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El enfermero Alí Ahmed Hassan financia con su sueldo el avance del Estado Islámico. Muy a su pesar, claro. Porque a cambio malvive en un campamento de refugiados, no tiene trabajo y apenas prueba bocado. Tiene frío, teme por su casa, no sabe qué fue de sus amigos. ‘Lo más grave’, dice Alí, ‘es que la administración de Bagdad continúa enviando nuestros salarios a Tikrit pero son los yihadistas los que los reciben’. ¡¡Están enriqueciendo al enemigo con los sueldos de sus propios funcionarios!!

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A su lado, otro Alí, pero de segundo nombre. La cola del médico es larga y los pacientes tienen poca paciencia ya. Hussein Ali nació en Nabiyunes, en la región de Mosul. Apenas tiene 15 años pero debe pensar ya en cómo buscarse la vida solo: ‘los yihadistas de ISIS me soltaron porque me vieron muy joven pero se quedaron con mi padre y no he vuelto a saber nada de él…’ Hussein espera en la cola de la carpa donde unos médicos atienden a los miles de refugiados del campo Horsham. ‘Hay que aprovechar’, me dice una mujer, ‘no recuerdo cuándo vinieron la última vez y nadie sabe cuándo será la próxima…’ En el interior las madres se arremolinan en las improvisadas consultas, apenas mesas separadas por unos centímetros unas de otras, con médicos de bata blanca y enfermeras que manejan medicamentos.

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‘Vinieron a casa, llamaron a la puerta y me esposaron por ser chíita, estuve un mes en la cárcel y tuve que renunciar al chiísmo y convertirme en sunita, pero no me torturaron ni me pegaron siquiera’, asegura el segundo Alí con los ojos tristones. Bajo la lona del improvisado hospital los niños miran a los médicos con unos ojos igualmente tristones.

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‘Al principio nos dieron 800 dólares’, dice Hussein, ‘pero no nos dio tiempo a coger ropa siquiera, así que el dinero se fue muy rápido’, dice. ‘El médico viene una o dos veces al mes’, dice Alí Ahmed Hassan, ‘y yo era enfermero en Tikrit pero aquí no puedo trabajar, a pesar de que me ofrezco a hacerlo gratis, ¡¡y tengo una experiencia de once años!!’, Alí está indignado y culpa a los kurdos de su infortunio para luego rectificar: ‘si no es por ellos nos matan a todos’… Pero ahí radica también parte del problema: ‘no hablo kurdo y por eso no me dejan trabajar’. ‘Llevo dos meses sin calefacción, las tiendas están heladas y tengo dos niños’, dice a su lado una señora.

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La desesperación en la parte posterior del hospital comienza a caldear el ambiente. ‘El gobernador de Mosul está refugiado también en Erbil’, cuenta Alí fuertemente indignado y elevando la voz, ‘pero a él sí que le llega su salario mientras que el nuestro se lo queda ISIS’. La sola mención al dinero caldea aún más un ambiente ya calentito. ‘Vivimos sobre un enorme pozo de petróleo, tenemos un sueldo digno, hay cuarenta países luchando contra Daesh pero no tenemos nada…’. ‘Encima nos roban el dinero’, apunta a su lado un tipo que hasta entonces no ha abierto la boca. ‘ISIS no es un gran ejército sino una milicia, ¿cómo es que no pueden con ellos?’, ‘Son los hijos de Osama’, apunta taciturno nuevamente el señor de su lado.

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La cola apenas avanza pero nadie se mueve: tan sólo Allah sabe cuándo vendrán los médicos otra vez…

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