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Rodeada de coloridas flores en un pequeño vergel sumergido en el caos y la podredumbre reposa para siempre Veronica Martin, la última armenia del golfo de Bengala. No sabría decir de qué murió pero sí que no era tan anciana. Claro que siempre según mis parámetros. Porque los sesenta y seis años que vivió Veronica parecen normales en occidente pero, ¿qué tal esos mismos años en el insalubre golfo de Bengala? Sea como sea, su desconsolado viudo, que lleva el doble nombre de Michael Joseph Martin, doble porque esconde a un tal Mikel Hopcep Martirossian, no aguantó mucho sin su amada esposa, ni tampoco sus hijas, tres según reza la lápida, porque todos emigraron a tierras más amables en lo climático y en lo económico: Canadá. Michael, o Mikel, mantuvo el pulso por más tiempo y vivió pegado a la tumba en la que reposa su amada, concretamente en el edificio civil del recinto, al menos hasta el año 2009. Aquí puedes ver al señor Martirossian antes de emigrar al Canadá, cuando juraba y perjuraba que no se iría porque estaba seguro de que los armenios volverían a Dacca ‘a comerciar y hacer negocios’: pincha aquí.

Shankar vive rodeado de tumbas que ni siquiera son de su religión pero lo agradece porque fuera del recinto sagrado Dacca es caos, suciedad y barro

Desde entonces la iglesia no tiene devotos ni feligreses. Tan sólo en fechas señaladas, y debido a lo paradigmático de su presencia, la colonia de occidentales de Bangladesh acude puntual para celebrar alguna misa, tal vez en nochebuena, tal vez en Navidad, puede que en fin de año. Shaktar Gsosh, el vigilante del templo, evoca escenas de diplomáticos encorbatados alargando el cuello en busca del breve frescor de algún ventilador, los cristos tallados en madera entornando los ojos asombrados con el ajetreo de las olvidadas misas, las tumbas removiéndose intranquilas como esperando un merecido ramo de flores. Pero no, las misas son puntuales y la única presencia que se repite día tras día es la de Shankar, limpiando las hojas caídas, vigilando que nadie entre en el santuario, vagando como alma en pena por entre las tumbas de una religión que ni siquiera es la suya y que se lee en un alfabeto del que no entiende una palabra…

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Trato entonces de imaginar yo también el ir y venir de coches oficiales cargados de diplomáticos recorriendo el intrincado dédalo de callejuelas que rodea el recinto sagrado, esquivando las inevitables montañas de basuras, los charcos de barro perennes, los niños que se cruzan siempre en el último momento. Y pienso entonces en la última armenia, doña Veronica Martin, y en su marido, que sí puede presumir de ser el último armenio del golfo de Bengala. El señor Michael Joseph Martin, o el tal Mikel Hopcep Martirossian, acude puntual a su cita anual para dedicarle una misa a su difunto amor y recordar los tiempos de su juventud. Una cita que, por mor de la edad, comenzará a escasear en poco tiempo porque ya en 2015 el señor contaba con la importante edad de 85 años. Sus tres hijas, que portan con orgullo el apellido Martin, decidieron que el clima canadiense tenía algo más de saludable que el terriblemente húmedo golfo de Bengala y no vienen ni a presentar respetos. En este link puedes leer algo más sobre los armenios en Dacca: the holy resurrection church.

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La iglesia queda entonces como un absurdo que evoca tiempos pretéritos, un pasado de razas extintas, de religiones que ya no son, de ejércitos derrotados por el monzón y de ilusiones que murieron en tierra extraña. Tal vez en unos años la iglesia armenia de Dacca nos asombre como nos asombran los templos mayas, los etruscos o esta enorme acumulación de pagodas en la cercana Birmania (pincha aquí), piedras desperdigadas que dieron cobijo a dioses desfasados, superados, olvidados y dispersos por el éter celestial.

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Shankar abre las puertas del templo para mostrarme su interior

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En la parte antigua de la capital de Bangladesh, Dhaka, o Dacca en español, existe un barrio que tiene un extraño nombre: Armanitola. Y en ese barrio de extraño nombre una calle con un nombre que no es tan extraño pero sí desconcertante: Armenian Street. ¿Tendrá algo que ver ese Armanitola con Armenian Street? Pues pareciera porque rodeado de altos apartamentos en estado de ruinosa humedad se abre un oasis de paz a cuyo frente sonríe simpático el vigilante, un bengalí de origen hindú: Shankar Gsosh.

