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falsos positivos por Hachero
Miguel Enrique Jiménez Chamorro salió de su casa de Toluviejo, en el departamento de Sucre, nervioso y maqueado, se despidió de sus padres con la esperanza de que el aviso que leyó en la prensa fuera el de la suerte y sus días dejaran de ser tan largos como tediosos. Fue la última vez que los vio y la última vez que lo vieron. Vivo al menos. Desde el retrato en blanco y negro que sujeta su padre en la plaza Bolívar de Bogotá Miguel Enrique nos mira a nosotros, los vivos, con gesto serio, sus labios fruncidos, su pelo crespo, rezuma juventud y parece abstraído, tal vez desde el otro mundo aún no ha asumido que está muerto porque él, recuerden, sólo había salido un momento. Un momentico.
Su sola presencia es un grito silencioso, callado, embutido en su traje de chaqueta, parece que le apriete la corbata. Sus padres no volvieron a verlo así. Había salido vestido de elegante para probar suerte en una oferta de trabajo. Como él, otros diez jóvenes acudieron a la trampa que les costaría la vida. El cebo era una oferta de trabajo con un sueldo de algo menos de trescientos euros al mes. El tramposo: el mayor Orlando Arturo Céspedes, segundo comandante de la Fuerza de Tarea Conjunta de Sucre. No fue el único. En busca y captura se encuentra el comandante de la base: Luis Fernando Borja Aristizábal. Los once jóvenes fueron secuestrados, vestidos de guerrilleros y asesinados a tiros. Sus cadáveres aparecieron acribillados, vestidos de subversivos, objetivos de los fotógrafos de prensa, a los pies de unos soldados orgullosos por haber cumplido con su deber. Miguel Enrique entró entonces a formar parte de la estadística con la que el ejército colombiano sorprende a sus ciudadanos. Los gloriosos militares habían acabado con todo un grupo de guerrilleros de las FARC. La realidad era más dura porque sólo eran once jóvenes sin empleo a los que engañaron con una falsa promesa de trabajo para poder matarlos mejor.
Lo peor de todo es que detrás de esas muertes se esconde el cobro de una recompensa. Desde 2005, gracias al esfuerzo del entonces ministro de defensa, Camilo Ospina, el gobierno colombiano premia a sus soldados por cada guerrillero o paramilitar muerto en combate con algo menos de dos mil dólares. Desde aquel caramelo envenenado, los militares colombianos han asesinado a cientos de civiles inocentes: en la fiscalía constan 1043, las asociaciones hablan de más de dos mil quinientas personas, en la calle se habla incluso de cinco mil. Cientos de ciudadanos que no eran ni guerrilleros ni paramilitares, me refiero. Cientos de recompensas que resultaron mucho más fáciles de cobrar que enfrentarse a esos cientos de guerrilleros o paramilitares que, entre otras cosas, pueden defenderse y hasta matar soldados. Sin duda, un trabajo honorable, un trabajo bien hecho, un dinero fácil y una tarea heroica. Tras cada muerte se esconde una recompensa, una fotografía en los diarios, el minuto de gloria en la televisión, un apretón de manos del superior jerárquico, unas palabras pomposas del político de turno alabando la labor de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado en la eterna lucha contra Eurasia. Perdón: contra el terrorismo. A los pies están los muertos, muertos acribillados, balaceados, tiroteados. Son agricultores de zonas remotas, jóvenes delincuentes de barrios conflictivos, indigentes que duermen en la calle, niños mendigos, opositores de izquierda, sindicalistas. Son desechos de la sociedad, gente que no tenía que protestar, son un sobresueldo para oficiales, para soldados obedientes, son estadísticas para tranquilizar a los lectores de la prensa.
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Le propongo un ejercicio de imaginación. Imagine que su hijo ha desaparecido, que lo busca por todas partes, que no aparece, que se pone en lo peor y que un mal día, su hijo aparece, muerto, acribillado, vilipendiado, dicen que es una basura, un guerrillero, que se merece lo que le ocurre y que bien muerto está. Imagine que lo ve tumbado sobre la camilla, los agujeros de las balas han desgarrado su cuerpo, su pecho reventado, su rostro sobresaliendo de una bolsa de plástico. Imagine ahora que se introduce usted mismo en esas bolsas, bolsas de cadáveres, bolsas de muerto, bolsas que te traen el recuerdo de su hijo muerto, de las noches de infructuosa espera, las lágrimas, el horror. El horror más grande pero usted, campesina iletrada de una aldea remota de alguna selva colombiana, recorre miles de kilómetros para meterse en esa bolsa de cadáveres donde reposó su hijo, Miguel Enrique, al que despediste con una sonrisa porque estaba usted seguro de que, esta vez sí, encontraría trabajo. Y lo hace ante el parlamento de su país para que, al menos provocando vergüenza, alguien ponga fin a esa indignidad. Pero póngase en algo peor: póngase en que nadie le escucha y que nadie le mira. Así protestaron decenas de agricultores venidos de las zonas rurales más remotas de Colombia.
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El valeroso mayo Orlando Arturo Céspedes, responsable de la muerte de esos once jóvenes, once que sepamos, ha sido capturado recientemente gracias a la tarea de la fiscalía de la unidad nacional de derechos humanos y derecho internacional humanitario. El comandante Fernando Borja sigue en paradero desconocido.
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Todo comenzó en Soacha, un municipio pegado a Bogotá, a finales de 2008. Diecinueve jóvenes de esta ciudad, y algunos más de la conflictiva Ciudad Bolívar, una enorme extensión de barrios humildes al sur de la capital formada, sobre todo, por refugiados de la guerra, desaparecieron de pronto y apenas unas horas después volvieron a aparecer, todos muertos y engrosando las filas de la guerrilla: habían fallecido en varios enfrentamientos con el ejército. El escándalo creció como el pan en el horno, los casos se multiplicaban por todo el país. Alguien me contó en Bogotá que un soldado recibió la orden de ejecutar a un peligroso guerrillero que resultó ser su propio hermano. De pronto el asesinato era más lucrativo que nunca: sólo hacía falta una bala y un uniforme roñoso de guerrillero para que el estado te pagara un sueldo ocho veces superior al que gana un colombiano medio. Philip Alston, relator de la ONU para este caso en concreto, denunció que la impunidad alcanzaba el 98.5% de los casos. Los familiares de los desaparecidos y de los falsos positivos, como se dio a conocer el caso en Colombia (positivo es un enemigo muerto en jerga castrense) montaban espectáculos por doquier, en la plaza Bolívar de Bogotá, ante la fiscalía general, montaban campamentos, organizaban largas caminatas. La cifra de inculpados no crecía: si acaso, disminuía. Decenas de militares encausados en estos crímenes salían en libertad, y siguen saliendo, porque sus casos, decían los jueces, habían vencido (¡!!). El ministro que encabezaba la cartera de Defensa cuando el escándalo se hizo público no sólo no dimitió: hoy es el presidente del país. El ejército inició una purga, eso es cierto, pero una purga pequeña, una purguita, podríamos decir.
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Rosa tiene la foto de un muchacho en una secuencia. Ha venido desde el norte del Magdalena Medio, me dice. Ha dejado su rancho, sus gallinas estarán pasando hambre, cae al pronto preocupada, quién regará su huerto, cómo de sucia estará la casa. En una foto se ve a un muchacho regordete, serio y con bigote, el pelo corto y crespo, abundante, me da envidia porque me estoy quedando calvo a marchas forzadas. El muchacho no es tan muchacho porque en un año cumplirá cuarenta. Cumpliría cuarenta. Lleva un polo azul manchado y roto por el cuello. Unos raídos vaqueros, en una mano agarra una azada. En la siguiente foto hay un cuerpo desnudo tumbado en una camilla. Está amoratado, no tiene bigote reconocible, el labio superior está hinchado, le ha desaparecido un ojo, su pecho muestra varios orificios que parecen de bala. No parece el mismo hombre pero Rosa asegura que sí, que es el mismo, y que ambos son su hijo.

