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Felipe Restrepo

Tres desquites marcaron la vida de Felipe Restrepo. El primero mató a su padre, el segundo golpeó su conciencia dormida y el tercero nace apenas ahora, como serena venganza que redima toda una vida.

Felipe Restrepo

‘El crimen’

El primer desquite de Felipe Restrepo tenía nombre y apellidos, José William Ángel Aranguren, un bandolero que nació en Rovira, al norte del departamento de Tolima, en un mal momento, un momento negro y rojo, rojo de sangre, negro de muerte, tan rojo y tan negro que en la historia de Colombia se le conoce como La Violencia. Tras el asesinato del líder liberal, Jorge Eliecer Gaitán, a manos de no se sabe muy bien quién, el país comenzó una espiral de violencia que aún dura y que cimentó, en aquellos años, la base de lo que hoy son poderosas guerrillas y grupos de paramilitares tras los que se escudan narcotraficantes, terratenientes, gobernantes corruptos. Destrucción, en suma. De entre ellos, tal vez los más temidos, por su crueldad, fueron Los Pájaros, escuadrones de la muerte, conservadores que buscaban liberales hasta en las últimas veredas para quitarles la vida. José William vio morir a manos de los hombres del alcalde de Rovira a su padre y a sus hermanos, tal vez por rojos en una época en la que aún no había verdaderos rojos, tal vez porque tenían algo que el alcalde quiso, tal vez por nada de lo anterior. Convertido en un desplazado más de los que pueblan los paisajes del país con más desplazados del mundo, José William mudó su nombre por un revelador apodo: El Desquite. Entre sus muchas casualidades estuvo el carisma que destiló en una época de personajes que arrastraban apodos como ‘Pedro Brinco’, ‘Sangrenegra’, ‘Tarzán’ o ‘Capitán Venganza’, o tal vez fue el terror que extendió entre los vecinos de las aldeas del Tolima, o puede que fuera el encuentro cara a cara con el padre de Felipe, de Felipe Restrepo, a quien degolló a cuchillo por pertenecer al partido conservador. Fue el primer desquite en la vida de Restrepo, El Desquite, con mayúsculas, el origen de una larga serie de desquites que Aranguren jamás hubiera podido intuir.

Felipe Restrepo

El segundo desquite también fue apodo y correspondió a un violento paramilitar del norte de Antioquia que ni nombre reconocible tiene ya. Felipe Restrepo ya era otro, nunca más el muchacho atemorizado que presenció cómo la sangre de su padre describía enigmáticos signos en el suelo. Felipe sobrevolaba su antiguo yo desde la distancia, al modo de aquellos sádicos Pájaros que picoteaban sus enemigos con cólera infinita, y tal vez de ahí le surgió la idea que ahora martillea las conciencias desde la hipnosis de su trazo, tan fresco y claro como enigmáticos eran los charcos de la sangre de su padre. El muchacho huérfano que huyó a Cali encontró en las pinturas la calma que necesitaba y en cada dibujo sepultó sus recuerdos más horribles al tiempo que los lanzaba al público como purga. Pronto deslumbró su habilidad con el pincel a sus profesores, a sus compañeros y a quien estuvo dispuesto a prestarle los pesos necesarios para cruzar el océano y codearse con la nobleza de los lienzos, nada menos que en la Francia de Delacroix, de Monet o de Gauguin.

Felipe Restrepo

Felipe mira al suelo mientras recuerda sus desquites, escondido tras su mirada esquiva, su mantita al hombro, casi que su memoria. ‘Yo creo que las pinturas más que un tema de denuncia es casi como un proceso de catarsis, tanto para mí como para las víctimas, no sé si el arte pueda curar o ayudar a cerrar heridas, pero es el único medio de expresión que conozco. Siendo niño, allá por los años 60 vivíamos en el Tolima, mi papá era comerciante y un reconocido conservador. Me tocó presenciar como lo mataron a cuchillo, se cuenta que fue el famoso bandolero Desquite… El resto de mi infancia y mi adolescencia transcurrió en Cali, relegando ese suceso a un rincón perdido de mi memoria. Luego, como siempre amé el dibujo y era bueno para ello, me fui a estudiar Bellas Artes a París’.

