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Las Regias

La Madison saca de centro y el público grita entusiasmado. Joselyn recoge el balón, regatea con notable habilidad, se interna por la banda y centra a la portería pero la delantera estira inútilmente el cuello. Las defensas meten pierna con igual torpeza. Será saque de puerta. Del respetable sale un grito: ‘saca al hombre que tienes dentro’. La Valeria mira desafiante al graderío y grita sobreactuando: ‘no puedo porque se me desacomoda la compresa’. Las risas rompen el juego y el partido continúa. Joselyn comprueba que el maquillaje está en su sitio y corre la banda pidiendo el balón.

‘Las Regias’ han retado a ‘Amigas y Rivales’ en terreno propio y la expectación es total. Un vehículo ha recorrido durante buena parte de la tarde el caleño barrio 7 de agosto para convocar a los vecinos. Y no han fallado. La grada está a reventar, los muchachos más ariscos se agrupan bajo los árboles entre nubes de marihuana, las marujas del barrio se han vestido de fiesta. Antes del partido, La Valeria, centrocampista, posa ante unos periodistas, se recoge el cabello, lo muerde y, a cuatro patas, camina como una pantera sobre la superficie de la cancha. El respetable enloquece y un muchacho grita una obscenidad. La Valeria se levanta como una exhalación. ‘Aunque no te lo creas esto también lo hacemos por ti, para que en el futuro puedas decir y hacer lo que quieras’. El muchacho no puede oírla porque corre muerto de la risa por un bosquecillo situado a las espaldas de la cancha.

Sólo unas horas antes, La Madison moldeaba el cabello de una señora en su peluquería. La plantilla de las Regias es amplia pero en el local sólo se han presentado cinco. A la Madison le da la risa floja. ‘Voy a llamarlas’, dice mientras busca su teléfono móvil. ‘La Iguana no puede venir porque está con un cliente’, menea la cabeza mientras marca otro número. ‘La Juancarlos tiene resaca porque se acostó tardísimo’. La Valeria se desternilla mientras busca unas medias azules. El listín de la plantilla se agota llamada tras llamada. Las Regias es un equipo flexible y hoy se ha comprimido al máximo: intentarán cambiar el partido de fútbol por uno de fútbol sala. La Madison vuelve a la cabeza que dejó a medio peinar y recuerda su primer partido. ‘La idea surgió hace varios años, en una rumba gay, amanecimos en una verbena y nos dio por ir a jugar contra un equipo femenino en una cancha del barrio, todo el mundo se fue para allá y gustó mucho’. El espectáculo debió de ser, como poco, interesante: ‘el partido fue a eso de las ocho de la mañana, después de la rumba, y saltaron al campo con sus tacones, maquilladas, o medio maquilladas después de tanta noche…’. La Valeria no estuvo entonces y hoy ha faltado poco para que tampoco asista. ‘Es que anoche estuve en un show transformista y terminé a las cinco de la mañana, pero como no me paso de tragos, aquí estoy, a pesar de haber dormido cuarenta minutos…’. Las Regias son ya una leyenda en Cali, una leyenda de exotismo, de coraje y de impuntualidad.

Cali es, a su vez, sinónimo de salsa, de largas noches de baile y ron. La Fundación Santamaría, formada por chicas trans que luchan contra la intolerancia, calcula que por sus calles se mueven más de tres mil transexuales que ejercen, sobre todo, la prostitución. También hay peluqueras, pero son las menos. La Madison es estilista, pero su hermana, la Valeria, es estripper. Los partidos de Las Regias no sólo atraen la atención de sus vecinos: con el tiempo han alcanzado la categoría de grito amargo contra la homofobia que barre las calles de su ciudad. Dice la estadística que cada dos meses muere de forma violenta un transexual de Cali. Cada noche, pandillas de muchachos borrachos, policías aburridos y clientes insatisfechos las agreden como diversión. Un problema que se extiende por todo el país, pero que en Cali ha prendido como una reivindicación que comienza a escucharse. En Bogotá la situación es aún peor: un transexual muere violentamente cada semana.

