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Si meto zoom desde la orilla tengo la impresión de que un espejo se mira en otro espejo: veo alguien que me echa fotos desde la frágil embarcación repleta de refugiados que arriba a la costa de Lesbos. Si observo bien la foto veo que sobresalen varios teléfonos móviles, que uno de los pasajeros charla risueño con alguien al otro lado de la línea, que alguien consulta el correo. En youtube he visto vídeos de llegadas desde el lado de la zodiac.

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La mayoría de los refugiados, sin embargo, los traen a buen recaudo, envueltos en interminables tiras de cinta aislante que los protegen del agua y la humedad. Tan sólo la ropa de los bebés alcanza el privilegio de llegar seco a las orillas de Grecia: todo lo demás está chorreando. Gotean los hiyabs de las mujeres, los zapatos de los niños, las maletas de todos, los chadores de las abuelas, los guantes y el cúmulo de ropas de aquella misteriosa señora integrista, las gorras de los jóvenes, el osito de aquella niña. ¡Pero los teléfonos móviles llegan siempre secos!

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Una vez desenvueltos, comienza el ritual. Unos llaman a sus familiares, otros se hacen fotos que cuelgan inmediatamente en las redes sociales. ‘Hay quien llama a unas aseguradoras turcas que tienen bloqueado el dinero a las mafias hasta que dan órdenes de desbloquearlos porque han llegado vivos’, me cuenta un voluntario español. ¡¡El teléfono como herramienta fundamental!! ‘Lo cuelgo en facebook’, me explica Ahmed, de Kandahar, en Afganistán, ‘para que mis amigos sepan que he llegado bien’.

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La fiebre del móvil traspasa fronteras y se pierde allá lejos, dentro del continente asiático. ¡¡Y los problemas son los mismos a los que me enfrento yo en mi día a día!! ‘¿Dónde puedo cargar la batería?’, me pregunta un muchacho afgano. Por suerte para ellos los voluntarios adventistas, los de la cruz roja, los de ACNUR han pensado en el problema y disponen de wifi libre, de paneles jalonados de todo tipo de clavijas. En el centro de acogida de Skala los móviles cuelgan de coloridos tiestos al sol. A las puertas del centro de Moria los cables se entrecruzan ante la atenta mirada de los usuarios de la dichosa telefonía móvil. En el interior del ferry que lleva a Atenas las colas indican dónde están los cargadores universales.

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Ante un mapa un muchacho se conecta a google maps y diseña una ruta que le deje en el mismo centro de Alemania.

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Los refugiados chatean con los parientes que los esperan en Suecia o en Dinamarca, conocen las dificultades del camino, dónde tendrán más problemas, qué temperatura hace en los Balcanes, qué frontera está hoy abierta. Ya contactaron con las mafias por redes sociales y por redes sociales celebran sus llegadas y recomiendan a los mafiosos más enrollados. Mandan mensajes de whatsup para comentar las rutas y me piden el teléfono para decirme el día que llegarán a sus destinos. Samera es una siria que tienen en mente llegar a Suecia: ‘ya he llegado a Estocolmo’, me cuenta por mensajería instantánea, ‘todo ha salido O.K’.

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