 

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Hace apenas una semana fueron capturados otros cinco militares por asesinar indigentes para ‘falsos positivos’: FALSOS POSITIVOS. Los asesinatos, pues, siguen, a pesar de que Juan Manuel Santos, hoy presidente de la nación, cerró el caso en 2009 asegurando que se trataba de hechos acontecidos en el pasado que jamás volverían a repetirse. Pero sí, se repiten y Santos hoy es, insisto, presidente del país.
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Y son los indigentes los que engrosan en mayor número los falsos positivos. En el invierno de 2009 volvía a casa por la avenida Séptima de Bogotá, tras una noche de copas, cuando un amigo comenzó a dar gritos en la noche. Las calles estaban vacías, era ya madrugada, y un cuatro por cuatro estaba aparcado en la acera en una ciudad donde los coches no aparcan en las aceras. Un vehículo con placas oficiales. Cuatro indigentes caminaban como zombies, completamente colocados, tras un tipo cubierto con un casco de moto, rumbo al cuatro por cuatro. Yo no caí en nada hasta que mi amigo comenzó a gritar. ‘Hijueputas, huyan, huyan, los van a matar’. Pensé que el alcohol le había hecho un extraño efecto pero el cuatro por cuatro arrancó a toda prisa y se perdió por la avenida. Los indigentes, inmersos en su propio mundo, siguieron deambulando sin comprender. Una moto apareció de la nada mientras el tipo del casco se nos acercó intimidante y nos amenazó de muerte. ‘Seréis los próximos’, nos dijo, se montó de paquete en la moto y desapareció en la noche. La amenaza no era una broma. Mis amigos dejaron de frecuentar el centro de la ciudad por unos meses. Les habíamos hecho perder casi ocho mil dólares…

