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William tiene 21 años y es pintor. Pintor de brocha, de fachadas y paredes, no de pincel. ‘Los polacos tiran los precios y esto no es justo’, afirma convencido de que los males a todos sus problemas vienen de Europa. Su padre, Steven, comienza las frases con un rotundo ‘In Britain’ como prueba de que todo lo que viene de la isla es infinitamente mejor de lo que le pueda ofrecer un foráneo. Me recuerdan a los seguidores de Donald Trump… Por el contrario, su abuelo, Peter, es un convencido europeísta y votante del Partido Laborista. Tres generaciones de británicos que se han mantenido en la clase trabajadora pero se han adaptado a los tiempos: la posguerra para el abuelo, los turbulentos tiempos de Margaret Thatcher para el hijo, y para el nieto, la ola nacionalista del siglo XXI. William me explica por qué eligió Brexit. ‘En mi ciudad todos los que conozco han votado por salir de la Unión Europea’, dice, ‘porque las leyes que vienen de Europa dificultan nuestro trabajo y encima los inmigrantes sustituyen a los locales tirando los precios’. Nuevamente vuelvo a pensar en Trump… Como reafirmación del anglosajismo supuestamente amenazado la bandera británica vive un renacer: las lechugas la llevan orgullosas en su envase intentando que el consumidor se incline por el producto local. Lo mismo le ocurre al maíz. Y a las fresas. Y a los tomates. Un paseo por cualquier supermercado supone una inmersión en una muda reclamación nacionalista de banderolas y verduras. Sin embargo, como dice The Guardian (pincha aquí), algunos de estos productos podrían quedarse para siempre y jamás en sus matas si los jornaleros no pueden entrar en el país debido, precisamente, al Brexit.

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‘Los polacos apuntan a sus familias numerosas en el gobierno para recibir los benefits pero resulta que no viven aquí sino en Polonia y, hala, a vivir tan ricamente…’. Williams busca la aprobación en mis ojos para seguir su diatriba pero solo consigue evocarme una conversación mantenida con un amigo en una playa del sur de España sólo horas antes: ‘los ferries del Estrecho vienen llenos de embarazadas marroquíes para dar a luz en España y aprovecharse de nuestro sistema sanitario…’. Las escenas, además de dantescas, son inciertas y toman la parte por el todo. Porque uno imagina entonces decenas de miles, qué digo, cientos de miles o tal vez millones de familias polacas viviendo en el frío nórdico al calor de enormes sueldos en libras esterlinas al tiempo que imagina miles, qué digo miles, cientos de miles de embarazadas marroquíes cruzando el estrecho de Gibraltar para aprovecharse de la sanidad de sus vecinos infieles. Y sin embargo, el mensaje, con su carga de vileza infundada, prende rápidamente entre amplios espectros de población: los musulmanes y polacos para los británicos, los marroquíes para los españoles, los mexicanos para los seguidores de Trump… Y prende sobre todo en las poblaciones que conviven de cerca con los Otros, los desconocidos, los que vienen de fuera y tienen costumbres distintas y hasta molestas. Pero también en los que viven el mundo a través de periódicos, noticias y rumores de mercadillo o barra de bar. Aunque incluso en esto hay que hacer puntualizaciones.

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El cabreo parecía estar detrás de lo que los británicos conocen como ‘white flight’, la migración de más de 620.000 londinenses blancos de la ciudad en la primera década del siglo XXI: en teoría, dicen, porque ya no reconocen la ciudad como suya tras tantas olas migratorias. La BBC estudió el fenómeno y se introdujo en algunos de los barrios que mayor pérdida de vecinos blancos había sufrido: (pincha aquí). Su conclusión no se ciñe exclusivamente a la afluencia de extranjeros sino de gentes que se han aprovechado del desaforado mercado inmobiliario para vender sus casas y emigrar a casas mejores en el campo o en la costa. Barrios londinenses donde era posible encontrar viviendas por menos de 100.000 libras esterlinas, familias humildes que conservaban sus casas desde la primera guerra mundial, gentes que han vendido sus hogares y se han visto, de pronto, con cantidades que cunden mucho más fuera de Londres. Aunque también hay quien se ha ido porque no aguanta ver su barrio convertido en una extensión de Oriente central. El caso es que el portazo a Europa no viene de conservadores xenófobos sino de amplias clases obreras enfadadas. Muy enfadadas. Y además, muchas de ellas extrañas a Londres.

