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Hoy es viernes, día de rezo en el mundo islámico. Multitud de fieles acuden a la mezquita Omar Ibn Al Jattab. En el templo, la actividad es frenética. Tras las abluciones, los niños buscan su lugar en el Haram, la sala de oraciones, los jóvenes se apoyan en las paredes, hay quien se arrodilla a rezar. En el minbar, el púlpito reservado a la oración de los viernes, el predicador habla de amor y pecado. En el piso de arriba, lejos de los ojos de los hombres, rezan las mujeres y las niñas. Hasta ahí todo correcto. Lo fuera de lo normal es que a pocos kilómetros se encuentra el mar Caribe, que la mezquita se levanta en Maicao, una población de poco más de cien mil habitantes en la frontera con Venezuela, y que la región está en Colombia: La Guajira.
Se trata de la mayor mezquita del país y la tercera más grande de Sudamérica, tras las inauguradas posteriormente en Brasil y Argentina. La mezquita se levantó sin reparar en gastos, forrada con mármol italiano y diseñada por el reconocido arquitecto iraní Alí Namazi, un edificio que lleva el nombre del segundo califa del Islam y que puede albergar a más de mil personas. Pronto quedará superada por una nueva aún en construcción en la cercana Maracaibo, en Venezuela. Porque la comunidad musulmana de Maicao, que llegó a contar con más de cuatro mil fieles, languidece últimamente. A la oleada de secuestros que sufrió en la década de los noventa se une ahora el deterioro de la actividad comercial, su principal motor y razón de ser. Porque estos descendientes de los fenicios son, ante todo, comerciantes y comenzaron a buscar oportunidades en Venezuela desde el inicio del gobierno de Hugo Chávez. Sin embargo, alrededor de mil fieles permanecen todavía en Maicao, sin intenciones de emigrar. Es la mayor comunidad musulmana de Colombia, hijos y nietos de aquellos sirios y libaneses que emigraron al Caribe en varias oleadas del siglo XX. ‘La primera ola de inmigración ocurrió a finales del siglo XIX, con la desintegración del imperio Otomano, y la guerra con los rusos y con las grandes potencias europeas’. No en vano en Colombia se les sigue llamando, con cierta guasa, ‘los turcos’. En los años treinta y cincuenta se produjo el siguiente flujo migratorio: un pariente se traía al otro y la cadena se amplió hasta hoy.
Pedro Delgado no se parece en nada al ciclista que le es homónimo: su pasión es Alá. Y eso que nació en Santa Marta, tierra de rumba y mulatos, y que a diario debe lidiar con la tentación de hermosas mujeres ligeras de ropa en una tierra terriblemente calurosa. ‘Desde niño he tenido una especie de inquietud que no encontré en los salesianos, con los que me crié: estuve con grupos orientales, visité iglesias cristianas … hasta que me encontré al islam’. Pedro Delgado se topó con el mundo musulmán y comenzó una nueva vida. ‘Estuve en Arabia Saudí, visité varias veces La Meca, fui a Medina y ahora soy profesor de religión’. Pedro es el alma de la mezquita Omar Ibn Al Jattab, pasa su vida en ella y enseña islam a los hijos de los musulmanes. Lo miro asombrado porque pocos en Europa saben que en Colombia existe una comunidad de musulmanes de procedencia otomana, procedentes de la Gran Siria, lo que hoy es la castigada Siria y el Líbano. Los musulmanes más ilustres de la mezquita nos miran. Afables, se acercan para explicar qué hacen en esta región: a principios de los años ochenta eran tantos que fundan la Asociación Benéfica Islámica, poco después un colegio musulmán, Dar es Arkam, y en el noventa y siete ya tienen una gran mezquita. Una mezquita que acoge a musulmanes chíitas-colombianos, un exotismo allí tanto como aquí. Mohammed Mohammed Hammud es el predicador que he visto antes subido en el minbar y, en un incipiente castellano, me canta las alabanzas al Más Grande con varios versículos y dichos del profeta (alabado sea) para terminar con un sencillo ‘Colombia es un país muy bonito’.
