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Hong Kong por Hachero

Desde las alturas del Peak la ciudad se abre paso a través de las riberas de la bahía de Hong Kong. Pareciera el delirio de un gigantesco niño travieso cargado de enormes legos. El punto más alto de la bahía comenzó como un imán para los adinerados europeos que señoreaban la ciudad en los tiempos de la colonia, gracias a sus espectaculares vistas y a que la temperatura descendía varios grados y dejaba el horroroso y húmedo calor abajo, al antojo de coolies y descamisados. Fueron ellos quienes bautizaron este monte como Victoria Peak, aunque los locales le dicen Mount Austin o, simplemente, the Peak. Aún hoy permanecen en las agradables urbanizaciones de las alturas los más acaudalados tycoons de Hong Kong, y del sudeste asiático en general, como Lau Sha Kee, el magnate de los magnates y el segundo hombre más rico de la ciudad, tras Li Ka Shing, quien a su vez es el hombre más rico de Asia, con 32.000 millones de dólares en su haber.

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Porque Hong Kong es eso, una acumulación de ricachones que juegan a su antojo con conglomerados de empresas que sitúan enormes cantidades de dinero al otro lado del planeta en cuestión de segundos, millonarios que invierten en propiedades inmobiliarias, en internet, en telecomunicaciones, en maderas preciosas, en construcciones, siempre intentando el monopolio o, si se pone dura la cosa, el cártel con otros compañeros de igual ralea, negocios en los que la frontera entre lo privado y lo público se difumina gracias a un entramado infinito de relaciones privilegiadas con gobernantes de todos los niveles. Porque, seamos francos, Hong Kong es el paraíso del libre comercio pero un paraíso cimentado sobre concesiones públicas que huelen mal o muy mal, una victoria más grande que el Peak de los hombres de negocios sobre los hombres de política.

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Los caros apartamentos de las laderas no bajan del millón de euros

En Hong Kong resuenan míticos los nombres mencionados pero también los de Ronnie Chang, Henry Fok, Kwok Tak-seng o Peter Woo, acaudalados businessmen que encontraron en la fundación de entidades bancarias una salida a sus anecdóticos problemas de financiación o de liquidez. Por eso el Peak no deja de tener su gracia. Rodeado de mansiones misteriosas que permanecen fuera del escrutinio popular, pero siempre orientadas a las mejores vistas sobre las lejanas playas de las islas conocidas como ‘Nuevos Territorios’, las pesadas cuestas son pasarelas continuas de turistas, curiosos y doncellas de permiso dominical que suben a extasiarse con las vistas de la bahía de Hong Kong: de todo aquello que jamás podrán tener porque pertenece a los tycoons que viven anchamente en enormes mansiones o en lujosos apartamentos con piscinas propias (en una ciudad donde el metro cuadrado obliga a muchos locales a dormir en jaulas: pincha aquí para verlas).

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Eso sí, si piensas en emigrar a esta ciudad de locos por el simple hecho del dinero creo que deberías saber que la jornada semanal ronda las cincuenta horas y que los desplazamientos suelen ser tan largos que te consumen el resto del día, aunque todo se haga en servicio público (el 90%, la mayor cifra del mundo).

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De hecho, según la publicación china Hurun, Hong Kong es la tercera ciudad del mundo, tras Moscú y Nueva York, en número de milmillonarios del mundo, o billonarios (en inglés mil millones es un billón), con cincuenta y dos de estos campeones de la riqueza. También es normal que se instalen en Hong Kong: es la tercera ciudad del mundo, o estado, o lo que quieras considerar que es, con los impuestos más bajos y con una de las mayores densidades del planeta, 16.000 personas por milla cuadrada.