 

‘Calentemos’, dice la Madison. Valeria saca una petaca con brandy y da un trago. ‘Esto también es calentar’, dice entre risas. Joselyn muestra su habilidad en la calle, golpeando el balón mientras sortea taxis y se coloca el top. Luego, con la frente orlada de sudor, se maquilla coqueta ante el espejo de la peluquería. ‘Yo de hombre no, iré de mujer, hay que verse hermosa y bella’. ‘A mí no me hace falta porque no me salen pelos en la barba…’, responde Alondra. El camino a la cancha parece un concurso de frases ácidas que arrancan risas maliciosas. El público espera paciente desde hace horas, bajo el terrible sol caleño. ‘Ya era hora’, les espeta una señora con cierto malhumor. ‘Cuidado que una vez le bajamos la pantaloneta al árbitro, no repitamos escena’, le replica La Valeria.

La Madison no pierde la sonrisa. En pleno proceso de reconstrucción de su personalidad masculina, tras años vestido de mujer, La Madison es el alma de las Regias, un equipo formado exclusivamente por transexuales caleños. Un modo de reivindicarse como personas ante otras personas. Las burlas del público se mezclan con gritos de ánimo, chistes verdes y alusiones futbolísticas. ‘Pórtate como un hombre’, grita un muchacho ante la rechifla general. Por fin comienza el partido, con dos horas de retraso y muestras de impaciencia entre el respetable. El adversario llega también tarde, cómo no, y se viste apresuradamente en plena pista. Es un equipo de lesbianas de una localidad cercana y la suerte ha querido que sólo puedan venir cinco. Será un partido de fútbol sala. Un partido de hombres que quieren ser mujeres contra mujeres que se sienten hombres.

La muerte

La Indio murió después de una soberana paliza rematada con un tiro y un corte de cuello que la desangró en segundos. Por si acaso, el asesino, vació el cargador en su cabeza, no fuera a ser que a su espíritu le diera por vengarse. El crimen no pasaría de un desagradable asesinato de no ser porque Johana encontró la muerte de modo parecido. Cuatro disparos le destrozaron la cabeza, también en Cali. Como la Casandra, degollada y acribillada. Darlyn Jiménez murió de igual forma, como le sucedió a la Simpson. La lista se hace insoportable según avanzan los nombres. Al lado de la sucinta declaración policial unos rostros sonrientes miran desde el otro lado de la vida, la que perdieron en las calles de la ciudad de la salsa. Cali es una tumba para muchos transexuales que salen a la calle para ganarse el pan. Agrupadas en pandillas, a veces muy agresivas, se reúnen en las elegantes avenidas del centro de la ciudad, a la espera de clientes que les traerán dinero y puede que un disparo al acabar la faena. En dos años han asesinado a veinticuatro, crímenes que la policía califica de ‘pasionales’ pero que las chicas temen que sea parte de una obra mayor, una labor de exterminio que deje las calles limpias de prostitutas que son prostitutos.

‘El problema de Cali no es mayor que en el resto de Colombia’, afirma Andrés Santamaría, defensor del Pueblo del Valle del Cauca, ‘lo que ocurre es que aquí estamos luchando por detener estos crímenes y nuestras denuncias atraen a la prensa’. Curiosamente, según denuncia la defensoría refrendando lo que dicen las propias chicas, los agentes de la policía se encuentran detrás de la mayoría de las palizas. De los asesinatos, sin embargo, apenas hay pistas. La defensoría organiza cursos de concienciación entre los agentes de la policía para que aprendan a valorar a los transexuales como personas. ‘Muchos agentes vienen de pueblos del interior, apenas tienen formación y sí muchos prejuicios, por lo que a veces se les va la mano’, explica Andrés un tanto azorado. Frente a ellos, transexuales, la mayoría igualmente sin formación, procedentes de familias sin recursos que habitualmente los expulsan de sus hogares para evitar la infamia de una oveja descarriada muros adentro. Las calles, siendo aún adolescentes, son su única salida y la prostitución su único oficio. De pronto, una noche, se encuentran frente a frente un ignorante de un pueblo perdido armado con un porra con otro ignorante de otro pueblo perdido pero vestido de mujer.

