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A las puertas de los astilleros de Gdansk tres largas cruces recuerdan a los trabajadores caídos en las huelgas portuarias de 1970. Coronan una triste y gris rotonda que da acceso al mayor astillero de Polonia y a uno de sus lados de la pared asoman congelados en el tiempo los nombres de los obreros muertos por reclamar sus derechos e incluso una escultura también gris y con pinta de agobio. Desesperados por una penuria que no cesaba ni trabajando todas las horas del mundo, los obreros de Gdansk salieron a la calle en una época en la que nadie osaba semejante bravuconada porque el amo de Moscú no tenía mucho sentido del humor. Tenía tan poco que nadie en Polonia se opuso a que los astilleros llevaran el nombre de Vladimir.

DSC_1486-impDSC_1536-impMonumento a los obreros muertos en 1970

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Por eso los astilleros se llamaban así: astilleros Lenin de Gdansk. Pero no fue Lenin el que dio la orden a la policía y al ejército nacional de abrir fuego contra la muchedumbre reivindicativa, contra los transeúntes que iban a sus casas, contra obreros que volvían del trabajo, contra el empedrado de unas calles que se convirtieron en un río de sangre: fueron sus esbirros polacos. Sobre sus conciencias, ochenta muertos (dicen), a un lado de la calle un joven y bigotudo electricista llamado Lech Walesa abatido y derrotado. El gobierno de Varsovia, que era un eco del gobierno de Moscú, pareció decir: ¡¡basta de sandeces!! Pero los obreros sí querían hablar de sandeces. En 1976 el incombustible y bigotudo electricista llamado Lech vuelve a sudar sangre en sus protestas callejeras y decide crear un sindicato, el Sindicato Libre clandestino, se echa a la calle a recoger firmas para pedir un monumento, este monumento, que recuerde a los muertos de 1970 y, por si fuera poco, le detienen y despiden del astillero.

entrada a los astilleros de Gdansk

A las puertas de los astilleros de Gdansk las banderas de Solidaridad y la del Vaticano…

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El persistente electricista de nombre Lech batalla su readmisión y cuatro años después, en 1980, logra que lo reincorporen a su puesto pero el gobierno sube los precios de los productos básicos y el nunca lo suficientemente escarmentado Lech crea otro sindicato más, este sí con visos de leyenda: Solidaridad. Lech sigue insistiendo con el monumento pero además ahora pretende que el gobierno permita la constitución de sindicatos independientes. El movimiento del electricista Walesa tenía una evidente furia anticomunista, la del que ha vivido un país desabastecido y sin libertades gracias a un imperio que ni siquiera es el tuyo sino el vecino, un movimiento que además se apoyaba en el catolicismo que todo polaco tiene a gala el demostrar, el apoyo de Juan Pablo II, cuando aún no era Juan Pablo II y sí un alto cargo de la curia de Cracovia, un movimiento pacifista y proletario que llegó a tener, mientras estaba prohibido, nada menos que nueve millones de afiliados: ocho de cada diez trabajadores polacos.

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Un sindicato sui generis, con un fuerte sentido católico y anticomunista, un sindicato que tenía su principal valedor en el Papa Juan Pablo II, héroe local como ya vimos en otro post, una organización que añoran tantos polacos que aún hay millón y medio afiliados a un sindicato que se llama así, Solidaridad, aunque ya no tenga nada que ver con el anterior.

Astilleros de Gdansk

Camino del museo dentro del astillero

Astilleros de Gdansk

Dentro del astillero, los edificios ya anuncian la exposición de fotos con Lech Walesa como superstar que se encontrará uno dentro del museo

A las puertas de los astilleros una bandera del Vaticano. El vigilante chapurrea inglés y me invita a pasar. ‘No puede usted visitar Gdansk sin conocer la lucha obrera de los astilleros’, me dice, ‘así que pase ya’. Y lo hago, no se vaya a enfadar el hombre. Junto al camino de entrada una obra enorme rodeada de andamios y de grúas. ‘Es el nuevo museo pagado con fondos europeos’, me dice el vigilante, ‘lleva un atraso enorme pero algún día acabará, digo yo…’. Y al fondo del camino, entre operarios que se dirigen al astillero de verdad, el museo de Solidaridad. En realidad apenas nada más que una exposición de fotos, varios carteles reivindicativos, una tienda de camisetas y el salón de actos donde el electricista bigotudo se dirigió a sus seguidores en los momentos más complicados del sindicato. Porque la lucha no era cualquier lucha. Se enfrentaba al país más grande del mundo, al imperio más demoledor del planeta, a la potencia que retaba de igual a igual a los Estados Unidos.

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En 1980 el insistente electricista bigotudo consigue que se inaugure este monumento que dejo atrás, el de las tres cruces que recuerda los caídos en el 70 pero la alegría dura poco porque a finales de 1981 el general Jaruzelski declara la ley marcial y encarcela a los dirigentes del díscolo sindicato. Un varapalo tan pesado como las cuarenta y dos toneladas que pesa cada una de las tres cruces más otras dos por cada una de las anclas que los sujeta a la terrible rotonda.

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El astillero de Gdansk se construyó en 1945 precisamente en la misma ribera en la que se disparó el primer tiro de la Segunda Guerra Mundial, el Martwa Wilsa, y en su momento de máximo esplendor llegó a emplear 20.000 trabajadores en 1980. Hoy sólo quedan unos 3.000 y el barrio parece encaminarse a otros derroteros menos épicos. En una finca cercana escucho voces, salen luces, dos chicas con altísimos tacones fuman un cigarrillo a sus puertas. Decido entrar y me encuentro todo un forum internacional de blogueros. Se trata del proyecto Young City Gdansk que pretende transformar 70 hectáreas de fincas vacías y edificios abandonados en todo un motor cultural juvenil para artistas e iniciativas alternativas al de la construcción naval. Una sutil huida hacia adelante porque en la década de los noventa un grupo artístico llamado Isla (wyspa) ocupó un edificio y su ejemplo obligó a replantearse el futuro de una zona tan interesante como decadente.

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En el interior del museo de los astilleros, una exposición de fotos trata de mantener contra viento y marea el recuerdo de la época más vibrante de la factoría. Una época que llena de orgullo la boca de cualquier polaco, que se siente algo parecido al David bíblico derrotando al Goliat monstruoso de la Unión Soviética pero sin honda ni piedra, un hito que, dicen ellos, propició el desmoronamiento progresivo de la URSS y su posterior desaparición. Un honor que también reclaman, al menos, los afganos y los norteamericanos…

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Tras las huelgas de 1980 y el encarcelamiento de Walesa, el sindicato se infiltró en la sociedad polaca, a pesar de las frecuentes ilegalizaciones y posteriores legalizaciones hasta que en 1988 se sintió lo suficientemente fuerte como para negociar con el gobierno de tú a tú y hasta de ganarle unas elecciones. Tal vez lo más paradójico de toda esta historia sea que Lech Walesa fue un presidente de gobierno tan gris como brillante había sido en la clandestinidad del sindicato. Salgo del museo cuando salen los operarios de la factoría. Un vigilante me suelta una parrafada en polaco con cara de pocos amigos pero se queda pálido cuando le respondo: ¿qué dices, pisha?. ‘No photos, please’, murmulla tímido. No, no haré más fotos. El momento más interesante del astillero quedó congelado en las imágenes del museo, treinta y cinco años atrás. Ahora sólo queda ver cómo los nietos de aquellos sindicalistas convierten el lugar en un curioso escenario de artes futuristas…

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*Las fotos de la exposición pertenecen a Chris Niedenthal, Boguslaw Nieznalski y Leszek Biernacki