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A principios de los sesenta un extravagante gurú norteamericano llamado Johnny Lovewisdom cambió su hogar instalado en el interior del cráter Quilotoa, en el Chimborazo, allá por los Andes ecuatorianos, por el más saludable valle de Vilcabamba, cercana ya la frontera del Perú. Lovewisdom, que perseguía su Utopía a ras de suelo, eligió Vilcabamba porque había leído en un artículo del Readers Diggest que existía una isla de inmunidad al sur del Ecuador, él, que vivía como eremita dedicado tan sólo a la ingesta de frutas como modo de vida. Así que sin pensárselo mucho (un tipo capaz de vivir junto al lago helado de un cráter dentro de un volcán no debe pensar mucho estos arrebatos), Johnny se marchó a Vilcabamba y, sin pretenderlo, se ganó el cielo de su Utopía soñada.
Y no porque encontrara comprensión a sus desvaríos (Johnny estaba convencido de ser la reencarnación de Ananda, el primer discípulo de Buda, y del mismísimo San Juan Bautista), sino porque halló en la paz de la región su Shangri La, el último reducto que le quedaba a la Humanidad para sentirse bien, feliz y placentera. Y tanto fue así, que el alocado Lovewisdom fundó la Universidad Internacional de la Vida Natural en 1962, una excentricidad más para un gurú que debió crear expectación entre los habitantes del pequeño pueblo, en aquel momento unos cientos de campesinos dedicados al campo. Su extravagancia escaló peldaños hasta que incluso registró su propia orden religiosa, ‘La Orden Prístina de la Perfección Paradisíaca’, a través de la cual dio a conocer al mundo su receta mágica a base de frutas para mantener sano el espíritu y el cuerpo.
Momentos de la vida de Johnny, cortesía de www.human-academy.com
Sin embargo, el aspecto que más fama dio a Johnny Lovewisdom, con ser curioso lo hasta aquí relatado, no fue su vida en un cráter, ni sus dietas frutívoras, ni siquiera la loca idea de montar una universidad vitalista en un pueblo campesino al sur del Ecuador. Sus iniciativas atrajeron a gente del extranjero, venían de todos lados, recuerdan en Vilcabamba, y los visitantes volvían encantados y hablando maravillas de la región: la gente no se moría, decían, hay viejos por todas partes, ¡qué alegría poder vivir en esa paz y armonía! Y tanto hablaron los estudiantes y acólitos del bueno de Juanito, El Sabio del Amor, de la elegante vejez de los abuelos de Vilcabamba, que pronto vinieron científicos, periodistas, investigadores y el pueblo perdió parte de su calma. Venían del Japón, y de los Estados Unidos, venían de Europa, de Suecia, de Dinamarca, sacaban sangre a los abuelos, le tocaban los huesos, escuchaban su respiración, y llegaron a una sola conclusión: algo raro pasaba en Vilcabamba. Algo que no debía de cogerlos de nuevas porque Vilcabamba, en quichua, significa Valle Sagrado…
Llegué a Vilcabamba andando desde un cruce, procedente de Loja, la Loja andina, claro, descendiendo una empinada cuesta que desemboca en el centro de la ciudad, no sin antes dejar a un lado un hotel que daba la bienvenida en hebreo y cruzar un riachuelo que, al parecer, es el secreto mejor guardado de los vecinos. En la plaza central del pueblo se levantaba un hotel, un hotel popular, un hotel de un dólar la noche, un hotel que nos recibió, a dos amigas y a mí, con una impactante noticia: hay habitación, nos dijo la señora, pero deben esperar una hora porque está ocupada por un velorio. ¿Un velorio? ¿No se suponía que este pueblo era el de los abuelos inmortales? ¡Cómo interpretar que nada más llegar nos demos de bruces con un velatorio! ¡Y además se celebraba en lo que tenía que ser nuestra habitación!. Resignados, dejamos las mochilas y dimos una vuelta a la espera de que los familiares del occiso les rezaran unas plegarias.
