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Basilan por Hachero

Cuesta trabajo imaginar cómo el joven Abdurakik cambió las clases católicas del colegio claretiano de Isabela, capital de la remota isla de Basilan, por la lucha armada de la Yihad mundial. Pero así fue y en algún momento de la década de los setenta el joven Abdurakik Abubakar Janjalani sembró la semilla de lo que habría de ser uno de los grupos terroristas más terribles del planeta: Abu Sayyaf. Los paisanos del mayor de los Janjalani sólo pueden explicárselo mediante un clásico Alhamdulillah mientras menean la cabeza pensando en un milagro del Más Allá. Lo único que parece cierto es que Abdurakik cambió las clases de los padres claretianos por la educación islámica de La Meca, allá por 1981 y que en 1984 ya estaba de vuelta en las Filipinas actuando como predicador. Su mensaje era incendiario, en la más dura línea wahabita, ‘luchar y morir por la causa del Islam’, un mensaje desagradable que aprendió no sólo en Arabia Saudí sino también en las madrasas de Pakistán. De aquel mozuelo curioso que salió de Basilan con ganas de aprender apenas quedaba nada más que un radical enfadado que soñaba con un estado islámico en el que reinara la Sharía.

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El pasaje a Basilan me mira con caras de pocos amigos

Por eso me empeño en ir a Basilan, la pesadilla de los servicios diplomáticos y consulares de Manila, el lugar prohibido donde ningún occidental es bienvenido, una isla paradisíaca de oscuras montañas que se recortan contra el tifón de turno y de manglares malolientes sobre los que se levantan palafitos miserables con niños que piden monedas a gritos. ‘Lo secuestrarán’, menea la cabeza mi primo Arnold. ‘Lo matarán’, concluye cenizo Dominador Flores, el jefe de bomberos de Zamboanga, ‘y luego le cortarán la cabeza’. ‘Conmigo no cuente para semejante locura’, me advierte Vernon Padilla, el capitán del transbordador que une Zamboanga con Isabela. En mi imaginación Basilan adquiere una estatura mítica y, al tiempo, tenebrosa. Imagino hordas de enfurecidos islámicos de cimitarra fácil precipitándose en masa hacia mi triste figura mientras gritan versículos del corán. ‘Quiero ir’, les insisto, ‘debe de haber algún modo’.

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Musulmanas de Basilan protegiéndose de la lluvia en el transbordador

Vernon Padilla se siente aludido, es mi hombre, el único que puede cruzarme al lado oscuro del archipiélago y parece entender que no me importan sus peroratas. ‘Bien, le llevaré’, me dice, ‘pero sólo podrá estar una hora en el puerto’, explica mientras mi gesto oscila entre el éxito y el fracaso. ‘Si lo ven, lo secuestrarán, si lo secuestran lo matarán, si lo matan sólo devolverán la cabeza’, Vernon insiste en pintarme un negro panorama, ‘si devuelven sólo la cabeza, ¿de qué le valdrá haber ido?’. Visto así no deja de tener razón, pero confío en mantener mi cabeza sobre mis hombros…

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Uno de los soldados que vigila el transbordador de Zamboanga a Isabela

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Camino a Basilan

El alboroto en el Rottary Club de Zamboanga es grande: el occidental se empeña en ir al lugar más peligroso, como si no tuviera bastante ya con Zamboanga, donde no puede ir solo a ninguna parte porque también aquí soy un objetivo inconfundible y la pandilla de amigotes no me permite salir solo del hotel. Porque Zamboanga es una isla de cristianismo, y cristianismo católico, en un archipiélago de facciones musulmanas en las que destacan dos guerrillas, el Frente Moro de Liberación Nacional y el Frente Moro Islámico de Liberación, más el consabido grupo terrorista islámico radical, Abu Sayyaf, la organización nacida en la isla de Basilan de manos del inquieto Abdurakik Abubakar Janjalani. Después de tantos años, Abu Sayyaf no ha logrado su objetivo, instaurar la Sharía, pero el camino lo ha jalonado de muertos, de atentados y secuestros. Los católicos en Basilan están escondidos, la gran colonia de extranjeros residentes en Isabela y alrededores ha huido hace décadas y hoy la isla sólo es sinónimo de terror.

