Este post se ha leíd2789veces

En 1827 el explorador español Antonio Armijo llegó a un espléndido valle que contrastaba con el desierto que lo rodeaba y, exultante, bautizó a la zona con el alegre nombre de Las Vegas. Armijo había alcanzado la remota región siguiendo los pasos de antiguas expediciones y de los indígenas Paiute, una etnia que vivía en la edad de piedra y que hablaba una variación del antiguo nauatl de los mexica. Armijo disfrutó de los manantiales que salpicaban de verdor a una zona tan árida, encontró cobijo bajo las frondosas copas de los árboles y plantó su bandera para incorporar los nuevos terrenos al recién creado estado de México.
Apenas dos décadas después los estadounidenses arrebataron la zona a los mexicanos, la incorporaron a sus barras y estrellas y en 1900 el antiguo vergel quedó convertido en un proyecto de ciudad en mitad del desierto. Los paiutes pasaron de vivir una sencilla vida recogiendo bellotas y piñas y cazando ardillas y ciervos a verse rodeados por evangelistas, buscadores de oro, colonos y empresarios que arrancaron la polvorienta región de las garras mexicanas para integrarla primero en Utah, el reino de los mormones, y luego en el estado de Nevada. Aquel desierto tan desagradable que agotó a Armijo resultó ser todo un partidito: tenía oro en abundancia, plata hasta cansarte, montañas nevadas que le dan nombre al estado, el cañón del Colorado a tiro de piedra y una extensión deshabitada tan grande que el gobierno norteamericano decidió probar sus bombas atómicas y abrir una inquietante base, ‘Área 51’, que genera, a partes iguales, conspiranoicos y películas de extraterrestres terrenales. Y, por supuesto, el mayor casino del mundo: la ciudad de Las Vegas.
En 1931 el vergel de Las Vegas se sintió sacudido por dos hechos puntuales: el gobierno de los Estados Unidos legalizaba el juego y dos años después el alcohol. No tardó ni una década en dejarse notar el tremendo impacto. En la década de los años cuarenta el conocido empresario Bugsy Siegel levantó el primer hotel dedicado al juego en Las Vegas, el Flamingo. De aquel hotelito al disparate en el que se ha convertido hoy la ciudad sólo hay un motivo: el vicio en todas sus variantes. Claro que Bugsy era algo más que un honrado empresario: era uno de los jefes de la mafia neoyorquina y el dinero que levantó aquel imperio de fichas y tragaperras provenía, en gran parte, de los beneficios acumulados por el contrabando de alcohol y sus socios tenía nombres tan sonoros como Lansky o Lucky Luciano. Las Vegas era ahora una Ciudad del Pecado, Sin City, en sus calles podías cruzarte a Elvis, Frank Sinatra o Marilyn, prostitutas rusas, narcos mexicanos y sospechosos señores de chaqueta de paño italiano. Y, por supuesto, réplicas pastiche de las pirámides egipcias, de la torre Eiffel o establecimientos que compiten por lograr el título del ‘Más alto’ o el ‘Más Grande’ sin importarles que sólo consigan el de ‘Más Hortera’. El declive de Las Vegas se hace patente en los años setenta, cuando otras ciudades como Atlantic City consiguen levantar un remedo del paisaje de casinos y hoteles y también gracias a los avispados indígenas, como los Seminola de la Florida, que han levantado grandes centros dedicados al juego (que facturan cinco veces lo que consiguen todos los casinos de Las Vegas). El último soplo de aire fresco lo recibió de Oscar Goodman, el archiconocido abogado de las familias mafiosas erigido en alcalde y promotor de dudosas iniciativas, como el museo de la Mafia, y sospechoso de estar tras varios pelotazos urbanísticos. La mafia siempre vuelve a Las Vegas, si es que se fue alguna vez, y si se trata de encontrar un nuevo emplazamiento para su imperio, un lugar de pelotazos urbanísticos, prácticas rayando lo ilegal e indígenas desorientados, ¿dónde buscar?.
Las Vegas ha decidido, ahora, expandirse, dejar atrás ese desierto dejado de la mano de Dios para reubicarse en un territorio más agradecido. Y, por supuesto, si hablamos de juego, vicio, casinos, dudosos hombres de negocio e indios con taparrabos de Armani, ¿qué mejor lugar que España? La propuesta deja fuera toda duda: crearemos doscientos mil puestos de trabajo, asegura Shaldon Adelson, el avispado sucesor de Bugsy Siegel, y una ciudad que será referencia del ocio en toda Europa. Un ladrillo más en el proyecto que Europa nos tiene reservado: la Florida del Mediterráneo, un lugar de juegos y luces de neón, un país de meretrices y botones, geriátricos y casinos, playas y ajustes de cuentas. Nuestros políticos baten palmas con las orejas porque, claro, ¿no les parece un cuento de hadas que un tipo baje de su vehículo, sin tener que ajustarse el cinturón de seguridad, y diga que te rebaja el desempleo mientras se fuma un puro habano bajo el cartel de Se Prohibe Fumar del palacio de congresos?. ¡Al cuerno con las normas! Y si el señor Adelson exige un cambio normativo en el estatuto de los trabajadores, un régimen fiscal a medida y que le regalen tierras y vasallos, ¿qué estamos esperando? Todo sea por el proyecto común de una Europa grande y libre. Mientras en Barcelona y en Madrid los políticos se lanzan a unas complicadas danzas de cortejo y apareo con el octogenario Adelson, algunos ciudadanos se organizan en asambleas y plataformas para evitar lo que parece inevitable: la única duda es conocer si habrá mayoría de castellanoparlantes o los croupiers parlarán catalá. Si Antonio Armijo levantara la cabeza no daría crédito al ver convertida su exuberante vega en un casino gigantesco y tal vez huiría a España acosado por la imagen de Bugsy Siegel. Lo que no sabe es que no hay escapatoria y que en su país se toparía de bruces con otra vega aplastada y con otros misioneros mormones plantando tragaperras en algún pedregal. Confiemos en que los indígenas que no quedemos atrapados en la isla sin leyes del señor Adelson tengamos la suficiente iniciativa para derrotar a la foránea ciudad del pecado y levantar, a imagen y semejanza de los seminola de la Florida, un imperio paralelo de juerga y vicio patrio. Con vino tinto, chorizo picante y mus.