Mi hotel en pleno velorio
El alcalde de Vilcabamba dijo llamarse Juan Carpio y nos explicó que el apellido de Carpio era el más habitual en la zona, que procedía de unos remotos descendientes comunes provenientes de un pueblecito en Córdoba, España, llamado precisamente así, El Carpio, y que sí, efectivamente, el pueblecito era un reducto de paz y tranquilidad tan sólo alterado, dijo, por los científicos japoneses y suecos que venían a mirarles las tripas y por los hippies que venían a fumar cochinadas y a bailar desnudos en la plaza del pueblo por las madrugadas. Fruncimos el ceño colectivamente, creo recordar, porque los japoneses no me asombraban demasiado pero los hippies bailarines sí, y me faltó tiempo para localizar al indio local que vendía esas cochinadas. Resultó que Vilcabamba era algo más que un clima privilegiado, aguas puras y atmósfera saludable: era el centro de un turismo de alpargata y mochila, de perroflautas, ahora que se ha puesto esta palabra tan de moda, un punto que conectaba a varias localidades de todo el continente sudamericano y que servía de encuentro para artesanos callejeros y vagabundos errantes.
Con el difunto ya enterrado y la habitación a nuestra disposición, pudimos entonces admirar el entorno y a los lugareños. Efectivamente, parecían muy viejos. ¿Qué edad tiene usted?, le pregunto a un abuelo sentado a la puerta de una casa. ‘Noventa y ocho’, responde el hombre. Pienso que es admirable llegar a su edad pero que tampoco supone una cosa extraordinaria. Y se lo digo. ‘No, si eso no es lo extraordinario’, dice el abuelo, ‘sino que mis hermanos tienen ciento tres y ciento cinco’. Eso cambia las cosas, pienso, y caigo entonces que los primos lejanos de esta comunidad de centenarios que se encuentren en El Carpio cordobés seguro que no llegan a los ochenta sin sufrir todo tipo de achaques y males: ¿será pues el lugar? Los locales están convencidos de que es el agua y la dieta vegetal sana sanísima, hablan maravillas de los productos de sus huertas, te muestran admirados tomates de suelo y tomates de árbol, los ves paseando pesadamente por la plaza del pueblo, acudiendo a misa y no caben dudas: aquí se vive de un modo tan pausado que no hay quien muera antes del siglo. Los científicos se inclinan más bien por las propiedades minerales del agua y hasta creen que el huilco tiene algo que ver. El huilco es un árbol que crece junto a las orillas y hunde sus raíces en terreno cenagoso, en permanente contacto con las aguas, lo que transforma el río en un manantial de salud. El fenómeno del valle de la longevidad no es exclusivo de Vilcabamba y al menos otros dos enclaves gozan de una fama similar, los Hunza, en Pakistán, y algunos pueblos remotos de la Transcaucasia.
El enigmático río y sus aguas mágicas
Pero, volviendo al pueblito, el alcalde de aquel entonces, Juan Carpio, aseguraba que en los registros de la iglesia había inscripciones de gentes que alcanzaron los 140 años de edad: José David llegó a los 142, Gabriel Erazo reclamaba tener 132 años, Miguel Carpio se quedó en los 123. En 1970, las autoridades de Loja, una capital con algo más de renombre, efectuaron un censo que concluyó: de 819 habitantes, 9 superaban los cien años, una proporción de 1,1 cada mil, frente a los Estados Unidos, donde la proporción era de 0,03 por cada mil habitantes. Y esto en lo relativo a los centenarios y dejando atrás nonagenarios, octogenarios, septuagenarios y hasta sexagenarios. Claro que los registros en zonas remotas no son fuente fiable porque hay gentes que nacen y mueren sin quedar constancia en lugar alguno, otros apuntan a los hijos años después y lo hacen a ojo porque no tienen noción del tiempo como nosotros, que vivimos pegado a un reloj. Pero, para ser francos, sí, hay mucho abuelo, y mucho abuelo saludable, ágil, subiendo cuestas que a mí me costaban un pulmón, viejos de los de antes, viejos de pueblo. Aunque había viejos y viejos porque el cura del pueblo, el de Vilcabamba, era Miguel, un abuelo también pero con un aspecto de salud distinto al del resto: estaba obeso y era de Burgos, Burgos de España. En el florido patio del potentado del pueblo, al estilo de aquellas películas que retrataban la Nicaragua de los Somoza, Miguel, el cura de Burgos, soltó pestes de los hippies que acudían al pueblo a probar el cactus del demonio y a fumar las cochinadas que, precisamente, me había vendido el indio más serio de la cordillera andina. El cactus del demonio era el San Pedro, más conocido como sampedrito, un cactus alucinógeno que atrae a curiosos de todo el continente para desarrollar (dicen) un puente comunicativo con el mundo exterior: conocí a una alemana que aseguraba haber mantenido una sesuda conversación con un árbol durante toda la noche. Cabizbajo y pensativo abandoné a Miguel, el cura de Burgos, y deambulamos por el pueblo con la más variopinta fauna de artesanos de la cara pacífica del continente americano.