Tras ochenta años en la Guajira, los musulmanes han dejado de ser libaneses o sirios para convertirse en colombianos con sus mismos problemas: violencia, inseguridad, secuestros, migraciones. La Sociedad Benéfica Islámica, que regenta las actividades de los islámicos guajiros, me recibe en la mezquita de Maicao. Entre sus preocupaciones, el entorno, un ambiente que no ayuda, aseguran, a evitar dos grandes enemigos del Corán: el alcohol y la promiscuidad sexual. Estamos en el Caribe. ‘Es inevitable que se produzcan conflictos’, me cuenta Omar, ‘es inevitable que muchos jóvenes se vean en esa tentación, bebidas alcohólicas sitios donde pueden conseguir el placer de las mujeres…’. Fuera, un territorio desértico aplastado bajo un calor pegajoso, un cielo límpido y el ajetreo clásico de las fronteras: parece una ciudad de Jordania o de Siria de no ser por un pequeño detalle: las chicas gastan pantalones de talla mínima, sus ombligos relucen al aire, la tentación sobrevuela alegre las calles y la música vallenata nos recuerda que estamos en Colombia, no en el Líbano. Omar insiste: ‘es una zona un tanto particular, fiestas, ambiente nocturno, bebidas alcohólicas, ropas cortas, exóticas, uno no puede ser ajeno a eso, pero lo más importante es enseñarle a los hijos el por qué algunas cosas están prohibidas, por ejemplo las bebidas alcohólicas, no es el hecho de que uno no disfrute, uno tiene sus fiestas, sus bailes como todas las razas, pero lo importante es darle a los hijos el por qué ciertas cosas no se deben hacer…’ La lucha es titánica y desigual. ‘Es una zona donde consideran importante repartir preservativos en los colegios como para enseñar a los niños que se cuiden de una transmisión sexual o de un embarazo no deseado, pero es más importante enseñarle a los hijos que la relación sexual es algo para el matrimonio…’ Omar sonríe pícaro: tiene buena planta, apenas treinta años, es alto y sus ojillos azules relucen bajo su cráneo rapado al cero. ‘Yo caí, claro, yo caí’, confiesa divertido, ‘pero la juventud es así, difícil, aunque gracias a Dios estamos en el camino divino…’.
En la mezquita todos se arrodilla. Allah u Akbar, dice mi compañero de suelo, sentado sobre la alfombra, sus rasgos indican que sus genes provienen de lejos, de una tierra castigada y polvorienta de la que ha conseguido escapar sólo para anclarse a otra tierra igualmente castigada y polvorienta. En la calle son legión los comercios que tienen nombres islámicos. Se acercan unas elecciones locales y los panfletos rebosan de nombres árabes. Los ‘turcos’ han resistido el gran viaje desde oriente medio, la integración en tierra lejana, los largos y sanguinarios periodos de la violencia colombiana, las luchas de guerrillas, paramilitares y narcotraficantes. Pero ahora el inexorable dios de los mercados parece que los desmorona. Situado a pocos kilómetros de la frontera, el centro de gravedad ha pasado de esta ciudad que un día fue frenética al otro lado, a Venezuela, donde Maracaibo y sus alrededores prometen un nuevo Eldorado a estos hijos perdidos de Alá. Tierra de contrabando, y de negocios dudosos (armas y cocaína entre los más pujantes, a los que algunos miembros de la comunidad musulmana no han sido ajenos, precisamente), el lago venezolano actúa como un imán para los comerciantes y también para los indígenas, que encuentran más derechos y seguridad en tierras de Chávez que en las propias.