Pedro Julio Pardo, al frente de la Fundación Santamaría, explica la procedencia de sus ‘chicas’. ‘Una persona que ha sido arrojada a la calle no tiene muchas más posibilidades de sobrevivir que la prostitución’. Expulsados de sus casas, de los colegios y sin formación, las chicas trans toman a una líder como ‘madre’ y desarrollan sus vidas entre la calle que les da de comer y sus compañeras, que les dan seguridad y cariño. ‘Por eso’, afirma Pedro, ‘cuando matan a una están destruyendo parte de una red social, y si ocurre como pasa aquí, que las matan por decenas, pues tienen sumida en el terror a una gran cantidad de gente’. Pedro es un volcán que vuelca su lava en la lucha contra la homofobia. También es ‘madre’ y toda chica que se acerca a la fundación le interpela así. De pie, nervioso y con su habitual tono chillón, desgrana frente a un mapa de la ciudad la tipología de agresiones que se estilan en la calle. ‘Les disparan con paint balls desde los carros para reventarles la silicona de los pechos, las agreden con bates de beisbol, las violan con gatos hidráulicos… las desnudan y las atan a un árbol gigantesco frente a la estación, en el que anidan unas hormigas grandes y voraces…’. El bestiario de acusaciones me evoca escenas de algún cuadro del Bosco. Pedro se agita nervioso, combina varios teléfonos, le grita a un silencioso auricular tras el que se esconde, casi que literalmente, un jefe de la policía achicado ante el empuje de este defensor de los derechos humanos. Anoche entraron en la sede y les robaron varias cosas sin importancia pero en la mente de Pedro se huele el miedo. ‘¿Y si no son unos ladronzuelos? ¿Y si la próxima vez nos degüellan a todas?’.

La Fundación carece de indicativos para no atraer visitas indeseadas, pero el miedo se ha instalado de puertas para adentro. Alondra vive en la Fundación, rodeada de muñecos de peluche y de archivos de denuncias. ‘Nosotras tenemos la autoestima de un cedro pero que entren en tu casa en plena noche, te roben y yo no me haya enterado de nada me tiene muerta del miedo’. Alondra es fuerte y musculosa pero también tiene pánico. ‘Nuestra vida ya es lo suficientemente difícil como para vivir además con miedo a que te liquiden cuando menos lo esperes: cuando era un chico gay me sobraban los trabajos, pero desde que comencé mi proceso de construcción como mujer todas las puertas se me cierran’. Ahora lucha contra la homofobia desde el activismo: por la tarde la encuentro nuevamente en la colina de San Antonio, encabezando una protesta contra los crímenes que transforma uno de los barrios con más encanto de Cali en una silenciosa marcha de rostros serios. A su lado, Pedro porta una vela con una sentida indignación. A pocos metros, varios policías vigilan la marcha con caras de guasa. El lugar reúne cada noche artesanos que venden sus productos, jóvenes rockeros con guitarras y parejas homosexuales que han elegido el lugar como centro de reunión. Con el tiempo se han añadido chicas trans que buscan clientes y menores de edad que ofrecen sus servicios sexuales. La Fundación Santamaría ha elegido la Loma por su simbolismo y su pluralidad.