El cactus del San Pedro, o sampedrito, crece junto a un árbol en Vilcabamba
Sobre la montaña que domina al pueblo, una solitaria y alargada nube permaneció el primer día señoreando la ciudad. Una nube curiosa, pensé, que no se mueve mecida por el viento. Al amanecer del segundo día, la nube seguía allí, enseñoreando la ciudad. Y el tercer día, también. ¿Mira usted la nube?, me preguntó divertida una señora que no era centenaria pero sí mayor. Asentí alarmado. ¡Siempre está ahí!, me dijo la buena mujer y aceleró el paso. Este pueblo es extraño, acerté a pensar entonces. ‘Es que la montaña es un gran imán’, me comenta el dueño de una cantina, ‘y por eso aquí pasan cosas raras y hay esta luz tan peculiar’. Es cierto, caí entonces, hay una luz mágica, pareciera que siempre estuviera amaneciendo. ‘Pues hay más’, dice un señor con varias copas de más. ‘Cuando ustedes los españoles mataron a Atahualpa cientos de caravanas cargadas de oro acudían desde todas partes del imperio inca para entregar los tesoros que había pedido Pizarro: una pasaba por aquí, por Vilcabamba, cuando llegó la noticia de su muerte. El capitán, un tal Quinara, ordenó enterrarlo y luego ejecutaron un suicidio ritual y colectivo, se mataron todos en señal de duelo y para que nadie supiera dónde estaba el oro, pero uno de los soldados no se mató: en su lugar dejó varias señales para indicar el lugar del tesoro y abandonó la región. La mala suerte quiso que, años después, enfermara de malaria y acabó en un hospicio de Lima, donde en su delirio contó a unos jesuitas la historia del tesoro. Los jesuitas lanzaron sus hábitos por las ventanas y corrieron al lugar para desenterrarlo pero en su loca carrera por la codicia, destruyeron las señales y nadie pudo encontrar el oro: y eran doscientas mulas cargando oro lo que dirigía Quinara…’. El borracho se marchó dando tumbos pero la historia resultó ser cierta, al menos en parte. Entre Loja y Vilcabamba se levanta la ciudad de Quinara, un polvoriento poblado con más cráteres que la cara oculta de la luna. La leyenda de los jesuitas y del tesoro había traspasado fronteras y aunque los religiosos no encontraron nada los buscadores de tesoros no dejaban de venir. A principios del siglo XX, un vecino del poblado, Manuel Enrique Egiguren, quiso hacer unas obras en su casa, pegada a un monte, y se desplomó parte de la montaña sobre su tejado: escondido en el interior de una gruta estaba parte del tesoro. Fueron necesarias cien mulas para cargar todas las piezas de oro y plata. ‘Quedan pues otras cien…’, confirmó el borrachuzo mientras se marchaba misterioso.

Abuelos centenarios, aguas mágicas, cactus alucinógenos, comunidades de hippies errantes, tesoros incas enterrados y una nube pegada a un imán. Vilcabamba, al sur del Ecuador, uno de los lugares más curiosos y gratificantes que he visitado.