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Camino a Basilan

De Janjalani se dicen muchas cosas pero pocas se tienen por cierta. Tan sólo que estudió en Arabia Saudí, que introdujo el islamismo radical en el sur de las Filipinas y que murió en 1998 en un enfrentamiento con la policía filipina. De Abdurakik se dice que luchó en Afganistán, donde conoció a Osama Bin Laden, quien le donó seis millones de dólares para que estableciera una organización yihadista como Allah manda, y no esas guerrillas de tres al cuarto que buscan la independencia sin renunciar a la autonomía y que lo mismo pone una bombita en un camino que se sienta con el enemigo para llegar a acuerdos. El Frente Moro de Liberación Nacional (FMLN) y el Frente Moro Islámico de Liberación (FMIL) no dejaban de ser una fuente de perpetua frustración para los más nerviosos de los musulmanes que recordaban con nostalgia cómo sus antepasados pusieron una pica en el sur del archipiélago y espantaron a los barbudos conquistadores obligándolos a parapetarse tras fortalezas imposibles en el trópico. El FMLN no dejaba de ser, pues, un conjunto de nenazas sin velo al que eclipsar con una organización de verdad, un remedo de aquella que puso pies en polvorosa a un ejército, y no a cualquiera, sino al de la mismísima URSS en los pedregosos desiertos de Afganistán. Janjalani presumía de haber aprendido técnicas de lucha guerrillera, manejo de armas y estrategia islámica de mano de árabes adinerados, argelinos del FIS, barbudos chechenos y pastunes de enroscados turbantes, hablaba árabe con la fluidez del que ha pasado media vida en desiertos musulmanes y, de la mano de Bin Laden, llegó a una conclusión: hay que trasladar el frente yihadista universal al extremo oriente: es más, al más extremo de los extremos orientes. Sin embargo, y a pesar de toda esta legendaria historia, no existe evidencia de que Janjalani haya luchado en Afganistán aunque sí de que estudió en los claretianos de Isabela, la capital de Basilan, y puede que incluso a las órdenes del padre Max Rodríguez, un religioso de León.

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Llego a Basilan en plena tormenta

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Las orillas de Malamawi y de Isabela están sobrepobladas por palafitos con cierta evidencia a miseria

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En 1981 residía, eso sí parece cierto, en Arabia Saudí, recibiendo educación en La Meca durante al menos tres años, y en 1984 ya estaba en las Filipinas como predicador, tras un breve paso por Pakistán. Allí dio sus primeros pasos para formar un grupo que compartiera su visión de ‘luchar y morir por la causa del Islam’. Más tarde, en un curso que recibió en Libia a finales de los ochenta, coincidió con filipinos que le ayudaron a dar forma a su proyecto, paisanos que renegaban de los Frentes Moros y que tenían un sólido conocimiento de las teorías más radicales del Islam, filipinos que habían estudiado en Egipto, en Arabia Saudí, en Pakistán. El transbordador que une Zamboanga con Isabela es una desvencijada bañera que atormenta a sus pasajeros con un DVD de música repetitivamente disco y en el que se amontonan los bultos. Un par de soldados pasea por la cubierta, un escolta armado me atraviesa con su mirada a través de sus gafas de espejo, los viajeros me miran divertidos unos, hoscos otros. Por si fuera poco, un tifón precipita las entrañas del cielo sobre el ferry y tiñe las nubes de un gris brillante y amenazador. Tras una hora de trayecto entramos en el canal Isabela que nos lleva a (otra vez) Isabela, la capital de Basilan, un villorrio que lleva el nombre de la reina Isabel II de España y que no es más que una extensión de Zamboanga, en cuanto a religión y costumbres. No en vano los primeros occidentales fueron jesuitas que levantaron una misión de madera dedicada a San Ignacio de Loyola.

