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Viaje a Gori, la cuna de Stalin
A finales de 1936, Yekaterina Zdhugashvili recibió la visita de su hijo, Iosif, un raro evento porque el pequeño Soso, como le llamaban en su infancia, no tenía mucho tiempo para la familia. La anciana Yekaterina vivía en Tbilisi, la capital de Georgia, en una miserable habitación con un catre negro en un enorme palacio. El pequeño Iosif venía acompañado de guardias y ayudantes y la anciana le miraba sin comprender. Ella preguntó: ‘Iosif, ¿qué eres exactamente?’. ‘Secretario del comité central del partido comunista’, le respondió Soso, pero su madre le miró nuevamente sin comprender. ‘Mamá’, le dijo comprensivo, ‘¿recuerdas a nuestro zar?, pues bueno, soy algo parecido a un zar’. La madre asintió y siguieron hablando de otras cosas. Cuando se despidieron, ya en la puerta, Yekaterina le dijo: ‘de todos modos, es una lástima que no te hicieses cura…’
¡¡Quién más sino su madre podría decirle a Stalin que prefería verlo de cura que de jefe supremo de los comunistas de todo el mundo!! Aquí lo tienen de adolescente, con cara de mal tipo, flanqueado por sus padres, la piadosa Yekaterina, su esforzado padre zapatero…
Siempre me ha fascinado la figura de Stalin por la fuerza que desprende un personaje capaz de generar tanto terror y, al tiempo, sumisión. En la historia encontramos muy pocas figuras capaces de unir sentimientos tan dispares. Calígula, por ejemplo, un psicópata con el mayor poder de su tiempo en sus manos, aunque con una diferencia crucial: los romanos se aburrieron del emperador y lo mataron. Stalin murió víctima del pánico que despertaba entre sus aterrorizados vasallos: ningún soldado se atrevió a abrir sin permiso la puerta tras la que agonizaba. Cuenta Zhores Medveded en su libro ‘El Stalin desconocido’, que la guardia personal de Stalin esperaba ansiosa junto a la puerta una orden para comenzar la actividad diaria pero las horas pasaban y no escuchaban movimiento alguno en la alcoba. Así pasaron todo el día y a las diez de la noche los ayudantes daban ya muestras de desesperación. Los soldados se acusaban unos a otros de cobardes por no golpear la puerta, los ayudantes estaban al límite de sus fuerzas, de la habitación no salía un sonido y ya eran las diez y media. Por fin, Lozgachev, uno de sus empleados, se decidió. El atrevimiento hizo sudar a sus compañeros más que la estampa que hallaron en su interior: Stalin yacía en el suelo, el cuerpo frío y paralizado, víctima de un derrame cerebral. El dictador llevaba más de doce horas sufriendo un colapso y aún pasaron otras tres antes de que llegara un médico. Stalin ardería pronto en los infiernos…
Resulta cuando menos extraña esta muerte, y muy discutida por historiadores y estudiosos del fenómeno soviético. Aunque no por dudosa está menos aceptada y, de no ser cierta, debería de serlo para que uno de los mayores dictadores de la historia tenga, él también, su paradoja. Otra versión, que encaja igualmente en una muerte paradójica, sería la de que fue envenenado por su lugarteniente, el infame Laurentius Beria, georgiano como él y responsable de ejecutar gran parte de las purgas. Lo importante es que Stalin murió y lo hizo agonizando durante larguísimas horas, una pequeña muestra del sufrimiento que desparramó por medio mundo.
Stalin no nació de acero, como indica su apelativo (Stalin: hombre de acero), sino de carne, y de carne pobre y olvidada, hijo de un zapatero y una piadosa mujer, Yekaterina, que frecuentaba tanto a los popes y las capillas que entre los vecinos corrió incluso el rumor de que el pequeño no era hijo de su padre sino, más bien, de la Iglesia… Iosif Visarianovich Zdhugashvili nació en Gori, Georgia, un lugar que si hoy día tiene pocos atractivos más allá del museo que honra la memoria de su vecino más ilustre (ilustre por decir algo), a finales del siglo XIX debía de ser algo muy cercano al último lugar del mundo. Porque Gori, cuando anochece, apenas tiene luz, las farolas no brillan, el frío de octubre se mete por las rendijas de la ropa , los hoteles permanecen anclados en el tercer quinquenio y encontrar una cafetería donde dejar pasar las primeras horas de la noche es una tarea factible pero tenaz. Las calles encharcadas, embarradas, gélidas, los edificios que son un canto al más feo bloque soviético, la cercanía de la última guerra, en 2008, cuando el ejército georgiano cargó contra la cercana Osetia del Sur, apenas a una veintena de kilómetros de aquí, y perdió con deshonor y vergüenza. Los bombardeos rusos la tomaron con Gori y destrozaron, qué casualidad para la patria de Stalin, tan sólo los apartamentos más humildes.