Volvamos a la Fundación. Pedro sigue en el patio vociferando su indignación con la policía. ¿No les tiene miedo de hablarles así? Pedro exagera su gesto de incredulidad. ‘Me han disparado en cuatro ocasiones, me han golpeado incluso con caballos, me han detenido sin motivo y metido en prisión, y ya, la verdad, no me importa lo que puedan hacerme’. Su descaro le lleva regularmente a las portadas de los periódicos. ‘Cada vez que matan a una chica, el comisario lo justifica como crimen pasional, y yo ya estoy harta de preguntarle si es que los crímenes pasionales no son homicidios’. Pedro no se viste de mujer pero vive rodeada de chicas trans y su ascendencia sobre ellas es total. ‘Yo soy muy desafiante con ellas, porque la gente piensa que son muy guerreras, y yo les digo, ustedes son unas pobres mariquitas, porque yo siendo tan guerrera me tendría agarrada con la gente porque donde vayas eres el centro de las burlas, y está justificado porque sos una marica, una travesti… no serán tan guerreras cuando llegan al centro de salud, golpeadas, heridas, a veces por arma de fuego, y se niegan a atenderlas…’

Según la Fundación Santamaría, la población trans del área metropolitana de Cali alberga entre tres mil y tres mil quinientas personas, un ochenta por ciento prostitutas y el resto, casi en su totalidad, peluqueras. Cali alterna imágenes de pesadilla con alta sociedad de base dudosa, la de la cocaína. Los años de bonanza languidecen cediendo paso a una ciudad que se despereza de décadas de dinero fácil. El fin del cártel de Cali ha dejado al descubierto una ciudad en la que el narcotráfico había empapado todos los negocios con un dinero procedente de la coca que revitalizó el comercio pero que la deja ahora al pairo. Las avenidas presentan un aspecto deteriorado de tercer mundo, con mendigos que se mueven al son del bote de disolvente, un alto índice de atracos, asesinatos y crímenes, comercios quebrados, economía informal que vende cualquier mercancía en plena calle y un clima de inseguridad que ahuyenta posibles inversiones. En este contexto, los crímenes contra la comunidad trans no dejan de verse como un problema más, aunque no el más urgente. ‘De hecho, el recuento que hemos realizado no está completo’, asegura Pedro. ‘Hemos contabilizado veinticuatro muertes pero cada poco descubrimos que alguna más murió y que no la teníamos anotada porque la muerte se vive como algo tan cotidiano que ni siquiera denuncian: te dicen, sí, la mataron, a la pobre, y ya, se entierra y se olvida’.

La homofobia viene de lejos: en los años ochenta tomó incluso forma de panfletos en las que un grupo, los Cankill, el nombre de un conocido insecticida, amenazaba a los bajos fondos. ‘Hablaban de que iban a matar drogadictos, a putas, no había nada explícito contra gays ni lesbianas, pero por asociación sí se puede pensar que estaban hablando de ellas porque el paradigma social cree que las chicas son vectores de transmisión sexual, incluido el SIDA, y muchas de nosotras entramos en los dos conceptos, putas y drogadictas, así que la angustia se extendió por el colectivo’. Colombia no es un lugar como para tomarse a broma la aparición de estos grupos de limpieza social. Los hay que exterminan a los indigentes, los que exterminan a raterillos de barrio para vestirlos de guerrilleros y cobrar recompensas del estado, los hay que eliminan sindicalistas, políticos y profesores de izquierda… ‘No creo en la existencia de un grupo organizado que elimine estrictamente transexuales’, puntualiza Pedro, ‘pero queremos guardar tranquilidad respecto de eso también, y esperamos que antes o después la investigación arroje resultados’.