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Llegamos a Isabela, capital de Basilan

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La mezcla de misioneros y soldados españoles debió de arrasar entre las mujeres de los originales habitantes de la región, los Yakan, que sucumbieron en masa a los encantos del cristianismo, de tal suerte que en 1654 ya eran unas mil las familias católicas en la isla. Una región, por otra parte, que sufría lo indecible ante el avance de los musulmanes del sur, a los que por recuerdos ibéricos llamaron también ‘Moros’, y de los piratas chinos, que tenían su área de influencia en estas islas. Los jesuitas establecieron también aquí, en ausencia de un poder estatal fuerte, sus famosas Reducciones, el modelo que triunfó en Paraguay y el sur del Brasil y que popularizó la película La Misión. El final de las misiones jesuíticas fue, por cierto, el mismo de los de la película porque el poder de los religiosos excedía de lo permisible y las expulsiones se unieron a las sufridas en España, Portugal, Francia o el sur de América. Sin embargo el problema estuvo siempre en manos de los sultanes musulmanes que arrasaban de cuando en cuando la zona. En 1848 se levantó aquí un fuerte que se llamó Fuerte de la Reina Isabela Segunda, al mando del destacamento del fuerte del Pilar de Zamboanga, y de ahí el nombre se extendió a la ciudad por completo. El fuerte tuvo además un hospital flotante en la entrada del canal Isabela, aunque nunca veremos ni siquiera sus sombras porque fueron destruidos por las bombas del ejército norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial.

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La cúpula de una mezquita asoma de entre las casas de Malamawi

El caso es que, después de décadas de insurgencia terrorista y de más de un siglo sin presencia española, Isabela desde el mar no es más que un cúmulo de chabolas que chapotean a las orillas de un mar sucio y aceitoso, enfrentado a Malamawi, un suburbio en la isla del otro lado, que parece aún más sucio y deprimente. Al regreso de sus aventuras orientalistas y yihadistas teóricas, Abdujarak Janjalani quiso levantar su imperio de la Sharía. Claro que con el mayor de los Janjalani muerto es difícil situar el inicio de su chaladura con mucho detalle. Janjalani insistió en que Abu Sayyaf nació en 1993 con el nombre de Al Harakatul Islamiyyah (el Grupo Islámico) pero los estudiosos filipinos creen que ya existía antes y que no era más que una facción del FMLN, o un conjunto de facciones, y que Janjalani bautizó así al grupo en honor al nombre que llevó en la guerra de Afganistán (si es que estuvo alguna vez) en honor, a su vez, al profesor islámico Abdul Rasul Sayyaf, el hombre que invitó a Osama Bin Laden a luchar contra los soviéticos. Una mente pensante y perversa que ideó el asesinato de Ahmad Shah Massud, el heroico guerrero tayiko que se distinguió luchando también contra los rusos. Sayyaf ganó fama formando cuadros guerrilleros, o más bien terroristas, para que extendieran el ejemplo afgano más allá de Afganistán: a Bosnia, a Chechenia, a las Filipinas. La inteligencia filipina, según Rommel Banlaoi, un estudioso del tema en el libro The US and the war on terror in the Philippines, cree que Janjalani pudo formar el Comando de Luchadores Muyahidines por la Libertad en 1990 para luchar contra el gobierno filipino y que pronto encontró adeptos en Basilan, Sulu, Tawi-Tawi y Zamboanga. Como el lugar es tan remoto y las noticias tan escasas, aún hay lugar para otra teoría, la de que el germen se llamó Jamaa Tableegh y que tuvo en los años ochenta en Basilan su capítulo cero, pero no de un modo violento sino a base de seminarios, simposios y charlas para propagar el islam.

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La fachada costera de Basilan es una interminable fila de casitas de madera y chapa

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[box title=”Las 4 verdades de Abu Sayyaf” color=”#74DF00″]

En 1991, en cualquier caso y conocidos ya como Abu Sayyaf, los seguidores de Janjalani colocaron una bomba en un barco de misioneros cristianos, el M/V Doulos, atracado en el puerto de Zamboanga, y reivindicaron el atentado junto a un doble asesinato ocurrido unos meses atrás, cuando dos evangelistas norteamericanos murieron en un atentado en la ciudad de Zamboanga. Le siguió el misionero italiano Salvatore Carzedda, también asesinado, y la fama de los sanguinarios yihadistas aumentó. Janjalani trató de renombrar su obra, y llamarla AHAI, para buscar financiación de puntos tan lejanos como el Líbano, con los chiítas de Hezbollah, hasta Libia o Pakistán. En esos convulsos años, Janjalani escribió, entre el 93 y el 94, sus ‘cuatro verdades básicas’ de Abu Sayyaf:

