miramos desde aquí, el Lejos se aplica a los de Allí. Y al revés. Desde el lado de los colonos los que observamos por este agujerito somos los Otros. Los incivilizados, los que no tenemos derecho a estar ahí. Los malos. Del otro lado siempre vienen los Terroristas, los Malos. Del nuestro surgen luchadores por la libertad, gente decente que toma decisiones difíciles por el bien común, los Nuestros.

Cuenta Perry en su reportaje que George W. Bush montó en cólera cuando supo que los agentes del Mossad simulaban pertenecer a la CIA, una vuelta de tuerca en esta truculenta historia que se remonta, recordemos, a los años 2007 y 2008. El grupo contratado se llama Jundalah y los mismos EE.UU los han catalogado como grupo terrorista responsable de diversos asesinatos a oficiales iraníes y a civiles de la misma nacionalidad, entre ellos mujeres y niños.
El dilema moral es muy entretenido y si dejamos fuera las consideraciones patrióticas y la realpolitik de Kissinger, la trama del Gran Juego que ha dominado Oriente Medio desde los tiempos de Richard Burton (Sir Richard Burton) nos deja un escenario paradójico en el que la ética y la moralidad no tienen acceso. Un estado que castiga a los familiares de terroristas pero que contrata a terroristas que ejecutan a civiles. Un país que fabricó armamento nuclear a escondidas y acude a terroristas de otro país que también fabricó armamento nuclear a escondidas para impedir que un tercero, al que acusa de terrorismo, fabrique armas nucleares a escondidas.