Público a las puertas de la Abadía de Westminster

El 4 de octubre de 1936 dos mil militantes de la Unión Británica de Fascistas se dirigieron, debidamente uniformados con camisas negras, al East End de Londres para emular la marcha sobre Roma de Mussolini. Por cada militante fascista marchaban tres policías, supuestamente para evitar problemas. Habían elegido East End por su fuerte presencia de judíos, esos indeseables a los que ya daban su merecido en Alemania. Pero al llegar a la esquina de Cable Street con Christian Street los manifestantes y sus escoltas encontraron barricadas tras las que se parapetaba una multitud realmente furiosa. Dicen las crónicas que podían ser más de cien mil, aunque hay quien la rebaja a veinte mil, y que entre la muchedumbre había muchos judíos pero también socialistas y anarquistas, católicos y protestantes, irlandeses y hasta chinos y negros. La policía cargó contra los antifascistas y se montó tal pelea que los dos mil Camisas Negras de Oswald Mosley, el Primo de Rivera británico, corrieron en estampida para esconderse en Hyde Park. La pelea no sólo evitó la manifestación: también cortó de raíz el movimiento fascista en Gran Bretaña, que iba en ascenso y que contaba con simpatías en los más altos círculos y en ciertos medios de comunicación. La batalla de Cable Street propició la Public Order Act de 1936 que, entre otras cosas, prohibía los uniformes políticos y exigía permiso policial para cualquier marcha política.

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Ochenta años después de esa ley que paraba los pies al fascismo, Londres sigue manteniendo el espíritu de Cable Street y los fascistas de entonces siguen soñando con tomar East End: tres de cada cuatro londinenses dijeron Sí a Europa. Para los partidarios del No, esta vez el enemigo declarado no es el judío sino el musulmán. Si Inglaterra ya dio una lección a la xenófoba Europa en el siglo XIX al acoger a los miles de judíos que exterminaban en todo el continente, llegando incluso a tener un primer ministro de ascendencia judía (Benjamín Disraeli), la cosa dos siglos después ha cambiado: ahora son los musulmanes los que se hacen visibles en cada esquina. Cierto es que algunas manifestaciones musulmanas no han sido muy afortunadas, como este video de aquí abajo grabado en Luton…

Pero Londres sigue manteniendo su espíritu de Cable Street y acogen musulmanes como antes judíos (y entre tanto jamaicanos, eritreos, polacos o indios). Por eso el voto anti Brexit fue mayoritario en la gran megápolis. Los fascistas de Oswald Mosley volvieron a sus zonas rurales y ochenta años después dieron su opinión: mejor fuera de Europa. Porque el Brexit no es sólo una revuelta de las clases populares al poder europeo: es un grito contra la situación de empobrecimiento progresivo que han sufrido en las últimas décadas. Un ejemplo: en 1979 siete millones de británicos trabajaban en fábricas y hoy apenas pasa de los dos millones; las manufacturas británicas suponían el 20% del total británico y hoy pasa a duras penas del 10%. Los británicos de alcurnia podrían estar contra el imperio de Bruselas y argumentar los beneficios de permanecer al margen de los bárbaros del continente, como es el estilo británico, con sus pesas y medidas, sus vehículos conduciendo por la izquierda o sus enchufes trifásicos. Pero a los ricachones el Brexit sólo les creaba sueños húmedos en sus opíparas cenas: a la hora de la verdad encontraban muchas ventajas a eso de tener su residencia en Estepona, su villa en el Algarve o a pernoctar en los mejores hoteles de Roma gracias al imperio global de la City y sus ventajas monetarias.

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Los blue collars  (los trabajadores menos cualificados, en contraposición a los cuellos blancos, los mejor remunerados), los ancianos, los desfavorecidos financieramente, los marginados de la transformación económica de los años setenta y ochenta, y, en general, los enfadados con el cariz que ha tomado la vida en Gran Bretaña, han sustentado el portazo a Europa. Supongo que si les hubieran preguntado sobre la lluvia, habrían votado nieve. Curiosamente como les ocurre a los seguidores de Trump. Pero les preguntaron sobre la idoneidad de permanecer en Europa cuando muchos de ellos se sienten empequeñecidos en su propio país mientras ciertos diarios muy populares, como el Daily Mail, machacan con un sentimiento ultranacionalista de miedo al Otro y ciertas formaciones, como la del locuaz Nigel Farage, parecía el único capaz de dar respuesta a la indignación popular. Un caso realmente curioso porque los británicos de a pie han votado mayoritariamente lo que se supone hubieran votado unas gentes que no tienen nada de británicos de a pie, y por otro lado porque el voto laborista se ha diluido entre formaciones populistas más cercanas al extremismo de derechas que a la propia ideología tradicional de las clases populares. La propia UKIP, del profeta del antieuropeísmo, Nigel Farage, se sostiene gracias a un nutridísimo electorado de izquierdas, arrebatado al partido laborista, que ha trasladado sus quejas sociales y económicas de los malvados banqueros y empresarios a los inmigrantes. Pareciera que no sólo han votado contra Bruselas sino contra los banqueros y empresarios que apostaban por la permanencia en Europa y contra esos poshs de Londres que han desmantelado la economía tradicional del Reino Unido para convertirla en la avanzadilla más incontestable del capitalismo global.