1. ABu Sayyaf no es otra facción en la lucha islámica contra el poder cristiano porque esto va contra las enseñanzas del Islam, sobre todo del Corán, porque lo que queremos es servir de puente y equilibrio entre el FMLN y el FMIL, cuyos papeles y liderazgos no pueden ser ignorados ni usurpados.

2. El objetivo final es el establecimiento de un gobierno islámico puro que conllevará la paz.

3. La consecución de la guerra es una necesidad allí donde exista opresión, injusticia, ambiciones caprichosas y objetivos arbitrarios impuestos a los musulmanes.

4. Creemos pues que la guerra molestará la paz sólo hasta el advenimiento de un verdadero y real objetivo de humanidad: la instauración de la justicia y la rectitud moral bajo la ley del Corán y la sunnah.

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Los niños llegan bajo la lluvia a pedir monedas

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Pero el soldado los echa con un dedo amenazante, no vayan a venir con bombas bajo el bañador…

Las verdades de Janjalani se plasmaron en acciones muy violentas: el misionero norteamericano Greg Williams fue secuestrado en la isla de Cebu en 1996, torturado sin comida ni agua y obligado a asistir a la decapitación de su compañero de celda. En el año 2000 Abu Sayyaf secuestra un numeroso grupo de estudiantes y profesores de dos colegios de Basilan y ejecutan tras torturarlo al padre Rhoel Gallardo, un religioso claretiano, y otros tres profesores. En el 2000 entraron en Sipadan, Malaysia, y secuestraron a 21 personas que mantuvieron retenidas hasta 2003. El rizo se alcanzó cuando el evangelista Wilde Almeda y sus guerreros de la Cruzada de Jesús Milagroso se presentaron en la isla de Jolo para rezar por los cautivos y fueron, ellos también, secuestrados (tuvieron que entrar los militares para liberarlos). En 2001 los orates de Abu Sayyaf cruzaron cientos de millas náuticas para secuestrar a todo un Ressort de la isla de Palawan, desde donde los volvieron a trasladar a Basilan, donde decapitaron a varios rehenes y sólo dejaron a un turista norteamericano con vida. Los terroristas han decapitado a Testigos de Jehová, guías musulmanes, sacerdotes, religiosos, periodistas y empresarios. Han asesinado en Zamboanga, en General Santos, colocado bombas en el aeropuerto internacional de Davao o reventado un ferry repleto de pasajeros (con 118 muertos). Sus acciones suelen ser muy espectaculares, al tiempo que cobardes y contra civiles desarmados, al más puro estilo de la Yemaa Islamaiyah, los autores de la matanza de Bali. En el puerto de Isabela los soldados me miran horrorizados. No sé si les molesta que alguien pueda secuestrarme y dejarlos en ridículo o si la presencia de un occidental pueda resultar trabajo extra. Las nubes de color plomizo nos acribillan con una lluvia fina pero incesante, una lluvia pesada y aburridora que no impide a niños pedigüeños acercarse al transbordador a bordo de pequeñas canoas para pedir monedas. Uno de los soldados los expulsa cuando intentan encaramarse al barco y lo hace metralleta en mano: en Basilan incluso los niños pueden encerrar un peligro mortal.

