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dragon race por Hachero

El quinto día del quinto mes del calendario lunar chino las aguas de la bahía de Hong Kong se llenan de dragones. Son dragones coloridos, dragones a los que no importa el agua, dragones sólo de cabeza porque los cuerpos son de madera y llenos de hombres de todas las razas que no han sido devorados por las bestias, como podría pensarse, sino que se esfuerzan en agitar los brazos para conseguir una victoria que inscribirá sus nombres en un tablero electrónico que pasará a la historia.

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Una historia que comenzó muchos años atrás, cuando Qu Yuan, un poeta que también era consejero del emperador Chu, fue expulsado al exilio por su pretendida deslealtad. Había avisado el bueno de Qu Yuan de que el estado de Qin proyectaba una alargada sombra de amenaza sobre sus vecinos y que sería mejor llegar a una entente cordial antes de que la cosa fuera a más pero el emperador no sólo no coincidió con su predicción sino que la consideró un insulto. Y lo expulsó bien lejos. Pero el bueno de Qu Yuan tenía razón y los Quin pronto rindieron el imperio y sometieron a sus súbditos a una indigna esclavitud. Qu Yuan, atormentado en su exilio, supo del trágico final y se lanzó al río Yangzi, donde murió ahogado.

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Una tragedia como la copa de un pino que no terminó, sin embargo, con la desaparición de Qu Yuan porque volvió convertido en un espíritu del agua, salvando así la muerte, y exigiendo comida para apaciguar su excitado ánimo. Mientras el espíritu andaba desbocado corriente arriba y corriente abajo, los vecinos discutieron cómo detener este desvarío hasta que encontraron la solución: le tiraremos arroz. Pero, ¡oh desgraciada fortuna!, los dragones del agua se adelantaban, listos ellos, y se tragaban voraces los obsequios de los campesinos.

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Y así pasó el tiempo, y así pasaron los siglos, y cuando los ribereños pensaban que jamás lograrían calmar la ira del espíritu de las aguas, el propio Qu Yuan se apareció ante el campesinado para sugerirles que tal vez podrían arrojar el arroz envuelto en hojas, o directamente cocinado en el interior de cañas de bambú. Imagina uno entonces al pobre espíritu famélico, siempre errante y frustrado por esos malditos dragones acuáticos que le arrebatan la comida en el último instante, cuando está a punto de meterle el diente.

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Otra versión de la historia dice que los vecinos del poeta quisieron salvarlo de los peces y lanzaron arroz al agua para que se comieran su cuerpo mientras los pescadores navegaban sobre sus botes para encontrarlo.

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Como antecedente parece exiguo para explicar por qué esos grupos de hombretones y mujerzotas se esfuerzan en girar las palas de sus barquitos mientras, arriba en la proa, una señora, o un señor, apalea un bombo con inusitada energía. Dicen otras teorías que todo proviene de un ejercicio militar que se hacía, mira tú por dónde, en el estado de los Chu, siempre los Chu, y que se hacía en esta época porque coincidía con el solsticio de verano porque el río estaba en su punto álgido.

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El caso es que ahí estoy yo, mirando cómo un amplio abanico de razas provenientes de todo el mundo, aunque sobre todo del sudeste asíatico y Oceanía, corren que se las pela para ganar un torneo cuyo nombre es toda una instituación: Duanwu Jie. Las leyendas sobre el origen de la carrera, que me evoca a una suerte de distorsión de las de Oxford y Cambridge (aunque distorsión previa porque tiene muchos más años que éstas), son muchas más, aunque la de Qu Yuan, que además era un poeta muy popular, trasciende las demás y le da un trasfondo histórico-legendario a una carrera que tiene ya incluso una Federación Internacional y que vuelve del revés la bahía de Hong Kong en verano.

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Los barquitos en cuestión tienen unos catorce metros de largo, la proa dispuesta a modo de cabeza de dragón y veinte remeros, además del encargado del estruendoso tambor. Suenan los golpes, les acompañan los gritos de la tripulación, la gente en el paseo de la bahía alarga los cuellos, los vecinos de la muy electrónica Hong Kong sacan los más poderosos objetivos de las más poderosas cámaras de fotografías, el espíritu de equipo hace el resto. Entre los participantes veo mucho asiático pero también tripulaciones de rubios y rubias, provenientes de Australia, de Nueva Zelanda, anglos en todo caso que siguen muy presentes en lo que una vez fue su colonia allende los mares. La carrera es un invento puramente chino pero se ha popularizado hasta un extremo que se celebra en medio mundo (siempre que haya una colonia china lo suficientemente tenaz como para ponerla en marcha), desde Canadá a la misma China, donde se multiplica siempre que haya un río o un lago, pasando incluso por Inglaterra o Barcelona, en el mismo Port Vell . Es la época entonces de comer zongzi, una bola de arroz pegajoso que evoca los tributos de los campesinos al esquivo Qu Yuan en aquel río plagado de dragones. Es la época, dicen los vecinos de Hong Kong, de guardar las ropas de invierno porque con estas carreras queda inaugurado oficialmente el verano.

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