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Estas son las notas que escribí entonces, muy afectado por esta historia. Las dejo tal cual.

Los muertos no sienten ni padecen.
Al menos, que sepamos nosotros.
El cadáver entra en la bolsa para cadáveres y ahí se queda. Sus heridas manchan el blanco inmaculado de la bolsa, puede que de rojo, puede que de marrón, puede que de verde, incluso en algunos casos me han dicho que de amarillo. Los muertos no son muy limpios y no tienen habilidad para evitar las manchas.
Los vivos sí. Si no están borrachos ni alterados, evitan manchar, sobre todo si van a permanecer algún tiempo dentro de la bolsa.
Claro que ¿quién en su sano juicio querría permanecer vivo largo tiempo dentro de una bolsa para cadáveres? El aire fresco del exterior es mucho más reconfortante que una bolsa para cadáveres. Por muy blanca que sea, produce angustia, da mal rollo.
Estoy delante de decenas de personas que se meten voluntariamente dentro de bolsas para cadáveres y veo cómo se agitan nerviosas. Algunas sonríen apesadumbradas, otras no sonríen porque el pesar les puede, otras se ríen abiertamente porque les parece gracioso. Cuando están dentro de las bolsas para cadáveres se tumban en el suelo y se hacen pasar por muertos. El público mira la escena horrorizado pero hay un ronroneo de comentarios interrumpidos tan sólo de cuando en cuando por el flash de alguna cámara. De todos modos, no hay mucha gente, la escena no es muy atractiva y a pocos metros hay payasos, grupos callejeros que tocan música tropical y atractivas muchachas con pantalones muy ceñidos.Los falsos cadáveres no pueden permanecer mucho tiempo en total quietud. Alguno se mueve buscando la mejor postura, otro se agita nervioso porque lo está pasando realmente mal dentro de su bolsa para cadáveres. Muchos sujetan como pueden una foto, que colocan a modo de lápida. Son fotos de personas que miran serios al espectador. Una señora hace auténticos equilibrios para sujetar con dos dedos la foto de un señor con bigote que mira muy serio a cámara. Los dedos salen misteriosos de un fondo blanco que se estira desde el interior de la bolsa para cadáveres.
Un señor, asfixiado, saca la cabeza de la bolsa para cadáveres y asoma sobre una foto de un muchacho con un tenue bigotito que también mira serio a la cámara. Con una mínima observación puede notarse el parecido del señor que saca su cabeza de la bolsa para cadáveres porque se asfixia con el muchacho que mira circunspecto al infinito. El parecido es extraordinario, parece él mismo años atrás.
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En una de las bolsas para cadáveres alguien ha colocado un cartelito escrito a máquina. ‘Fosa común de Turbo’. Turbo es una ciudad que está cerca de la frontera entre Colombia y Panamá. Luego estas bolsas simulan provenir de una fosa común. Atamos cabos para comprender la acción que se desarrolla a nuestros pies. Otra bolsa para cadáveres muestra otro cartel. Y otra más allá. Fosas comunes. Imitan a los cadáveres encontrados en fosas comunes en distintas partes del país.

Y las fotos son los muertos encontrados en esas fosas comunes. Ahora es más comprensible.
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Pero, ¿quiénes son estas personas que se introducen en esas bolsas para cadáveres sin serlo ellos mismos? ¿Por qué colocan las fotos de los cadáveres mirando serios al infinito?
Son sus familiares, susurra alguien.
¿Sus familiares? ¡Cómo va el familiar de un muerto a hacerse pasar por muerto y reproducir el tránsito de su familiar de la tierra al más allá! ¡No me lo creo!

