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El 4 de marzo de 1960, a eso de las tres de la tarde, Ernesto Che Guevara salió a toda prisa de una reunión en el Instituto Nacional de Reforma Agraria y corrió por las calles de La Habana siguiendo una gran nube blanca que envolvía, poco a poco, la ciudad. El Che temió lo peor, un atentado, pero no cualquiera: un gran atentado que, en su imaginación, podía haber destruido media isla. Cuando llegó al lugar de la deflagración, en los muelles, el espectáculo era desolador, y esto es algo más que una frase. Un bomba de gran potencia había destruido el buque francés La Coubre en pleno puerto de La Habana, al estilo de aquel Maine que también explotó sesenta y dos años atrás, en el origen de la guerra de Cuba y de la humillante derrota de España a manos de los Estados Unidos
 
puerto de La Habana

Alrededor del Che, sangre, miembros cercenados, hierros retorcidos y cifras: 101 muertos, 200 heridos y un número de desaparecidos aún por revelar. El sabotaje parecía claro, sobre todo porque el buque transportaba más de setenta toneladas de munición desde el puerto de Amberes, en Bélgica, aunque nunca pudo demostrarse la autoría (que todos sospechaban en la CIA). Una sospecha lógica, vista la facilidad con que penetraban las avionetas cargadas de explosivos desde los Estados Unidos y cómo ardían los campos cubanos día sí y día también. Pero el saboteador, si lo hubo, nunca pagó su responsabilidad aunque contribuyó a aumentar en el imaginario colectivo la leyenda del Che Guevara, quien se plantó a pie de catástrofe para ejercer su profesión: la de médico y prestar ayuda a los heridos. Los saboteadores habían conseguido su propósito pero, al tiempo, fueron derrotados por los caprichos de la historia: en el funeral por las víctimas, al día siguiente del atentado, un fotógrafo local, Alberto Díaz Gutiérrez, alias Korda, le fotografió serio y ceñudo mientras observaba el cortejo fúnebre. Habían creado un mito universal y Korda le dio forma en blanco y negro.
La célebre fotografía de Korda
 
La relación entre los Estados Unidos y Cuba era abiertamente bélica. Por ejemplo, el 18 de febrero de 1960 Robert Ellis Frost cayó de los cielos sobre el municipio de Perico, en la región de Matanzas, y su cuerpo quedó atrapado en un amasijo de hierros. Robert no volaba a pelo, como podría pensarse ingenuamente, sino a bordo de una avioneta Piper Comanche 250 y junto a él, que era el piloto, viajaba Onelio Santana Roque, un antiguo miembro de las fuerzas leales al derrocado dictador Fulgencio Batista. Robert Ellis Frost trataba de lanzar una bomba sobre una central eléctrica, en una acción de sabotaje que se repetía prácticamente a diario sobre la Cuba de Fidel Castro, cuando las defensas antiaéreas lo derribaron. 
 
Los norteamericanos no sólo reconocieron el bombardeo sino que criticaron que los cubanos asesinaran al agresor mientras ejecutaba su misión. Como Ellis, al menos veintiocho norteamericanos murieron en los primeros meses del gobierno de Castro, derribadas sus aeronaves, interceptados ellos mismos mientras saboteaban recursos estratégicos o fusilados al hallarlos en grupos de contraguerrilla. Las acciones iban desde los ya conocidos intentos por asesinar a Fidel Castro (o hacerle perder la barba, en uno de los más peregrinos) a incendios y bombardeos de pueblos, de cañaverales, de escuelas, de centros sociales y de salud pública, descarrilamiento de trenes y secuestros de aviones, y hasta atentados con bombas en hoteles.
 