Garavito, patrón de las chicas trans

Gisella camina cabizbaja por las calles de su barrio de Bogotá. Santa Fe es ‘lugar de tolerancia’, eufemística manera de referirse a un conjunto de calles abandonadas por la administración y en las que se ejerce la prostitución y la venta callejera de drogas. ‘Perica’ (cocaína), vocea un tipejo con una raída chaqueta en una esquina. Barrio de transexuales, de putas, barrio de carreteras destrozadas, con olor a marihuana y crack, Santa Fe es el mismo centro de Bogotá, de Santa Fe de Bogotá. A pocos minutos se levanta la casa de Nariño, donde vive el señor presidente, y el congreso, el senado, los ministerios y el único barrio turístico de la ciudad, la Candelaria. Pero Santa Fe parece otro mundo. Gisella se dirige al cementerio central, donde reposan los prohombres de la nación: Jiménez de Quesada, el granadino que conquistó la región. Rojas Pinilla, el único presidente golpista del país. Francisco Galán, el guerrillero que puso en jaque al poder desde la insurgencia pero que perdió la vida cuando intentó lograr el gobierno desde las urnas. Gisella compra flores azules y pasa indiferente ante siglos de historia. Llegó de Venezuela para hacer la calle en Bogotá y ahora deposita sus esperanzas en una tumba que dicen que hace milagros. Cada lunes, como hacen decenas de chicas trans de todo el país, Gisella se arrodilla ante la tumba de Julio Garavito, le ofrece flores y le reza unas plegarias. ‘Le pido sobre todo que me proteja porque la calle está muy dura…’.

A las puertas del cementerio esperan sentados un grupo de sacerdotes de mentira. Aguardan bajo sombrillas, que les protegen del sol y de las lluvias, y ofrecen sus servicios funerarios. Por cuatro euros se puede optar a una misa sencilla, por dos euros más, cantada con guitarra, si paga usted ocho el canto será a dos voces. Los humildes requieren sus servicios para misas de difuntos y para honrar a sus santos. No les importa que los curas sean de pega porque sus santos también lo son.

El más desconcertante se llama Julio Garavito. En vida fue un astrónomo de fama que dio nombre a un cráter de la luna en su cara oculta, y un político conservador de malas pulgas, partidario de las guerras como modo de controlar la natalidad. Guiño cruel de la historia, hoy apenas nadie recuerda sus méritos. Tan sólo es la imagen que ilustra los billetes de veinte mil pesos, unos siete euros al cambio: casualmente la tarifa habitual de los transexuales de Santa Fe. Dicen que una mañana entró cabizbaja una chica trans porque la noche se le había dado mal, y dicen que el vigilante, por aquello de animarla, le indicó la tumba del sabio astrónomo. Hincó sus rodillas, le rezó y hasta le limpió la lápida. Por si acaso, resfregó un billete antes de despedirse. Mano de santo, nunca mejor dicho. El día mejoró, los clientes se multiplicaron y la voz se corrió por el barrio: en el cementerio hay un santo que hace milagros. A las travestis se han unido prostitutas, ladronzuelos, amas de casa desesperadas. Incluso los descendientes del sabio astrónomo, que amenazan desde Canadá a quien ose relacionar su apellido con tan sórdido colectivo. Gisella viene de Cúcuta, en la frontera con Venezuela. ‘Es un santo muy cumplidor’, afirma, ‘siempre le pongo un velón, le limpio la tumbita, a veces le pago una misa y le rezo un padrenuestro: le pido dinero y me lo da’. Dos chicas dicen venir desde Medellín para rendirle tributo. ‘¿Saben ustedes quién fue Julio Garavito?’. ‘Sí, claro’, contesta la más decidida, ‘yo tengo varios en el bolsillo…’.

Gisella llegó de Venezuela para hacer la calle en Bogotá y ahora deposita sus esperanzas cada lunes en el santo milagrero. ‘Una compañera me trajo, consagramos la tumba y ahora vengo cada ocho días sin falta, le traigo flores, le pido favores y le doy las gracias por la semana’. Gisella asegura que ahora ‘todo me sale bien, no me falta de nada, y mientras haya plata para mí hay tranquilidad, y le pido fortaleza y valentía para seguir adelante por buen camino…’. ¿Por buen camino? ¡Pero si usted es prostituta! Gisella prefiere contestar con lo que tiene: me mostrará su hogar. Vive en una casa de huéspedes. Desde Mariana, que es la propietaria, hasta la última chica, todas son trans y me reciben con la curiosidad de una novedad exótica. ¿Saben quién es Garavito? El alboroto se incrementa. ‘Garavito es el de la cara de los billetes de 20.000’, contesta aplicada Sylvana, una travesti de diecisiete años. El equívoco alcanza un nivel desconcertante cuando pregunto qué hacía Garavito en vida. Una de las chicas responde: ‘él hizo mucho por los travestis, dicen que las buscaba mucho, y por eso después de muerto sigue dando buena suerte’. ‘Es como de otra época, las nenas más adultas son devotas a él, yo fui a visitarlo un día y me fue muy bien, así que seguí yendo, le cogí devoción’. ¿Cómo que le cogió devoción? ‘Pues en el sentido de que me llegó muy buen dinero, entonces me dije, pues sí, es verdad que trae buena suerte, es un mito, como el del Divino Niño, que lo cuida a uno…’.