la casa de Stalin en Gori
Georgia es el único país del mundo que tiene entre sus fronteras dos avenidas principales dedicadas a dos seres antagónicos. En Tbilisi el recién llegado accede al centro de la ciudad desde el aeropuerto gracias a la Avenida Georges W. Bush. En Gori, la avenida Stalin conduce sin pérdida al enorme edificio que alberga el museo sobre la vida del dictador. Georgia sufre para mantener el extraño equilibrio que le lleva a denunciar la ocupación soviética sin mencionar a su paisano Stalin, Georgia sufre de rusofobia pero recuerda con suspiros los tiempos en los que el de Gori dominaba el mundo. Georgia no sabe muy bien qué hacer con él. Tal vez por eso, a medio camino entre la admiración velada y el interés económico, Gori vive, prácticamente, de su agricultura y de su museo.
A las puertas del museo, madres con niños, turistas rusos y europeos, curiosos georgianos. Y, por supuesto, una estatua de Stalin: la última estatua oficial que queda en el mundo, obra del escultor Mikitidze Shota y los arquitectos Archil y Zacarias Kurdiani, una talla que el gobierno no se decide a retirar por miedo a los vecinos de Gori, que siguen viendo en su antiguo vecino al más genial estadista de todos los tiempos. Como mucho, la retiró de su ubicación original, frente al ayuntamiento, para colocarla aquí, a las puertas de su Ensalzamiento Nacional.
La recepcionista, nada más verme, decide que soy francés y me busca una guía en esa lengua. También hay guías en inglés y en ruso y parece que trabajan bastante porque la mía, Tania, se acerca al trote, sonriente pero con aspecto cansado. ‘Hola’, dice en un francés claro y simple, ‘voy a mostrarle la vida de nuestro hijo más universal, Iosif Ddhugashvili’.
El paseo es un curioso deambular por la vida del pequeño Soso, aquí su madre en una foto en blanco y negro que no la deja en muy buen lugar, en esta otra foto podemos verlo con el resto de alumnos del colegio al que asistía, ‘Stalin es el más bajito’, advierte Tania convencida del guiño de la historia con la estatura del dictador.
Tania desgrana la infancia de Stalin mientras me lleva de sala en sala, salas que son salones, de techos altísimos, acristalados, paredes repletas de fotografías, vitrinas con recuerdos del Padrecito. En la fotografía de grupo colegial Stalin no destaca para nada del resto de sus compañeros: bueno, sí, es el más bajito. Un niño bajito hijo de un humilde zapatero. Tania sonríe otra vez. ¡Qué ocurrencias las del destino, Stalin bajito, hijo de un zapatero, estudiando en el seminario! Iosif no terminó los estudios del seminario de Tbilisi, ardiente como tenía la sangre de revoluciones e injusticias pero esos años de su vida dan para mucha conversación.
Un zapatero de Gori, como el padre de Stalin
Tal vez para espantar la imagen de un anónimo pope de provincias con sus barbas negras y espesas, Tania me muestra la foto de un joven y apuesto Iosif. Con su barba descuidada y sus patillas rocieras, el pañuelo al cuello y su flequillo desbocado, ahora cuesta menos imaginarlo en actitudes malvadas. Parece que las palizas de la policía zarista le han endurecido y que las frecuentes deportaciones que ha sufrido a Siberia comienzan a moldear la figura despiadada en la que habría de convertirse años después. Pero Iosif aún es Soso, un apelativo tan normal en Georgia para los mozalbetes que lo encuentro dibujado en paredes, en graffities callejeros, lo escucho en los bares. Pero Iosif ya ha empezado a cambiar y a sus nuevas amistades se presenta como Koba.