Si provienen de la Gran Siria, le pregunto a Pedro Delgado, supongo que alguno tendrá sus simpatías por los musulmanes de Palestina. Y se lo pregunto malicioso porque sé, a ciencia cierta, que existe un grupúsculo que se hace llamar Hezbollah Caribe, fundada por un extraño personaje: Teodoro Darnott, que hoy se hace llamar Daniel González Epiayú, un antiguo niño de la calle y posterior (dicen) legionario en España, un locuelo que hoy pena prisión por intentar colocar una bomba en la embajada de los Estados Unidos en Caracas. Pedro se sincera. ‘De hecho sí hay simpatizantes de la lucha en oriente medio’, asegura, ‘pero el apoyo no pasa de ahí’. Sobre el locuelo Darnott sabe más de lo que parece. ‘Daniel González Epiayú estuvo por aquí, un hombre solo que se acercó a mí con algún tipo de ofrecimiento, como facilitar cédulas venezolanas, pero la verdad es que yo no estoy interesado en estas cosas…’ Darnott (me resisto a llamarlo por su alias wayuu) hablaba de doscientos indígenas wayuu convertidos a la causa, incluso tenía página web y perfil en el facebook, una página simplona cargada de proclamas y fotos extrañísimas de indígenas con velo disparando remedos de AK-47 y artefactos explosivos dignos del profesor Bacterio, de Mortadelo y hasta de Filemón. Contacté con él a través de un email y contestó que gustosamente me concedería una entrevista si accedía a conseguirle la publicación de sus delirios en la primera página de los principales periódicos de mi país… Pedro los despidió rápido, asegura, ‘los hezboislam’, porque tenían un discurso muy agresivo en una tierra que los sigue viendo con cierta suspicacia. Aquí puedes ver alguno de sus delirios
Pero la simpatía por los chiítas de Hezbollah y la lucha de los palestinos de Tierra Santa no era rara. En su comercio dedicado a la venta de perfumes (presumo que de procedencia indefinible), Mohammed, libanés radicado en Maicao, asegura que no les interesa que los vean como extremistas. ‘Fíjese que decían que hasta Bin Laden estaba en Maicao, pero yo le aseguro que aunque uno tiene cariño a Hezbollah aquí no existe un grupo organizado’. Los musulmanes no son de piedra, me cuenta, y no pueden ver las agresiones sionistas a sus hermanos de raza y religión sin conmoverse el corazón. Recuerdo entonces que, años atrás, me aseguraron que una célula de Hezbollah en el Caribe conseguía armas a cambio de cocaína para enviarlas al Líbano y hasta conocí a un comandante de las FARC que me juraba que hacía negocios con ellos: vacas a cambio de armas. Mohammed nació en el Líbano y se le nota en el acento: su castellano es muy defectuoso y baila entre un deje árabe, un extraño acento holandés que arrastra desde sus años en Curaçao y el español recién aprendido.
Samir es otro de los personajes reconocidos de la comunidad musulmana de Maicao. Sueña con regresar al Líbano con su esposa, una musulmana de Venezuela, y sus hijos, como Omar, que fantasea con llevar a sus padres de vuelta a Beirut. ‘Nací acá’, dice con acento caribeño, ‘estudié en Argentina pero me siento libanés por familia y colombiano por nacimiento’. Un auténtico ciudadano del mundo, pienso entonces. Y dos países complicados, explosivos: de Colombia al Líbano. Son auténticos náufragos en un mundo globalizado: pero ellos lo hicieron antes de la globalización. Hassan Jomma salió del Líbano con veintiséis años, se instaló en el Paraguay, pasó más tarde a Venezuela y ahora vive en Colombia. ‘A pesar del calor, para mí no hay mejor sitio’, asegura con una sonrisa. Y como náufragos, los restos se acumulan en las orillas de la ciudad. Hussein Abdul Kader Ras, por ejemplo, descansa eterno en el cementerio musulmán anexo al cristiano. Su lápida, perdida en un pequeño mar de lápidas, demuestra para siempre que los musulmanes colonizaron el norte del continente americano, que construyeron una gran mezquita y prosperaron entre minifaldas, calores y la nostalgia de su patria perdida. Los inmigrantes, turcos ya para siempre entre sus nuevos vecinos, todavía resisten: están ahí, disimulan, conducen poderosos todoterrenos, levantan edificios religiosos, aspiran a entrar en política. Comunidad menguante, los musulmanes de Maicao resisten a la sombra de su mezquita y de las raíces cultivadas en la Guajira durante los últimos cincuenta años. La sangría es evidente y muchos de los que hoy residen en Maicao no descartan emigrar a otros lugares, sin importar la dificultad, tan sólo prosperar mediante los negocio y el comercio. Condenados a desaparecer con el tiempo, dejarán atrás, testigo mudo, la que fue durante años la mezquita más grande de Sudamérica y el recuerdo de sus nombres en el suelo.