Diana Navarro, puta y ponente en la Organización de los Estados Americanos

‘Cali hace ruido pero aquí tenemos más muertes’, sentencia Diana Navarro. Barranquillera, abogada truncada por un atentado que le dejó marcado en el rostro la trayectoria de una bala que mató al decano de su facultad, Diana vive también en Santa Fe. Diana fue puta y pasea por su barrio su metro noventa de mulata caribeña con rostro serio y desafiante. ‘Acabo de llegar de una reunión de la OEA en Honduras’, comenta mientras me lleva a conocer una pandilla de transexuales sin hogar acogidos en una casa municipal. Su carrera política la llevó al Polo Democrático, la oposición de izquierdas en el arco político colombiano, y de ahí a la intermediación en temas de igualdad de la Organización de Estados Americanos. Pero cuando llega a casa, descansa, charla con su perro, del que asegura que también es gay, y se marcha a hacer la calle, ya no a ejercer sino a ayudar a sus compañeras. ‘En Bogotá muere una chica trans cada semana y los motivos son tantos como homófobos hay en la ciudad’.

El problema es nacional, ‘y en el Caribe la cosa es peor’, pero a ver quién es el valiente que se interna en los peores barrios de Barranquilla para poner orden. Los sospechosos se parecen demasiado a los de Cali. ‘La policía nos agrede con frecuencia, los clientes se sienten culpables por algún trauma que ni nos va ni nos viene y entre todos te mandan para el más allá’. El discurso de Diana es ágil, atractivo, su oratoria es sobresaliente y su determinación, de matrícula. En el descansillo de su puerta se pudre una rata desde hace días y nadie hace nada por darle cristiana sepultura. Diana también le grita a los jefes de la policía de Bogotá, y dice que aunque no lo parezca se están produciendo avances. Al menos ya se habla del tema y comienza a germinar la idea de que matar a una chica trans es matar a un ser humano. ‘Claro que no es un gran avance porque no podemos ser nada más allá de putas o peluqueras, que parece que son los dos empleos que nos corresponden’.

La transexualidad sigue siendo la gran desconocida, la temida, la cara extraña y folclórica de la homosexualidad. En España se paga con marginación, con desconfianza y extrañeza. Pero hay otros lugares donde se paga con la misma vida. En Colombia, sin ir más lejos. Personas y entidades como Las Regias, con su pléyade de estrellas de barrio, La Madison, La Valeria, Joselyn, la Fundación Santamaría con Pedro al frente, Gissella y las amigas que se reúnen frente a la tumba de un desconocido astrónomo del siglo XIX, la exuberante y deslenguada congresista Navarro, todas ponen un granito de arena para que el futuro traiga algo más de tolerancia. Por ello claman incluso las cientos de chicas trans degolladas y acribilladas a balazos que pasan de recorrer las calles colombianas a engrosar una triste y gris lista de asesinatos sin resolver. A pesar de todo, Diana no se arrepiente de lo vivido y tal vez por eso mismo sentencia: ‘no puedo renegar de nada de lo que he vivido porque todo lo que he conseguido ha sido gracias a que soy negra, marica y puta’.
Putas o Peluqueras es un documental realizado por José Luis Sánchez Hachero, una producción de Yageproducciones. Aquí puedes ver el documental completo: 

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