Un atrevimiento eso de Koba que robó a Alexander Kazbegi, un escritor georgiano del siglo XIX que escribió El Patricida y creó, sin saberlo, el alias que habría de elegir décadas más tarde uno de los líderes más sangrientos de la historia. Koba era, en el mundo de ficción, un fuera de la ley con un fuerte sentido del honor que toma severa venganza de la muerte de un amigo asesinando a un gobernador ruso que ha devenido en déspota. Un héroe, un ejemplo para los georgianos de a pie, un georgiano de pro capaz de lo mejor y de lo peor. Como Iosif. Claro que lo mejor de Stalin aún se discute y hay que alejarse mucho de la humanidad para valorarlo como estadista. En todo caso, el de Gori nunca tuvo un ápice del honor que Koba representaba. Tal vez por ello en 1913 lo repudió para adoptar el sobrenombre que le daría la eternidad: el hombre de acero.
Ya se adivina cierto cambio incluso en sus facciones. El muchacho de cierto atractivo que pasaba días enteros recluido en una imprenta ilegal excavada en un pozo a veinticinco metros bajo tierra para expandir el comunismo por todos los rincones de Georgia, el muchacho que aún recuerdan en la estación meteorológica de Tbilisi con retratos y muebles que alguna vez rozaron su carne, ya no es Koba. Sus intenciones se vuelven oscuras con cada detención, con cada paliza en los calabozos, con cada deportación a Siberia. Stalin tiene ya cara de perrito pachón, una sonrisa amplia bajo su holgado mostacho, su flequillo inmaculado y alisado hacia atrás, sus ojos duros y su gesto paternal.
El demonio hecho carne.
Iosif abandonó Georgia para pelear por el sitio que la historia le deparaba. Tani sigue entusiasmada enseñándome recuerdos. ‘Stalin creó Pravda’, sonríe, ‘Stalin organizó el partido comunista en Moscú’, abre muchos lo ojos, ‘Stalin ganó la segunda guerra mundial’, Tania parece cerca del orgasmo histórico, ‘Stalin, Stalin…’. Pero Stalin hizo muchas más cosas que esas: vació a su camarada Vladimir, el revolucionario teórico que soliviantó medio planeta con su verbo incendiario, desgastó a León, su compañero de discusiones al que envió primero a Abjasia a recuperar su salud y persiguió luego hasta México para abrirle el cráneo con un piolet a través de un anarquista catalán, Stalin se hizo con tanto poder que ninguno de sus camaradas estaba seguro jamás. Tanto pánico generaba el secretario del partido que sus compañeros de parlamento tomaban nota de sus gazapos y equivocaciones en los discursos, para repetirles fielmente y que nadie pensara que corregían al querido líder.
Esto sin contar con el destino final de los Romanov, de sus allegados, ni de tantos mencheviques, y mucho menos de la guardia blanca, y de los comunistas que tachó de reaccionarios antes de enviarlos al frío blanco de la nieve ártica. También pasan ante su máscara fúnebre, solemne sobre un cuidado fondo rojo, los cadáveres de los millones de ucranianos muertos de hambre y frío, los cientos de miles de chechenos, de ingusetios, turcos, circasianos o daguestaníes enviados a los desiertos kazajos del Asia Central en trenes sellados que vomitaban carne putrefacta en las estaciones término. Ante su último retrato, encajonado en su ataúd, veo también a los ciudadanos normales denunciados por envidias de vecindario, a los héroes de guerras traicionados en su retiro, a los intelectuales que pensaron más allá del estalinismo, a los trabajadores del gran canal del Mar Blanco, y a los compañeros de Solzenitshin en sus retiros de Vorkutá o Kolimá. Tampoco mencionan la parálisis que sufrió el gran estadista cuando le aseguraron que Hitler enviaba tropas para invadirlo, ni que esa parálisis propició la invasión y muerte de millones de compatriotas, ni que tan sólo la nieve y el más capaz de sus hombres, el mariscal Zhukov, pudieron detener a la Wermarcht antes de tomar Moscú.
Tania no recuerda estas minucias y vuelve al Stalin mozo y guaperas, al mapa que recoge sus idas y venidas de Siberia a Moscú, sus abrazos con mitos del comunismo: aquí con Molotov, en esta con Kamenev, en aquella besa a Krushev… Y en esta otra, desgrana Tania, con Mao Zedong, allá con Churchill, en esta con el ministro plenipotenciario de la Gran Bretaña, sir Anthoy Eden, más allá con el mismísimo Roosevelt, este es Zhukov, el victorioso general en la guerra contra Hitler.
