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Hasta donde alcanza la vista: autobuses. Un prado verde surcado por oleadas de plásticos volantes. Un grupo de vecinos del pueblo que reúne basuras y las quema. Niños que corren muertos de la risa por el campo. Y un ambiente de feria. Incluso huele a pinchitos. Y más basuras. Y más niños. Una vida normal, doméstica, íntima: pero pública, a la vista de todos. Ahí una madre cambia los pañales de su bebé, más allá un muchacho tontea con una muchacha, en aquella esquina los niños juegan. Todo en movimiento. Las colas son kilométricas, se pierden en el horizonte y tienen un mismo objetivo: conseguir un número. Las caras son de cansancio, desde luego, sobre todo porque recién bajan de un autobús que ha recorrido quinientos cincuenta kilómetros: desde el puerto del Pireo hasta la frontera de Grecia con Macedonia. Una maratón que tiene por delante miles de kilómetros y que deja atrás varios miles de kilómetros más.

refugiados en Idomeni por Hachero

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Y todo sin descanso. Porque las gentes que pululan por aquí han hecho esos quinientos cincuenta kilómetros de autobús justo después de bajarse de un ferry en el que, en el mejor de los casos, han viajado toda una noche después de pasar varias noches más (que no significa dormir) en unas instalaciones habilitadas a toda prisa en alguna isla griega. Y no olvidemos que han cruzado el mar Egeo desde Turquía y que en ese país tampoco han dormido mucho. Yo diría que hay afganos que no duermen desde hace semanas, desde que salieron de Afganistán. Iraquíes que no duermen desde que salieron de Iraq. Sirios que no duermen desde que salieron de Siria. Y podemos decir lo mismo de los pakistaníes, kurdos, eritreos, somalíes, bengalíes y etc.

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refugiados en Idomeni por Hachero

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Una gran multitud somnolienta, irascible y aturdida que recorre miles de kilómetros dejando tras de sí una colorida huella en forma de basura y plásticos. Las colas corroboran lo que digo: las caras son de alegría, pero de alegría amodorrada porque ven más cerca la cama que les permita horizontalizarse siquiera un rato. ‘Os queda lo peor’, le digo a unos yazidíes, ‘usted no sabe de dónde venimos’, me dice recordando las matanzas de las llanuras de Nínive, al norte de Iraq. Y sigue la cola.

refugiados en Idomeni por Hachero

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La frontera de Idomeni es un ajetreo étnico: esos niños que me muestran orgullosos sus crucifijos son cristianos de Mosul. Aquel sujeto que me afea que haga fotos es un afgano al que reconozco de Lesbos: ‘estuve en tu desembarco, mira’, y le enseño las fotos en las que sale él mismo, mil kilómetros al sur, empapado y con cara de susto saltando de una zodiac gris. ‘Y esta es mi prima’, sonríe al reconocer a una muchacha tirándose un selfie’. Por allá desfilan sirios que hablan un perfecto inglés, eritreos intimidados por la multitud, marroquíes con cara de saberlo todo.

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Al final de la cola estaba el objetivo por el que se han hecho tantos kilómetros: el numerito. Un número que pareciera escrito al azar pero tras el que anidan las esperanzas de estos desarraigados, parias de oriente medio y del cuerno de África, del Magreb y de los desiertos del Karakorum, almas errantes que encuentran en el numerito el grupo en el que integrarse para salvar una nueva frontera. Porque las fronteras de estos peregrinos parecen pantallas de videojuegos, vallas erigidas para salvarlas, rodearlas o tomarlas al asalto evitando siempre el temido GAME OVER.

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Y aquí muy dispuesta una voluntaria facilita lo que le solicitan: ¿pasta de dientes? ¡claro! ¿mantas para bebés? ¡Por supuesto! ¿Galletitas? ¡Tenga usted! Unas enormes tiendas de campaña habilitadas por ACNUR ofrecen una espera a cubierto con una desconcertante música española en forma de rumba pachangueraa. Y de tienda en tienda hasta el desembarco final. En el último espacio habilitado los nervios crecen: es la antesala a los Balcanes. Un agente griego controla los grupos antes de enviarlos hacia las vías del tren que comunican con el país vecino. ‘Nunca diga Macedonia’, me dice un griego, ‘mejor diga Skpje: Macedonia es griega y siempre lo será’. ¡Pues a Skopje entonces! Y el grupito se adentra en el último camino antes de encontrarse las hordas de taxistas, los desvencijados trenes, las porras de los húngaros y las vallas de los serbios.

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Fueron los últimos días de tranquilidad en la frontera de Idomeni. Dos días después, el gobierno macedonio decidió que sólo pasarían sirios, afganos e iraquíes. Los kurdos iraníes se cosieron entonces la boca como protesta. Luego fueron los afganos los que se encontraron el no por respuesta. Ahora, como si de una cascada se tratase, los países del norte niegan el acceso a los refugiados y los devuelven a los del sur quienes a su vez los vuelven a devolver más al sur. Claro que más al sur de Grecia sólo está el mar…

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