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Hong Kong por Hachero

La estatua de Thomas Jackson rodeada de entidades bancarias

Hong Kong es una ciudad tan dedicada al dinero que la única estatua que preside una plaza es la de sir Thomas Jackson, el responsable del desarrollo financiero de la antigua colonia británica y jefe en su momento del banco HSBC (HongKong and Shangai Banking Corporation). No me extraña, pienso mientras contemplo la más arquetípica figura del banquero que pensarse pueda: redondísima calva, poblado mostacho, gesto adusto, levita gris, una mano en la solapa. Su figura está enmarcada en un bosque de cemento y cristal, los más altos edificios del centro económico de la ciudad de Hong Kong en forma de bancos, entidades bancarias y todo lo que desprenda olor a dinero.

Hong Kong por Hachero

La plaza se llama Plaza de las Estatuas porque la realeza británica estaba allí casi al completo, con sus reyes y reinas y príncipes y princesas, pero los japoneses las derribaron durante su ocupación en la II Guerra Mundial en señal de desapego hacia esos blancuchos de ojos redondos que se habían hecho fuertes en un lugar tan estratégico. El posterior desarrollo de la colonia obligó a repensar las cosas. ¿Para qué queremos monarcas lejanos y aspirantes a coronas? ¡¡Mucho mejor el director de un banco!! Toda una declaración de principios, por otra parte, para una ciudad que vive para y por el dinero, que levanta rascacielos con andamios de bambú y que vende cualquier cosa que alguien quiera comprar, como miles de aletas de tiburón, móviles, relojes falsos o superordenadores…

Hong Kong por Hachero

Una ciudad en la que todo funciona al milímetro y al segundo y en la que es casi imposible perderse, a pesar de su magnitud. El aeropuerto de Hong Kong es tan grande que uno piensa que no saldrá jamás: pero sí, se sale, con una pasmosa facilidad, todo es tan fácil que incluso el sensor térmico me parece normal. ¿Un sensor térmico? ¡Sí, para comprobar que los recién llegados no tenemos fiebre! La gripe aviar sembró de miedo esta ciudad así que en el aeropuerto hay guardianes sanitarios que nos examinan sin que lo notemos. En 2003 al menos 500 hongkoneses murieron por culpa de esta gripe…

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Pero hubo un tiempo en el que Hong Kong no era así, ese bosque aberrante de bloque tras bloque, calle tras calle, barrio tras barrio. Hubo un tiempo en el que los vientos azotaban una playa desierta, unas montañas de roca expuesta y aún en formación y barrían las arenas del cúmulo de islas que ahora estaban y ahora ya no están. En el museo de Hong Kong recrean esos tiempos remotos, salvajes y fascinantes y te enseñan pinturas que hacen babear a los especuladores inmobiliarios del sudeste asiático, que por cierto son legión.

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La ciudad fortificada de Kowloon frente al Hong Kong actual (maqueta frente a vistas desde el Peak)

Hubo un tiempo en el que los humanos formaron grupos y eligieron la región por su exuberancia y calorcito, y desarrollaron civilizaciones y culturas, lucharon contra los enemigos y fueron absorbidos por ellos. La Historia misma, en suma, pero que, mirando alrededor, cuesta pensar que en esta ciudad haya habido alguna vez algo que no fuera el futuro mismo, con mayúsculas, el Futuro. Y en esa línea cuesta pensar que esa maqueta sobre estas líneas represente la ciudad fortificada de Kowloon, un precedente lejano del actual Hong Kong, un precedente que comparado con la ciudad actual no deja de producir asombro.

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Foto del antiguo puerto de Hong Kong, en el museo de la ciudad

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Foto del puerto actual de Hong Kong, con la bahía llena de grandes buques

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Resulta difícil situarse en el pasado siquiera reciente de esta gigantesca ciudad y más difícil aún imaginarla como un apacible poblado de pescadores. Hay que visitar el museo para viajar mentalmente a través de las recreaciones que sitúan el conglomerado de islas en el pasado remoto, el del precámbrico y el del pleistoceno y el de todas esas palabrejas raras que te retrotraen a la época de maricastaña. Pero Hong Kong, la Hong Kong de la Historia humana, es milenaria, y varias veces además, y queda constancia, así sea a través de maquetas muy conseguidas, de que donde se levanta ese racimo de altísimos rascacielos hubo una vez un pueblecito de casitas con paredes de adobe, que en esa bahía saturada de supercontenedores, gaseros, petroleros y transbordadores superrápidos deambulaban débiles barcas de pescadores persiguiendo anguilas y rayamantas, que donde hoy hay autopistas antes había bosques frondosos.

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Los racimos de viviendas sirven de fondo a la bandera local, basada en una planta endémica local, la Bauhinia blakeana blanca

Y opio, por supuesto, que llegaba en grandes cantidades del interior del continente y alteraba la vida de los pescadores. El interés mercantil de las potencias occidentales, sobre todo la del Reino Unido, terminó en una serie de guerras que hoy vemos con el gesto contrariado porque fue la mismísima reina de Inglaterra la que impuso el tráfico y consumo de opio por sus santas narices. Los comerciantes norteamericanos y europeos se hicieron de oro con un producto que se llevaba dos tercios de las ganancias de los obreros chinos y que tenía al país en un estado de semisopor muy agradable pero poco productivo. Las guerras que su Graciosa Majestad impuso a los chinos acabaron con su débil ejército y les arrebató en 1842, además, la isla de Hong Kong (que no es una isla sino un conjunto de ellas) por el tratado de Nanking, que era la capital de China hasta que la aplastaron los japoneses (puedes verlo en Ciudad de Vida y Muerte, una obra maestra del chino Lu Chuan)

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Fotografía del museo de Hong Kong de la reconstrucción de la colonia tras la II Guerra Mundial

En el museo de Hong Kong es posible seguir el rastro de los gobernadores coloniales que su graciosa majestad nombraba para administrar una de sus más pequeñas y al tiempo rentables colonias. Una larga hilera de rostros serios, alguno con aspecto de diplomático pero muchos con caras de pillos que uno podría imaginar junto a Jack Sparrow surcando el Caribe rumbo a la isla de la Tortuga.

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El gobernador George Bowen tiene cara de ser todo un personaje

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Poco quedaba ya de aquel paupérrimo poblado que encontró el portugués Jorge Álvares, en 1513, una aldea que, a pesar de su insalubridad, un calor espantoso y unas costumbres higiénicas cuanto menos dudosas, tenía la facultad de atraer el interés de todas las grandes potencias. Así que los chinos, en el siglo XVI, se emplearon a fondo para recordarles a los lusitanos que su hogar estaba lejos, muy lejos… Sin embargo, aunquedicen las crónicas que el portugués Álvares fue el primer occidental en pisar este lejano rincón de la China, no sería el último ni el menos codicioso. Aún habría de llegar los insaciables británicos que se harían con el enclave hasta darle una nueva dimensión y dejar su marchamo en el extraordinario puzzle que es hoy.

(Continúa en II)

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