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Del lío de cables que es Isabela asoma la cúpula de la gran mezquita principal, donde los seguidores de Abu Sayyaf intercambian sus impresiones…

 Al fondo del mar de techos de hojalata se levanta la cúpula de una mezquita con su media luna. Un laberinto de cables entrelazados y a medio pelar, y de una clara procedencia: robar energía, amenaza con El Gran Chispazo si la lluvia persiste. Arnold me aconseja entrar en los despachos de la compañía del ferry. Accedo un tanto frustrado porque la lluvia tiene desiertas las calles y tan sólo algunas lanchas cruzan el canal cargadas de mercancías. Ahí fuera, y no hace tanto tiempo, paseaban suizos y alemanes, norteamericanos y hasta españoles, una amplia colonia de expatriados que disfrutaban de este clima tropical y de las bonitas playas de la isla. Ya no queda nadie y todos insisten machaconamente en la misma idea: no salgas que te secuestrarán. Sin embargo, y escondidos ahí fuera en algún lugar, y según dicen periodistas locales y hasta vecinos, aún resisten miembros de las fuerzas especiales del ejército norteamericano en una lucha sin fin contra los escurridizos miembros de Abu Sayyaf. Tras la histeria posterior a los atentados en las Torres Gemelas, Bush señaló en rojo dos escenarios para sus intervenciones: Afganistán y el sur de las Filipinas. En 2002 soldados norteamericanos ayudaron a derrotar a los terroristas de Abu Sayyaf en Basilan pero la mayoría de sus líderes consiguieron huir a otras islas, entre ellas la de Mindanao. Dicen que ahora se han instalado en las Jolo, algo más al sur, aunque en Basilan el terror permanece. En enero de 2002 Fuerzas Especiales de los EEUU fueron desplazadas a la zona, con cierto bombo, para entrenar y formar a las tropas filipinas. Según algunos reportes, como el de Natham Gilbert Quimpo, los soldados norteamericanos han entrado en combate a pesar de que la constitución filipina lo impide y que su presencia es casi permanente en el triángulo sur de Filipinas-Malaysia- Indonesia, no sólo para luchar contra Abu Sayyaf sino también contra Yemaah Islamiyah (Congregación Islámica), el grupo terrorista que busca instaurar un califato islámico en la miríada de islas de esta región.

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Los soldados están de los nervios porque no se explican qué hace el guiri ahí

El conflicto inter religioso ha causado más de 120.000 muertos entre Mindanao, las Jolo y las Sulu, un cacofónico encuentro de islas que ofrecen tanta belleza paradisíaca como terror pirata. Los soldados miran nerviosos la ventana desde la que me asomo para mejor ver el canal y evitar el sonoro chaparrón con que me recibe la isla tropical. Abdurakik murió hace ya muchos años, en 1998, en un enfrentamiento contra los filipinos, y su heredero, su propio hermano menor, Gadaffi Janjalani, también cayó en otro rifirafe en la isla de Jolo en septiembre de 2006. No podré verlos, por tanto, ni a Abu Sulaiman, el heredero de ambos, ni a los extraños mandos que llevan nombres como Comandante Robot o Wahid Sheriff, un grupúsculo muy disminuido del que aterrorizó a todas las Filipinas en la década de los noventa y a principios de los dos mil, una organización que, entre los servicios especiales norteamericanos y el empeño del ejército filipino, oscila ahora entre los doscientos y los quinientos miembros, descabezados, como muchas de sus víctimas, sin un mando fijo y al libre albedrío del cabecilla de cada grupo.

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Los vecinos de Basilan no dejan, en mi delirio, de parecerme piratas que guardan cimitarras con las que secuestrarme

 ‘No son más que bandidos’, me dice el padre Max, un religioso claretiano de León que vivió muchos años en Basilan y ahora languidece en Zamboanga. ‘Son bandidos, los conozco porque son mis vecinos’, me dice Dodo, un vecino de Isabela que se ha marchado a Mindanao porque está harto de la violencia. Una violencia que si antes tenía una aspiración seudo religiosa, o seudo política, ahora se ha diluido en un océano de contradicciones: ‘tan sólo quieren dinero’, cantan a coro todos en la región, no más yihad, no más sharía, no más Islam. Sólo dinero. Por eso ahora secuestran musulmanes sin muchos recursos, porque el dinero ha sustituido a Allah en su imaginario. Aún así, siguen siendo peligrosos. Un soldado me hace aspavientos. A su lado, Vernon Padilla, el capitán del transbordador, se agita nervioso. ‘Vamos’, me dicen ambos, ‘tu tiempo ha acabado, ya saben que estás en la isla, hay que marcharse…’

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