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Los habitantes de Cox Bazaar sonríen cuando explican que su playa es la más larga del mundo. ‘Porque es ininterrumpida’, me dice Max, un caradura local que otea el horizonte en busca de algún turista extranjero. Y ahí radica el truco: en que es ininterrumpida. Durante 125 kilómetros puede uno caminar sin encontrar caños, desembocaduras de río o montículos que corten la extraordinaria playa de arenas finas. En Praia do Cassino, en Brasil, tuercen el gesto a resultas de este título mientras lo reclaman para ellos (eso dice el famoso libro Guiness de los records, pincha aquí). La competencia es dura y hasta Australia mete baza con los 144 kilómetros de su playa de Ninety Mile Beach aunque también se corta varias veces y los bengalíes sólo le dedican silencio. Aunque parece que el libro Guiness se inclina por la costa brasileña, con sus 240 kilómetros, los vecinos de Cox Bazaar, que ellos llaman Panowa, insisten en su más llamativo reclamo para captar más turistas y recuerdan el intríngulis de la cuestión: la mitad de Praia do Cassino, sí, pero ininterrumpida, y así consta en todos los folletos y reclamos nacionales e internacionales

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En todo caso, una polémica que ya he vivido antes, en el río subterráneo navegable más largo del mundo, en la filipina isla de Palawan, una lucha por captar títulos llamativos que colorea la industria del turismo mundial. En todo caso, la playa de Cox Bazaar es una playa tan larga que da para todo: por ejemplo, para observar los extraños barcos de pesca locales, los sampan, con esa llamativa forma de babucha árabe y algunas incluso con un pequeño camarote a bordo, los motores funcionando milagrosamente y los timones al borde de la desintegración.

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Pero la playa de Cox Bazaar, con sus 125 kilómetros, da para mucho más. Por ejemplo, para tropezarse con suerte (mala) la partida de algún grupo de musulmanes birmanos (que salen del final de esta playa, en Teknaf, para tratar de alcanzar Malasia o Tailandia, como ya he explicado en este blog) o los más pobres entre los pobres atrapar pacientemente minúsculos pececillos de los cubos llenos de agua del mar con una taza del fondo de un cubo mientras los pobres bichos tratan de evitarlo.

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O también para cruzarse con los pescadores locales echando sus peculiares redes

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O con los hindúes sumergirse en unas aguas en las que no podrás ver más bikinis que los de alguna suicida occidental…

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Sea como sea, la playa de Cox Bazaar es el mayor atractivo turístico de Bangladesh, el centro hotelero nacional y el orgullo de todo bengalí. Las lunas de miel (los que pueden permitírselo en un país tan pobre) se celebran invariablemente en esta larga playa, los hoteles crecen como setas y los buscavidas se suceden sobre la arena ofreciendo caballos, fotografías en digital o collares de conchas. Los hoteles evocan un remedo del primer Benidorm: aquí un enorme complejo de cinco estrellas, allá lejos otro, en medio grandes charcos de agua salada mezclada con agua de lluvia, niños panzudos y chabolas a medio sumergir.

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La playa de Cox Bazaar es también un buen lugar para observar eso del calentamiento global y el incremento del nivel del mar porque sus olas, poco a poco, dan bocados a la tierra y se llevan grandes terrones de arena e incluso árboles…

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La principal calle de los hoteles, New Beach Road, sueña con parecerse a las avenidas de Kuta, en Bali, una interminable sucesión de hoteles, tiendas y restaurantes, pero aún le quedan varias décadas para cubrir esos vacíos llenos de aguas insalubres en los que señoras de recias pantorrillas se arrodillan buscando moluscos mientras los niños observan espantados a los extranjeros.

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Los proyectos están ahí, sin embargo, y en unos años, de resultar exitosos, cambiarán la faz de esta localidad a medio camino del lugar encantador y del Miami bengalí. De hecho según esta noticia del Dhaka Tribune  le auguro un futuro más cercano a los centros de recreo de todo el mundo y, por tanto, una creciente despersonalización (que agradecerán los que hasta ahora sueñan con modernizarse). ‘Una ciudad con ofertas modernas’, dice el gobierno, ‘para darle sentido al crecimiento desordenado, evitar que siga creciendo el nivel de polución y construir una ciudad moderna que atraiga a los turistas’. Un proyecto que deberá desarrollarse de aquí a diez años con capital público y privado en una clásica joint venture que dejará sin duda enormes cantidades de dinero en los bolsillos más listos.

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Un destino que difícilmente atrapará al turismo masivo de occidente, donde vamos a contramano en eso de las fechas veraniegas: el verano europeo coincide con el monzón bengalí, que puede sorprender al visitante con lluvias persistentes durante semanas, sin interrupciones, un clima gris, abundantes nubes y pocas ganas de bañarse en el mar. Para cuando el sol despunta y aprietan los calores veraniegos los europeos entran ya en su otoño y pocos pueden permitirse el lujo de tomarse unas vacaciones y menos aún viajar a un punto tan remoto.

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Claro que el turismo europeo palidece frente al chino y al del sudeste asiático, y de hecho ya son varias empresas de Oriente Medio, Singapur y Tailandia las que se han interesado por el desarrollo de la playa. Hoy ruge el mar, las olas encabritadas sobre la espuma que generan las mismas aguas, los surfistas desaparecidos y con ellos el turismo veraniego. Allá a lo lejos se levanta la bruma. La playa más larga del mundo se observa complacida pensando en un futuro boyante…

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