Felipe Restrepo

Estudio para ‘El niño que se pintó en la masacre’

En Francia se origina su segundo desquite y Restrepo vuelve a esconderse tras sus recuerdos, su manta al hombro, su mirada oscura. ‘Allá sucedió algo de lo que no me gusta hablar, pero que tampoco puedo negar. En los años 80, con el narcotráfico y los carteles en pleno apogeo, hubo un boom del arte colombiano. Las obras se compraban para lavar dinero y bueno, no sólo estaban sobrevaloradas, sino que se vendían como pan caliente… Eso dio pie a falsificaciones y otro tipo de negocios… y en medio de ese ambiente elitista, dedicado al comercio de arte estaba Fidel Castaño, yo lo conocí allá, en un momento en que nada de las AUC existían y él era amigo de todos los pintores de la época, Obregón, Oswaldo Guayasamín… En fin, estuve trabajando con él un tiempo…’. Fidel Castaño no era cualquiera. Apodado Rambo, Fidel enlazaba con la categoría de sobrenombres siniestros, los de Malasangre y Capitán Venganza, un avispado vendemotos que comerciaba con vehículos hasta que vio en su paisano Pablo Escobar el camino a seguir. Pero todo se hubiera quedado ahí, en un simple narco de tres al cuarto que ayudaba a su amo, como le ocurrió a Popeye, de no ser por el furioso palpitar que desgastaba al más libre de los Castaño. No, Fidel era mucho más. Para comenzar, era el cabeza de una familia de orates ambiciosos, para seguir fue el hermano de Carlos Castaño, el poderoso y sanguinario jefe de los grupos paramilitares, las AUC, para terminar fue un asesino que dedicó su vida, a partes iguales, a vengar la muerte de su padre a manos de las FARC, a amasar una siniestra fortuna y a acaparar tierras y bienes. Para Fidel trabajó Felipe y se le nota en su mirada: vuelta a su manta, a sus recuerdos, a su melancolía. A los felices días en Medellín, cuando le cortejó la fama, la huida del infierno, la violencia política.

Felipe Restrepo

El niño que se pintó en la masacre

‘Luego sucedió lo del papá (de Fidel) y nació el paramilitarismo… Me ofreció cambiar los óleos por un AK47, pero me alejé de él y nunca volví a verlo… Yo creo que conocer todo el terror y el horror que sembró un hombre a quien creí conocer, me llevó un poco a seguir sus pasos y recorrer el nororiente antioqueño escuchando a sus víctimas. De ahí nace la serie pictórica Desquite, como mi particular Desquite ante la barbarie a través de la pintura y la escultura, que como digo, es el único lenguaje que conozco….’ Pero no es cierto porque su obra es más dibujo que pintura, reducidos los colores de su paleta al negro, el blanco y el rojo, o lo que es lo mismo: al lienzo, a la sangre y a la muerte, porque su obra es más denuncia que dibujo, acompañados sus Pájaros de un audio que a veces se antoja insoportable porque son las propias víctimas de la violencia las que narran sus terribles experiencias mientras Felipe levantaba  con sus óleos Pájaros y Más Pájaros

Es la eclosión de su tercer desquite, el Gran Desquite y, espera, y casi que anhela, el último. ‘Lo de los pájaros nació de manera inconsciente, pero claro está que debía estar en mi cabeza esa idea de Los Pájaros… que recorrían los campos matando rojos…. Y bueno, luego llegaron las Águilas negras… En fin, toda clase de chulos o gallinazos que han poblado siempre nuestra historia de cadáveres’. Felipe no quiere la fama, barrunta. Sólo que sus pájaros vuelen de sala en sala y de país en país, salpicando sangre a los indecisos, repartiendo trazos enigmáticos, como sacados del cuaderno de campo de un naturalista desquiciado, enseñando al que no conoce. Los pájaros de Felipe Restrepo no son una venganza porque de nada sirve ya. Los pájaros de Restrepo son, tan sólo y sobre todo, el Tercer Desquite.