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Cerca del templo de Wong Tai Sin me encuentro un barrio de casas bajas. Está literalmente rodeado de altísimos rascacielos con pinta de ‘recurso habitacional para miles de familias de clase media baja’, casas colmenas que suponen verdaderas ciudades verticales. No hay más solución para la mayor parte de los siete millones de almas que viven aquí, en un territorio ocupado en tres cuartas partes por territorios naturales y tan sólo en un veinticinco por ciento por un hábitat humano. Del barrio de casitas asoman plantas, hay una peluquería en el que un señor se deja afeitar, un bar gris y hediondo donde un grupo de chinos toma té con la mirada perdida, callejones muy estrechos y húmedos con los adoquines que sobresalen. Y lo mejor de todo: está rodeado por un escuadrón de ingenieros que discuten mapas, que miran a su alrededor observando cosas que aún no se han construido, obreros que transportan materiales de obra. Creo que el barrio tiene los días contados y ese 25% de terreno urbanizable podrá acoger un par de torres más para unirse a las alturas y dejar cada vez más lejos el ras del suelo…

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Los barrios de casas bajas no parecen que formen parte de la misma ciudad, pero sí, lo son, son el mismo Hong Kong, pero un Hong Kong que no sobrevivirá mucho tiempo

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Y lo que ocurre allí abajo no deja de provocar asombro. A la miríada de barrios especializados en todo tipo de mercancías, desde la venta de peces exóticos a relojes de imitación, se une la segunda mayor bolsa del continente asiático, que ya es decir, tras la de Tokio, y un núcleo de bancos que colocan a esta pequeña ciudad en el puesto undécimo mundial en transacciones bancarias.

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Un lugar pequeño, a pesar del delirio de rascacielos, que ofrece absolutamente todo lo que un alma inquieta pueda necesitar: por ejemplo, un restaurante mongolés junto a un taiwanés, separados por un reflexólogo junto a la escalera mecánica más larga del continente.

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Y es que, a pesar de que el 80% de su economía se basa en el sector servicios, con cifras tan extrañas como las más de 300.000 empleadas domésticas, su renta per cápita es mayor que la de casi todos los países de Europa y el ritmo de su crecimiento anual no baja del 8%. Hong Kong es la ciudad con el mayor número de rascacielos del mundo y su acumulación resulta tan llamativa que el departamento de turismo lo ha convertido en un atractivo más, con un espectáculo de luces y colores que cada día a las ocho de la tarde sorprende a los visitantes que pasean observando su skyline con una cuidada coreografía que involucra a cuarenta y cuatro edificios de los barrios de Hong Kong y Kowloon en un curioso, y algo kitch, baile de luz y de color. Subido en un extraño barco, conocido como Barco de los Desperdicios, el festival de color se tiñe con el rojo intenso de la vela y la bruma del calor diurno condensada en la noche mientras esos locos rascacielos bailan con coloridos rayos láser.

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Dicen los chinos que la China se acaba en el Peak y que a partir de ahí sólo hay agua. Y dicen más: que por eso mismo en Hong Kong se refugian los dragones. Una cosa lógica, me digo mientras miro a ambos lados de la calle por si me salta uno a la chepa. Pero no, algo hay de esta locura. Dice Raymond Lo, el gran maestro del Feng Shui en Hong Kong, que debemos entender el dragón como una representación de la energía y que hablamos del logotipo de la ciudad. El populoso barrio de Kowloon, por ejemplo, significa Nueve Dragones, y debe de tener una extraordinaria energía porque los vecinos de la ciudad lo consideran el responsable del dinero y del poder. Y de ambos hay mucho en Hong Kong. El mayor centro mundial del comercio, el tercer mayor puerto de volumen del mundo, el mayor centro financiero, el mayor…

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Tanta envergadura y tanto record, sin embargo, no hacen de la ciudad un museo ridículo del que reírse. Hong Kong asombra por su variedad, por su mente abierta y por las posibilidades que ofrece (entre ellas la de sudar la gota gorda), por su capacidad para camuflarse y sobrevivir a capitalistas desalmados, comunistas chinos, traficantes de opio, japoneses invasores y demás. Por eso qué mejor que acabar con la filosofía del más célebre de los hijos de la ciudad, que no deja de ser la filosofía de la ciudad misma:

‘Vacía tu mente, se amorfo, moldeable, como el agua. Si pones agua en una taza se convierte en la taza. Si pones agua en una botella se convierte en la botella. Si la pones en una tetera se convierte en la tetera. El agua puede fluir o puede golpear. Sé agua amigo mío’. Bruce Lee

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