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En el centro de la ciudad antigua de Diyarbakir eleva su minarete una gran mezquita. Los vecinos la llaman Ulu Cami y presumen de que es el quinto lugar más sagrado del Islam, tras las mezquitas de La Meca, Medina, Jerusalem (Al Aqsa) y Damasco (los Omeya). En el patio los fieles salen de rezar con evidente satisfacción, cae la tarde en Diyarbakir y los vecinos, kurdos casi todos, vuelven a casa tras sus oraciones. Miro el templo como lo han mirado miles de personas en los últimos dos mil años porque la mezquita, hoy tan sagrada para los musulmanes, fue antes catedral cristiana y antes incluso, y sin que llegue a averiguar muy bien qué, templo pagano, tal vez romano. Y antes, quién sabe qué más.

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Hace muchos años, cuando esta ciudad se llamaba Amida, y hablo del siglo I D.C. en el centro del casco antiguo se levantaba un templo que ya entonces era muy antiguo. Pero llegaron unos tipos estrafalarios predicando unas ideas nuevas sobre un dios muy poderoso que repartía amor en lugar de castigos y los vecinos de Amida se sintieron atraídos por la nueva buena. Nadie recuerda de dónde venían esos hombres y hasta hoy se especula que pudieron venir de Jerusalem, enviados por San Juan, o tal vez desde Antioquia, enviados por San Pedro, o quién sabe, puede que vinieran de Edessa, hoy Urfa, patria de Abraham y lugar asignado por los primeros cristianos a Santo Tomás.

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La cosa es que esta última opción tiene sus defensores porque la iglesia que se levantó se llamó Santo Tomás y nadie cree que se le haya puesto ese nombre porque sí. Sea como sea, la historia nos devuelve los ecos de una época en la que la antigua Amida era el centro de una región cargada de profetas y visionarios, de apóstoles y enviados de dios: los armenios también tienen aquí una importante iglesia, la de Surp Giragos (una importancia que creció en 2012, cuando en su interior se celebró la primera misa armenia en la región tras el genocidio de 1915) y aseguran que San Bartolomé y Tadeo pasaron por aquí camino a Armenia y que hasta en un año tan temprano como el 325 D.C un obispo local llamado Simón de Amida participó en el primer concilio ecuménico de Nicea, lo que da idea de la importancia de esta población en la cristiandad más remota.

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Un centro cristiano, en todo caso, que desapareció hace ya milenio y medio y que convierte las historias de los antiguos asirios, o griegos, o tal vez armenios (o lo que fueran) en un sueño lejano del que apenas resta nada más que ecos perdidos rebotando en las estrechas calles del casco histórico. Porque la ciudad ya no se llama Amida sino Diyarbakir, los campanarios no son ya tales sino minaretes de mezquitas y de los armenios y asirios apenas queda un puñado escondido en alguna calle remota.

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Hoy la ciudad es turca y conocida por dos asuntos: su muralla, que es la segunda más larga del mundo (pincha aquí), y por los kurdos, que la han convertido en la capital oficiosa (y especialmente combativa) del Kurdistán, ese país que sólo existe, mal que bien, en el norte de Irak (pincha aquí). Por eso las crónicas antiguas muestran una ciudad que hoy parece irreal, extinguida, perdida en la memoria, una ciudad que tuvo más de treinta iglesias cristianas pertenecientes a un montón de ritos distintos, desde los apostólicos armenios a los sirios ortodoxos, desde los católicos sirios a los católicos árabes, de los griegos ortodoxos a los nestorianos, desde los caldeos a los jacobitas: un centro de estudios y discusiones sobre el cristianismo que atraía eruditos y aspirantes de toda Mesopotamia. Hoy, como decía, apenas queda un puñado de ellos que se reúnen frecuentemente todos juntos como para insuflarse algo de ánimo ante la ola de islam que los rodea.

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El caso es que si Amida conoció el cristianismo desde sus primeros días, también conoció el islam desde su inicio. Tanto, que la antigua iglesia de Santo Tomás cayó en manos de los primeros musulmanes en una fecha tan temprana como 639 D.C. quienes la conviertieron en lugar de culto para Allah. Las tribus árabes enfervorizadas por el recién nacido Islam derrotaron a las fuerzas del emperador Heraclio y establecieron una continuación del califato que dirigía en aquel momento el compadre de Mahoma, Abu Bakir, que terminó por dar nombre a la ciudad (Diyar-Bakir, aunque Atatürk era tan turco que le cambió el significado: tierra del cobre, en su idioma.)

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Una mezquita que desde el principio tuvo su interés porque hoy acoge cuatro escuelas distintas del islam, una mezquita en la caben cinco mil fieles y que hoy se enseñorea del centro de la ciudad desde su captura. Claro que la sombra de aquel minarete del 639 no es la misma que hoy porque en el año 1091 D.C. la comarca sufrió un terremoto que generó a su vez un incendio que calcinó un edificio que era una suma de templos y hubo que levantarlo otra vez. Atrás dejó la primera mezquita, la última iglesia y los misteriosos templos de la Antigüedad y, sobre todo, el ambiente de buen rollo que parece hubo durante los primeros años porque los invasores aceptaron a los cristianos en el interior del templo (que era suyo, por cierto) hasta el 770 D.C., unos años que debieron de ser llamativos al rezar todos en su interior, es de pensar que con cierto orden y concierto.

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El caso es que miro las columnas y tienen pinta como de griegas, miro los relieves y me parecen asirios, miro el conjunto y tiene algo de romano. Las inscripciones tienen aire a ejercicio caligráfico, la piedra negra basáltica refrenda la robustez de la construcción y el interior me recuerda a la mezquita de los Omeya en Damasco. Ya no queda ni el recuerdo de aquella iglesia de Santo Tomás más allá de las conversaciones de los asirios de la ciudad: ‘era nuestra iglesia’, me dice ceñudo el párroco de la iglesia de la Virgen María, también en Diyarbakir, como recordando, quién sabe, una vida pasada en la que él también peregrinó por los desiertos de la Anatolia buscando almas a las que convertir. La mezquita actual fue parte del imperio Selyúcida pero su pórtico oriental, por ejemplo, parece otra cosa y hay quien dice que pudo ser un teatro romano. Las columnas y los capiteles, desde luego, tienen poco de islámico y tan sólo las piadosas musulmanas sentadas a sus pies me recuerdan que estoy en tierra de Dar el Islam. Hay partes que pueden proceder de edificios bizantinos. El interior de la mezquita, eso sí, ha cambiado porque antes parecía que dentro existía un auténtico bosque de columnas que hoy ha dado paso a un espacio abierto y tan desierto en su interior como las extensas planicies que rodean la ciudad.

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En todo caso, un lugar sagrado con mucha más historia de la que se ve a simple vista. Salgo de la mezquita y un nutrido grupo de muchachos corre calle abajo mientras a lo lejos un furgón policial grita algo en turco. Es una bofetada de realidad: Amida no existe, la iglesia de Santo Tomás tampoco, estoy en Diyarbakir, territorio kurdo, territorio combativo, territorio del islam. Y la Ulu Cami, me recuerda un joven a mi lado, es su quinto lugar más sagrado…

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