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Abderrahman muestra las heridas con cierta vergüenza. Las cicatrices le cubren todo el torso, suben por el pecho y se pierden por la espalda. ‘Basta’, dice cansado de que sus amigotes le toqueteen con cierta guasa. El Estado Islámico ‘llegó a Mosul y el miedo se extendió por la ciudad’, cuenta Abderrahman, ‘pero al principio todo estaba tranquilo porque no eran muchos combatientes’. Pasada la primera impresión y los primeros días, ‘llegaron muchos más, y esos sí eran más violentos’. Tanto que lo ejecutaron contra una pared, junto a otros muchos. ‘Nos dispararon y caímos al suelo: luego me di cuenta de que yo no estaba muerto y pude escaparme cuando vi que se habían ido’. Abderrahman consiguió llegar a Erbil, apenas a una hora de Mosul, la capital del Kurdistán iraquí y zona segura amparada por la coalición internacional. Ahora languidece en el campo de Horsham, rodeado de miles de refugiados de todo el país con historias tan terribles como la suya.

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Abderrahman sonríe sin ganas, tiene rostro de galán de película en blanco y negro, no es más que un crío que estudiaba secundaria y que no ha visto otra cosa en su vida ‘que guerra, nada más que guerra, no imagino un mundo sin guerra, he conocido la guerra desde que nací…’. En sus ojos aún permanece la llama de los fusiles que le descargaron una ráfaga. Bueno, tienes suerte, al menos pudiste escapar con vida, le digo, pero no es el único. Abdelaziz menea la cabeza a su lado y levanta, él también, su camiseta. Otro torso surcado por cicatrices, otro reguero que sube hasta el cuello y vuelve a perderse por la espalda. ‘Me sacaron treinta y dos perdigones’, dice, ‘al fin y al cabo fue una suerte que me ejecutaran con una escopeta de perdigones…’.

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Abdelaziz era policía en la ciudad de Mosul y cuando supo de la llegada del Estado Islámico fue corriendo a buscar a su familia. No llegó muy lejos. Los yihadistas del Estado Islámico lo atraparon y ejecutaron. Desde el 10 de junio de 2014, fecha en la que tomaron Mosul, el ISIS, o el DAI’SH, como les conocen en árabe, ha ejecutado por docenas, tal vez por centenares, a los vecinos de la ciudad: defensores de los derechos humanos, funcionarios, médicos, militares. Y por supuesto policías como Abdelaziz. ‘Vi que estaba acribillado pero no había perdido mucha sangre porque tenía incrustados los perdigones’, cuenta bajo un sol aplastante, ‘así que me escondí durante un día y medio, conseguí una identificación que no era la mía y llegué al centro de Mosul para que me atendieran en el hospital… Lo peor fue que al salir y buscar a mi familia, ya habían huido de la ciudad y ahora no sé dónde andan…’

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