Stalin como estadista, como santón ortodoxo, como historia viva, como ídolo erótico de Tania y de los vecinos de Gori. Y de fuera de Gori porque en Batumi, ciudad de mayoría turca a orillas del mar Negro, aún se levanta la casa que Stalin ocupó en sus inicios revolucionarios, guardados con fervor sus pertenencias, un tanto descuidada la casa, eso sí, y a merced de gallos y gallinas que picotean con desinterés a los pies del busto del Secretario del comité central del partido comunista de la URSS.
Casa de Stalin en Batumi, Georgia
Tania continúa su peregrinar por entre las pertenencias, la foto de Life como hombre del año de 1943, ‘la única que pudieron tomarle lo suficientemente cerca como para notarse claramente la viruela que le afectó de niño…’. ¿Y las purgas, los gulags, las matanzas?, le pregunto a la entusiasta defensora de Stalin. ‘Por supuesto’, baja los ojos horrorizada, ‘venga, acompáñeme’. Bajamos una escalera flanqueada por estatuas del inefable georgiano hasta llegar a una habitación a ras de suelo, como disimulada: es la habitación del 37, año de apogeo de las purgas que medio vaciaron al partido comunista, al ejército y al país. Dentro, en un ambiente frío, una celda de aspecto desagradable, paredes con ladrillo visto y manchas de humedad, ropa colgada, alguna foto mohosa de presos. La tristeza invade el lugar, y tan sólo dos referencias notables: Yezhov y Laurentius Beria, los brazos ejecutores de las purgas soviéticas que costaron millones de vida.
¡Stalin no tomó parte en este desagradable asunto!
¡Cómo podría, por otra parte, un estadista de su talla que era el más bajito de su promoción y aspirante a cura!
¡Si uno sale pensando que Stalin comenzó incluso la desestalinización!
Fuera, en el jardín, el museo continúa. Está su tren, blanco y verde, su vagón blindado con el que viajaba por la estepa rusa, con el que llegaba a Europa y se internaba en el interior de la Gran Rusia. Aquí su bañera, me enseña una cansada ya Tania, los suelos forrados de elegante madera, ese es el inodoro de Stalin, y aquella su ducha, la visita adquiere ribetes escatológicos y temo que guarden, congelada, alguna deyección del estadista. El vagón se acaba pronto, su sillón, su mesa de reuniones, su cama, su cocina. Tania se despide con prisa y una sonrisa, satisfecha de enseñar a un turista un breve recorrido por la vida del más genial de los estadistas de la historia universal, el único que logró convertir a la atrasada y medieval Rusia en la gran potencia mundial, capaz de poner al primer hombre en el espacio o de conquistar medio planeta.

Una figura que algunos insultan por un quítame allá esos muertos. Cuarenta millones, según algunos cálculos.
A los pies del museo descansa, arrancada de cuajo de su barrio original, la casa del pequeño Soso. Una casa que es sólo una habitación, y una habitación pequeña. Una estancia limpia y aseada, una diminuta porción de las grandes dachas que el dictador mantuvo luego diseminadas por toda la geografía soviética. Una habitación donde apenas caben tres personas, él y sus padres.
El barrio desapareció pero los soviéticos no permitieron que la casa de su amado líder desapareciera y ahora está ahí, como un museo al absurdo, la casa donde nació Stalin. Veinte mil personas ven cada año esta casa, aquellas fotos, aquellos recuerdos personales, la guerrera, sus puros, sus diarios, sus regalos, su lámpara.
En 2008, la guerra entre rusos y georgianos por Osetia del Sur, como decía, tuvo lugar a pocos kilómetros de aquí. En el transcurso de los bombardeos con que el ejército de Moscú castigó a Georgia muchos misiles impactaron en Gori. La mayoría en los apartamentos de vecinos humildes, algunos en instalaciones militares. Uno de ellos cayó cerca de aquí, de la casa de Stalin. Hubiera sido un buen fin de fiesta para el pequeño inmueble: la casita del líder soviético más universal destruida por los rusos en un enfrentamiento con sus compatriotas…
La casa de Stalin, arrancada de cuajo de su barrio en Gori

Bibliografía

Referencias:
– ‘El Stalin desconocido’, Zhores A. Medvedev y Roy Medvedez, Editorial Memoria Crítica
– ‘The Caucasus’, Thomas de Waal, Oxford Uninversity Press
– ‘La corte del zar rojo’, Simón Sebag Montefiore, Memoria Crítica