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Cuando estalló la revuelta de Haití, en 1791, Toussaints Louverture vivía tranquilo bajo la protección de unos amos buenos. Le habían permitido aprender a leer y escribir y tanta maña se dio el esclavo que tenía entre sus lecturas favoritas los Comentarios de Julio César y hasta aprendió latín. Además estudiaba naturalismo y era buen jinete así que cuando la rebelión comenzó a agotarse por falta de un líder no le fue difícil hacerse con el liderazgo. Con una destacable mano izquierda inició el libertador caribeño una larga serie de negociaciones con británicos, españoles y franceses que terminó como el rosario de la aurora para todos, pero con la independencia para los haitianos.

Francia tenía desplegados más de diez mil soldados en Haití cuando los monárquicos atacaron al gobierno revolucionario de París. Las tropas regresaron a Francia y los esclavos aprovecharon el dominó para atacar al gobierno colonial. Las tropas de Toussaints se hicieron con las fortalezas galas del norte del país y se ilusionaron con la creación de un gobierno independiente. Los colonos blancos no tenían el mismo entusiasmo y se las arreglaron para pactar una nueva era con los británicos. En 1794 los ingleses enviaron un ejército a la colonia francesa para hacerse con el poder, pero no contaron con el empeño de los esclavos en armas: no tenían comida ni balas pero eran capaces de comer hierba y de tirar piedras. No tenían zapatos pero caminaron sobre los vidrios con los que sembraron los británicos los campos para dificultar su avance. Así, poco a poco y con la determinación del que se sabe perdido, los esclavos derrotaron a los británicos y a todo el que se les puso delante.

Toussaints buscó entonces el apoyo de los españoles, que controlaban casi dos tercios de la isla, la República Dominicana. Creyó así tener garantizado el respaldo de una potencia importante y fuerte en materia militar. Además, británicos y españoles tenían una alianza con la que habían superado siglos de rivalidad en el Caribe y Toussaints esperaba acabar con los años de luchas mortales. Pero entonces vivió una pesadilla: traición tras traición, las tres potencias se las arreglaron para terminar si no con el sueño de la independencia sí al menos con la imagen de su líder. Primero fueron los británicos quienes anularon su primera abolición de la esclavitud para reimponerla en las colonias de las Antillas. Luego fueron los españoles, de quienes concluyó que no les guiaba precisamente su amor a la libertad sino su rivalidad con los franceses.

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Toussaints L’Ouverture

Angustiado por tanta trama a su alrededor, el general haitiano se echó a los brazos de Washington y hasta les permitió que redactaran la constitución del estado en gestación. Fue el antiguo secretario del tesoro, Alexander Hamilton, quien escribió un texto que serviría de base a la carta magna del futuro país. Entre otros conceptos, el borrador esbozaba que el gobierno de la colonia debía de ser militar, que el mando lo ocuparía un gobernador vitalicio y que todos los hombres en edad de merecer debían ingresar en el ejército. Unas ideas poco ajustadas al moderno concepto de progreso pero que se alternaban con otras más innovadoras, como los juicios con jurado para casos no penales. A ello se añadió que los beneficios de las grandes plantaciones de azúcar comenzaron a repartirse entre todos y que quedaron prohibidos los castigos corporales. Un pacto entre los terratenientes blancos, cuya presencia era indispensable para que el territorio siguiera produciendo como antes, y entre la masa negra, que anhelaba pasar a formar parte del mundo libre.

Durante los primeros años de autogobierno se construyeron ciudades enteras, carreteras, escuelas, puentes y hospitales, pero aún debía de llegar la triple traición que derrumbara la imagen y el trabajo de Toussaints. El presidente Jefferson, recién reelegido en Washington, olió negocio en las guerras que Napoleón gestaba en Europa. París logró a cambio de armas la neutralidad de los Estados Unidos en su pretensión de reconquistar la colonia rebelde y también la de Londres, porque al fin y al cabo, dijo el tirano francés, ‘todos somos blancos’. Jefferson incluso pensó en desterrar a la población negra que molestaba en su país, en una premonición de lo que harían más tarde en Liberia y Sierra Leona. Napoleón envió al general Leclec acompañado de su hermana, Pauline Bonaparte, para restablecer la esclavitud en sus colonias del Caribe y recuperar a la perla rebelde. Toussaints aceptó negociar la paz a bordo de un barco francés y en cuanto puso un pie en cubierta los franceses lo arrestaron y deportaron a Francia. Humillado, fue enviado a una prisión en Besançon, a los pies de los Alpes, donde falleció en 1803 víctima de una neumonía. Los retratos del general traicionado nos dejan la impresión de un floripondio tropical, un hombre de rostro calmo y de pelo ensortijado que parece aprisionado bajo un uniforme repleto de chorreras y condecoraciones.