Por ejemplo: el 28 de enero de 1960 un avión CN-325 procedente de los Estados Unidos bombardeó el municipio de Chambas, en Ciego de Ávila, destruyendo quince millones de arrobas de caña de azúcar recién cortada. Los aviones cruzaban el estrecho de la Florida prácticamente a diario con ánimo bélico. Eso sí, los objetivos eran, sobre todo, civiles: el 18 de febrero quemaron los cañaverales de Cifuentes, en las Villas, el 23 del mismo mes ardieron seis millones de arrobas de caña en el municipio de Santo Domingo, también en las Villas, y el 4 de marzo cayó fósforo vivo sobre Aguada de Pasajeros, en Cienfuegos, que arrasó medio millón de arrobas de caña, el mismo municipio que vio arder las casas de siete campesinos días después. Los años pasaban y los atentados seguían sin aflojar la intensidad: el 13 de noviembre de 1966 cayeron tres bombas sobre la fábrica de abonos ‘Frank País’, al oeste de la bahía de Matanzas, a principios de 1968 un avión lanzó napalm en el plan cañero ‘Ziskay’ dejando un millón ciento cincuenta mil arrobas de caña calcinados… La lista es tan larga que se hace aburrida y se extiende a lo largo de las décadas con una dinámica curiosa: conforme pasa el tiempo la cantidad de atentados no decrece aunque sí cambian los objetivos y se pasa a dañar intereses cubanos fuera de la isla (se supone que organizaron mejor las defensas interiores)
 
La lista de atentados sobre la isla de Cuba es tan larga como aburrida: puedes verla aquí, en la lista de atentados sufridos por Cuba. Claro que como nada es verdad ni mentira sino una distorsión del cristal a través del que se mira, en esta otra página consideran que los norteamericanos muertos en tierra cubana no eran terroristas sino patriotas que encontraron la muerte a manos de despiadados asesinosLa escritora, y diplomática, colombiana Clara Nieto recoge en su libro Los amos de las guerras, una exhaustiva relación de las intervenciones norteamericanas en la isla (y en otros lugares de interés, como Nicaragua).
Mausoleo y conjunto museístico sobre el Che Guevara en Santa Clara, Cuba, con el Che al fondo
La estatua del Che, de un bronce que destiñe
 
Armas de doble filo, los atentados, como decía al principio, contribuyeron a crear un mito popular y fácilmente identificable, el Che de Korda, el Che que hoy honran en su tumba de Santa Clara, el Che como paradigma del guerrillero total, el remedo de Emiliano Zapata que está dispuesto a morir en un bosque antes que engordar el culo sentado en un despacho. Un mito con el que se podrá estar de acuerdo ideológicamente o no, pero que ha tomado la delantera a otros mitos y ahora hay quien le lleva velas en la selva boliviana pensando incluso que es un santo milagrero
 
 
 
detalles del mausoleo del Che
 
En el municipio de Santa Clara, donde el argentino derrotó a las tropas de Fulgencio Batista antes de entrar en La Habana, descansan los restos del carismático comandante tras la repatriación de su cadáver desde Bolivia en 1997. El mausoleo, amplio y diáfano al estilo grandilocuente tan del gusto de los Castro, consta de una estatua del Che esculpida en bronce de siete metros de altura y adornada con su famosa frase, ‘Hasta la victoria siempre’, conocido como Memorial Ernesto Che Guevara y construido en 1988 al cumplirse el treinta aniversario de la famosa batalla de Santa Clara. Junto al Che, sus veintinueve compañeros caídos en la emboscada boliviana, sus rostros moldeados en arcilla, algunas de las frases del argentino esculpidas en el frontal. En los dos mil metros de explanada dicen que caben ochenta mil personas a las que imagino vociferantes agitando banderitas blanquiazules, aunque el día que yo estuve no había un alma (más allá de la guardia vigilante). Ernesto Che Guevara otea el horizonte, con su clásica boina calada, al estilo de la foto de Korda, pareciera volver de la catástrofe del buque francés. Pero no, el momento de La Coubre ya pasó, el buque regresó a Europa a duras penas, lo repararon para venderlo y navegar bajo bandera chipriota, su nombre borrado y conocido desde 1972 como el ‘Barbara’. Con el buque flotando, las víctimas enterradas y los saboteadores de rositas, tan sólo la foto de Korda nos recuerda la importancia del momento: Cuba vivió una guerra de proporciones bíblicas y un fotógrafo sacó un mito del momento más desgarrador. El resto deja una sensación de parque temático tropical, como les ocurre a los memoriales de todo el mundo.