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La presión urbanística y demográfica amenaza la integridad del recinto de la iglesia y las tumbas parecen estar bajo un permanente escrutinio

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El bueno de Shankar abre las puertas de su particular paraíso a quien quiera conocerlo y mucho más si tiene rostro pálido y promete disfrutar de sus historias. E historias tiene muchas. ‘Treinta años llevo aquí’, dice el señor Gsosh mientras señala su ‘aquí’. La Iglesia de la Sagrada Resurrección. Nada excepcional, me digo, una iglesia con su cruz y su cementerio, pero nada habitual en un país con casi un cien por cien de musulmanes y cuyo resto residual se compone de budistas e hindúes.

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Shaktar, eso sí, tiene una importante tarea: conservar el descanso de un puñado de espíritus originarios del Cáucaso, y alguno que otro de Oriente Medio, en el punto más húmedo y caluroso del golfo de Bengala. La iglesia se levanta con una estética que no levantará pasiones entre los arquitectos, y que tiene algo incluso de los antiguos edificios de las poblaciones costeras en el sur de España, un edificio austero, sencillo en su imagen colonial y que pasaría desapercibido en cualquier otro lugar. Pero no aquí. Porque en Dacca, o en Dhaka, no puede pasar desapercibida una iglesia armenia que no ofrece ni siquiera oficios los domingos sino un puñado de tumbas desperdigadas entre la salvaje floresta que mira reprimida por encima de los muros, como soñando con escapar.

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Shaktar camina ufano sobre las tumbas escritas en un idioma tan extraño a los bengalíes como el bengalí lo es para mí. Su esposa, Anima, y su hijo Sanjay también viven con él entre las cuatrocientas tumbas del cementerio que también parece querer escapar de su monotonía y entrar, qué menos, en el interior del templo, donde al menos no te empapa la persistente lluvia del monzón.

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La iglesia se levantó en 1781 con una capilla de madera y consacrada por el obispo Eprahim en un extraño capítulo de la historia que mezcla pueblos en lugares con poco de común: bengalíes musulmanes con cristianos del Cáucaso sur. La colina sobre la que se levantó recibió el apropiado nombre de Armanitola por parte de los comerciantes armenios que hicieron de Bangladesh su casa y del imperio británico su escaparate, amparados por la Compañía de las Indias Orientales. El siglo XIX marcó el punto álgido de los mercaderes armenios en estas tierras, curiosamente dedicados al mundo textil (y digo curiosamente porque hoy Bangladesh es el segundo exportador mundial de ropa, tras China, y la presencia de españoles crece año tras año: son, pues, los precursores de nuestros encargados de Zara, el Corte Inglés o Mango que ahora viven en los barrios del norte de la ciudad, atentos a los cientos de contenedores que envían a Europa desde Chittagong).

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Los antiguos patriarcas armenios parecen descontextualizados en este ambiente, soñando con su monte Ararat mientras a su alrededor un universo de ríos y deltas y calor convierte el paisaje en una bruma salvaje (Abajo tomo la foto en el mismo lugar que más de un siglo atrás el señor Ayradian se la tomó…)

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En la vecina Birmania, o Myanmar, resiste aún la comunidad armenia, según este artículo de la BBC: link , aunque su reverendo, John Felix, no habla ni una palabra de su idioma ancestral (pero no importa, dice, porque las veinte familias armenias que aún viven en el país no entienden tampoco su lengua de origen, debido tal vez a que la mezcla de sangres y lenguas les ha desbaratado el pasado).

La tumba de la señora Agasee me lleva a recordar a los muchos armenios conocidos, entre ellos su tal vez pariente André Agassi

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Shankar muestra la capilla con aire distraído mientras sonríe tal vez pensando en la próxima misa en seis meses: agotador el trabajo no parece, sonrío yo también. El bullicio de los miles de armenios que hicieron negocio al calor de la colonia británica parece haberse evaporado y tan sólo algún eco resuena entre esas tumbas escritas en un idioma tan lejano a mí como yo a ellos. Minucias del tiempo, al fin y al cabo, que igualará todas las tumbas y todos los epitafios y todos los mausoleos del mundo cuando las letras, en armenio, en bengalí o en el alfabeto latino, comiencen a borrarse y a confundir unas vidas con otras y unas muertes con todas las muertes…

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