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Jean Jacques Dessalines

No duró mucho la victoria gala. Un año después de la muerte de Toussaints, el general Jean Jacques Dessalines, con otros héroes del partenón haitiano, como Petionville o Henri Cristophe, vencía a las tropas francesas matando a más de 60.000 hombres. Proclamaba por fin la independencia de la colonia denominándola con un nombre nuevo, Haití, ‘tierra de las montañas’ en el original lenguaje arawak. Y para que no quedase duda de que los haitianos estaban hasta el gorro de traiciones y del juego de los blancos, el general en jefe emitía este comunicado:

Víctimas durante catorce años de nuestra credulidad y nuestra indulgencia, vencidos, no por ejércitos franceses sino por la triste elocuencia de las proclamas de sus agentes; ¿cuándo dejaremos de respirar su mismo aire? ¿Qué tenemos de común con ese pueblo verdugo? Su crueldad comparada con nuestra patente moderación; su color con el nuestro; la extensión de los mares que nos separan, nuestro clima vengador, nos dicen suficientemente que ellos no son nuestros hermanos, que no lo serán jamás, y que si encuentran asilo entre nosotros, seguirán siendo los maquinadores de nuestros problemas y de nuestras divisiones.

Ciudadanos indígenas, hombres, mujeres, niños, pasead la mirada sobre todas las partes de esta isla; buscad en ella vosotros a vuestras esposas, vosotras a vuestros maridos, vosotras a vuestros hermanos, vosotros a vuestras hermanas, ¿qué digo?, ¡buscad allí a vuestros niños, vuestros niños de pecho! ¿En qué se han transformado?… Me estremezco al decirlo… En presa de esos cuervos. En lugar de estas víctimas dignas de atención, vuestro ojo consternado no percibe más que a sus asesinos, más que a los tigres todavía ahítos de sangre, y vuestra culpable lentitud para vengarlos. ¿Qué esperáis para apaciguar sus manes?; pensad que habéis querido que vuestros restos reposaran junto a los de vuestros padres, en el momento en que abatisteis la tiranía; ¿bajaréis a la tumba sin haberlos vengado? No, sus osamentas rechazarían a las vuestras.

Y vosotros, hombres invalorables, generales intrépidos que, insensibles a las propias desgracias, habéis resucitado la libertad prodigándole toda vuestra sangre, sabed que nada habéis hecho si no dais a las naciones un ejemplo terrible, pero justo, de la venganza que debe ejercer un pueblo orgulloso de haber recobrado su libertad, y celoso de mantenerla…

Que tiemblen al abordar los franceses nuestras costas, si no por el recuerdo de las crueldades que en ellas han ejercido, al menos por nuestra terrible resolución, que tomaremos, de condenar a muerte a quien, nacido francés, ose hollar con su planta sacrílega el territorio de la libertad.

Jean Jacques Dessalines, pomposo él también, leyó este manifiesto de independencia en la plaza de armas de Gonaives refiriéndose a sus ciudadanos como indígenas. Y para dar por inaugurado el nuevo país, se coronó emperador al estilo napoleónico y sus huestes se afanaron en vengar a sus víctimas degollando cuervos.

Francia no degolló más negros en la isla pero sí al joven estado, que nació con una herida de la que nunca se recuperó. Presionado por las potencias coloniales de la época, Haití se comprometió a pagar a sus antiguos amos una indemnización de 150 millones de francos de oro que sólo saldó del todo en 1938. Los intereses y los bancos norteamericanos moldearon a la antigua Saint Domingue como los brujos moldean las figuritas del vudú, y luego le clavaron una aguja en el corazón.

Decían las las noticias (era el año 2004) que ha desaparecido la isla de La Tortuga, los rumores aseguran que la ciudad de Gonaives está destrozada, los cadáveres se cuentan por millares. Y es el momento de anunciar al pueblo que el salvador está aquí. Es el momento de olvidar a los antiguos dictadores, de relegar al olvido a los Duvalier y sus Tonton Macoutes, al marcial Cedras, a los partidarios de Aristide. Georges mantiene reuniones con otros conspiradores, todos de tez más clara que oscura, reliquias coloniales de un mundo en franco retroceso, como su sobrino, que regenta una granja y una plantación en las montañas, o su amigo Fred, dueño de una emisora de radio que transmite desde el norte del país, o su prima, traductora, dice ella, de la ONU en Nueva York. La diplomacia en Haití se mueve entre bastidores, al más puro estilo bananero, intercalando golpes de estado con democracias populistas lideradas por próceres mesiánicos.

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