Todo comenzó cuando el gobierno pensó que sería una buena idea recompensar a los militares por la captura de esos molestos guerrilleros que alborotan parte del país. Por cada subversivo muerto, les dijeron, les daremos tanto dinero. Y los militares se esforzaron en encontrar nuevos campamentos, en desarticular comandos urbanos, comandos rurales. Un día alguien pensó que ya estaba bien de tanto trabajo: en los barrios pobres, que son la mayoría, pululan miles de ladronzuelos, de traficantes, prostitutas, y qué decir de las veredas perdidas, donde los campesinos sobran porque en este país no caben todos. La idea cundió, se arraigó, se extendió, prendió en la mente de los soldaditos, de los oficialitos, de los altos carguitos, de los cargos altos, del mismo alma del ejército nacional. Los soldados patrullaban las calles de Soacha, por ejemplo, y veían que aquellos dos muchachetes tienen mala pinta, que diría aquel. Los metían en un coche y no se les volvía a ver. Vivos, claro, porque muertos sí que aparecían. Vestidos de guerrilleros, con multitud de golpes, atravesados por balas, destrozados.

Dicen que demostrados hay más de mil cuatrocientos casos pero que pueden ser más de cinco mil. Cinco mil casos son muchos casos. Y mucho dinero en recompensas.

Una mujer, a mis pies, transmuta su rostro en zarza ardiente. Sufre, es evidente, los músculos de su cara se contraen, sus labios apretados denotan tensión, achica los ojos y sube, con sus manos regordetas, la bolsa hasta la altura de su frente. Se esconde mientras intenta sentir lo que sintió su familiar cuando entró en una bolsa como aquella.

Pero qué tontería: su familiar no pudo sentir nada porque cuando entró en una bolsa como aquella ya era un cadáver. Porque es una bolsa para cadáveres. Ya era carne inerte, carne macilenta, golpeada, su sangre ya no fluía, su corazón no latía ni sus ojos veían el blanco inmaculado de la bolsa para cadáveres. Claro que ella sí. Es indígena, la delatan sus rasgos, y en su cultura la muerte tiene una connotación de alegría que su mueca no transmite. Su hijo murió por chorizo, miren qué pinta tiene el mozo, cómo no va a morir. Ese cabello largo por la nuca, esas sienes afeitadas, cuántas carteras no habrá robado en vida. Quién lo va a echar en falta más que su madre, porque madre no hay más que una. Cómo iba a imaginar el soldado que lo fusiló que también lo echaría en falta yo, que no soy ni del país, usted, que me lee, aquel grupo de derechos humanos, qué alboroto por un simple ladronzuelo, este mundo va al revés, ver para entender.
Entras en una bolsa destinada a recibir cadáveres. Te metes e intentas imaginar cómo es ser un cadáver. Y no cualquiera. No. Imaginas cómo debió de ser el momento en el que tu hijo entró en una bolsa como aquella mientras tú estabas en casa preguntándote a cada minuto qué habría sido de él. Imaginas que eres tu propio hijo muerto y representas ese fúnebre teatrillo ante las puertas del congreso de la nación. Precisamente el que tuvo la idea que costó la vida a gente como tu hijo. Permaneces inmóvil, expectante. Te molesta el latido de tu corazón porque te recuerda que estás viva y que tu hijo no lo estaba cuando entró en su bolsa para cadáveres. Aunque cierres los ojos el bum bum de tu corazón te molesta. Porque además se acelera y suena tan fuerte que no escuchas ni siquiera el murmullo de los espectadores. ¡Qué molesto es tener corazón!
De pronto sacas la cabeza porque te ahogas aunque tengas aire de sobra. Ves a la multitud, te deslumbra un flash, ves un foco de televisión.
Y más allá, ves sombras que rodean la protesta.
Y ves que son ellos, que han vuelto, y que esta vez irán a por ti. Son los soldados desplegados para evitar que se produzcan disturbios a las mismas puertas del congreso de la nación. Puede que alguno de ellos introdujera el cadáver de tu hijo en una bolsa para cadáveres como la que ocupas tú ahora mismo. Y sientes deseos de morirte de verdad.
Luego te levantas, recoges tu bolsa, cargas con tus heridas a cuestas y te pierdes por la calle Séptima, mezclándote con las muchachas de pantalón ceñido, los grupos de música tropical, los mimos y los carteristas. Se respira alegría y animación, es viernes, la gente sale y se divierte. Tú ya no te diviertes ni te divertirás nunca más porque has estado dentro de la bolsa para cadáveres y has sentido lo que sintió tu hijo muerto, si es que sintió algo, y ahora tendrás que vivir con eso para el resto de tu vida.