La contradicción es tan grande que William sueña con vivir en los Estados Unidos: no se ve como un inmigrante que tirará los precios sino como un muchacho que se busca la vida en otra parte.  Y, al tiempo, se reafirma en su desconexión con el resto de Europa. Aunque tiene un matiz. ‘Creo que nadie pensó que realmente fuera a ganar el No….’

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Los verdaderos anti europeístas

Los grupos ultras viven una buena época porque par ellos sólo son buenas las épocas turbulentas. Y su mensaje ultranacionalista y de rechazo al extranjero cala aunque sean incapaces de lograr representación parlamentaria. De momento, eso sí, han coincidido con el tremendo enfado de las clases trabajadores para dar el portazo a Europa. Y esto no quiere decir que detrás de cada voto de rechazo a Europa se encuentre un ultranacionalista o un neonazi. Más bien que ciertas ideas que eran propias de estos grupos se han extendido hasta dar a luz un personaje muy definido: gente blanca enfadada, como Hsiao-Hung Pai, una valiente periodista de origen asiático, descubre en su libro Angry White People. Gente, como decía antes, que se considerada olvidada por el sistema y traicionada por sus dirigentes, sobre todo laboristas. Gente, además, que ven a los grupos de extrema derecha con miedo y asco. Pero que han terminado por votar lo mismo.

La UKIP de Nigel Farage es la formación más determinante y numerosa en esto del Brexit pero el elenco de formaciones es amplio. La English Defence League (EDL) dio mucho que hablar con su discurso anti musulmán pero sus compañeros de aventura son legión: el Partido Nacional Británico (BNP) con su lema British jobs for british workers se ganó miles de votos en zonas depauperadas y con graves problemas de desempleo. Una escisión del BNP tomó el nombre de Britain First y enarboló no sólo la campaña contra los inmigrantes sino que la extendió al multiculturalismo y sobre todo la islamización, o supuesta islamización, que sufre el Reino Unido.

Aryan Strike Force, neonazis sin problemas de enseñar sus esvásticas, han tenido problemas por construir bombas y usar distintas clases de venenos no se sabe muy bien la intención. Blood and Honour no comenzaron como partido político sino como una promoción musical de activistas del Poder Blanco pero sólo su nombre, robada de la moto que tuvo Hitler en su juventud, deja claras sus intenciones. North West Infidels y North East Infidels son ramas que estuvieron adscritas al EDL pero que ahora actúan por su cuenta porque, parece ser, cuanto más involucrado se está en el mundo legal, menos espacio tienen para sus violentas protestas. No olvidemos el British People’s Party, con su lema: pongamos a los británicos antes que nada, también catalogados de neonazis. O los conocidos como National Front, que exigen la repatriación obligatoria de todos los ‘no blancos’ como axioma original, aunque han tenido que ampliar sus límites a ciertos blancos que siendo más blancos que los blancos británicos, como polacos o búlgaros, no responden a la blancura fijada en su prejuicio. Frente a Blood and Honour están los C-18 o Combat 18, que tienen tendencias socialistas, dicen, pero nacional: nacional socialista, y que tienen ese nombre, C-18, por las iniciales de Adolf Hitler (A de Adolf es el 1 y H de Hitler el 8), un grupo especialmente violento y al que se relaciona con muertes y palizas xenófobas. La lista de agrupaciones xenófobas es tan larga que parece tarea imposible incluirlos a todos aquí y por eso os envío a esta web (pincha aquí), donde los describen más ampliamente. Una lista de extremistas que no significan nada en el panorama político británico. Pero sus fobias ya son compartidas por una mayoría: la que ha votado Brexit.

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