Este post se ha leíd1614veces

 

Ricardo y parte de su familia

Ricardo ha escapado de la muerte cargando con su familia a cuestas tres veces. La primera, por ayudar, supuestamente, a la guerrilla de las FARC. La segunda, según me cuenta, por ayudar, supuestamente, a los paramilitares que luchan contra las FARC. La tercera no sabe muy bien por qué. Como guinda a tanta huida, Ricardo recibió la visita de una joven guerrillera que le pidió por favor que se ocupara de su bebé mientras ella combatía en el monte. ‘¿Cómo iba a decirle que no?’, se justifica mientras el bebé destroza un libro en el interior de su parquecito. ‘¡Qué va a ser de ella!’. Pero, le digo yo, ¿cómo cuida usted el bebé de alguien que le ha echado de su casa?’. ‘¡La vida es así!’, me dice mientras su mujer recorre frenética la choza de madera en la que se acumulan libros y cachivaches, ‘no podía permitir que la niña sufriera porque no tiene a nadie más’. Pero esa niña es fruto de los amores de una guerrillera de las FARC con un guerrillero de las FARC, precisamente el grupo que propició su segundo desplazamiento. ‘Correcto’, afirma flemático Ricardo, ‘pero, insisto, el bebé no tiene la culpa…’

El bebé guerrillero destroza el libro en su parquecito

Ricardo era profesor en el departamento del Meta cuando los paramilitares le descubrieron un paquete sospechoso que resultó tener mucho dinero. ‘Era dinero de la extorsión’, cuenta Ricardo, ‘pero yo no lo sabía: me pidieron guardarlo unos días y sólo lo abrí cuando entraron los paracos’. ‘La cosa es que yo comulgo con las ideas de las FARC’, cuenta Ricardo, ‘pero no con sus métodos: no puedo admitir la violencia’, menea la cabeza, ‘prefiero a Gandhi’. Sus cuatro hijos entran y salen de la miserable choza desconcertantemente limpia, cuidada y aireada en un barrio de chozas miserables construidas a toda prisa y poblada casi que exclusivamente por desplazados del conflicto colombiano. ¡Porque encima la familia tiene ya cuatro niños! ‘Es duro levantarte y no saber qué van a comer pero nos apretamos y  al final conseguimos salir para adelante…’. El gesto de Ricardo y su familia me emociona, tiemblo de pies a cabeza mientras me pregunto: ¿acaso yo sería capaz? ¿capaz de acoger con amor al fruto de las entrañas de quien te ha hecho tanto mal? ¿O sentiría ganas de estrangularlo con mis propias manos? ¡Y eso me hace llorar! Porque me veo convertido en monstruo, enfrentado a la generosidad sin límites de Ricardo y los suyos, capaces de dividir aún más las migajas que les da la vida para repartirlas entre todos. Incluso entre los que no son los suyos. Incluso a los que le han hecho mal.

My beautiful picture

Conocí a Ricardo en un barrio de desplazados por la guerra en el departamento del Caquetá, concretamente en San Vicente del Caguán, cuando la guerrilla de las FARC dominaba la zona. El barrio era sórdido, levantado a base de chozas de madera y zinc en apenas horas, uno de esos barrios donde la gente no tiene nada mejor que hacer que deambular cuando el sol baja de intensidad, una de esas zonas sometida a tiroteos esporádicos, borracheras desesperadas y la llegada de gentes asustadas. Uno de esos lugares. Ricardo quería construir un colegio de verdad, ‘yo era maestro de escuela, ese era mi trabajo antes de pasarme la vida huyendo’.

My beautiful picture

My beautiful picture

De hecho Ricardo es un tipo tan activo que elaboró un censo con todos los menores del barrio y le salieron noventa niños sin más actividad que darle patadas a un trapo o ir a recoger agua. ‘A mí me gustaría estudiar economía y vivir en Cuba’, dice el chaval mayor como de pasada mientras entra a coger alguna cosa, ‘y a mí que me pagaran los cinco meses que me dejaron a deber antes de huir por última vez’, dice Ricardo. ‘Pero esa platica no llegará en la vida’ reconoce, ‘así que estoy pensando que si cada vecino aporta lo suficiente puedo montar un colegio callejero y dar clases en las calles’. De hecho ya tiene hasta el nombre: Fondo de Servicios Docentes, Invasión de San Vicente del Caguán. ‘A las FARC les interesó el proyecto pero resulta que los vecinos no tienen tan claro eso de que educar a los niños sea una buena idea y después de una discusión que debió de ser antológica algunos incluso abandonaron la invasión y se marcharon a otros lugares.

My beautiful picture

My beautiful picture

‘Lo peor es que como nos organizamos de modo precario el gobierno de la ciudad dice que no invierte en la zona porque somos ilegales y nos buscamos la vida medianamente bien’. Porque las chozas que han brotado como setas están en un terreno privado, concretamente la finca de un terrateniente con mucho dinero que, cosas de la vida, se lleva bien con las FARC y hasta les paga su impuesto por millonario. ‘Nos gustaría comprarles la tierra y darles un futuro a nuestros hijos’, dice Ricardo, ‘porque el terreno estaba desperdiciado, baldío, y ahora al menos le damos un aprovechamiento’. También intentaron que lo comprara el ayuntamiento pero el alcalde les dijo que no iba a admitir que un grupo de desarrapados les montara un barrio en una propiedad privada y que los echaría en cuanto pudiera. ‘Atrévase’, le dijo Ricardo, ‘y le echo a todos los vecinos encima’. ‘Como protesta daremos clase en la calle’, dice Ricardo mientras el bebé termina de destrozar un libro de cuentos infantiles.

My beautiful picture

El barrio parece desierto, vacío, los tejados de zinc, las paredes de madera, el suelo irregular. ‘Sólo tenemos tres canecas de agua para cincuenta y cinco familias’, dice Ricardo, ‘no podemos crecer y estamos condenados al subdesarrollo’. Su discurso impresiona, la biblioteca que tiene en un rincón impresiona, sus cuatro niños tan educados impresionan y la bebé hija de una pareja de guerrilleros que no quieren ocuparse de ella porque están muy ocupados expulsando a gente como Ricardo, impresiona también. Le imagino entonces arrastrando una carretilla repleta de libros, los de su amada biblioteca, las pertenencias de su familia, a sus cuatro hijos y, en la próxima huida (que la habrá) un carrito con el bebé adosado de una guerrillera y de un guerrillero de las FARC. ‘De momento sólo treinta niños se han apuntado a nuestra idea de clases callejeras, espero que con el tiempo y el ejemplo los demás se unan y hagamos fuerza’. ¿Y cómo hace para alimentar a su familia numerosa si no le pagan y se pasa el día huyendo?. ‘Este país puede ser un paraíso pero se ha quedado en un infierno’. No es para menos: a sus 46 años Ricardo se ha pasado gran parte de su vida huyendo. ‘Me conformaría con que alguien nos garantizara la vida’, dice emotivo, ‘tan sólo eso: la vida…’. Y ahí acaba la conversación: el bebé de la guerrillera llora. Tienen que atenderlo.

My beautiful picture