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campos de palma africana por Hachero

Desde el aire los cultivos de palma Africana son hipnóticos, líneas paralelas trazadas en un fondo verde que se pierden en un fondo también verde, surcadas tan sólo, de cuando en cuando, por alguna carretera secundaria. Los enfoques y desenfoques, tanto del ojo como de la cámara, ayudan a percibirlos como cuadros impresionistas, parecen irreales pero no lo son, son muy reales, hay miles de jóvenes brotes de palmeritas de origen africano, palmeritas que ocupan hoy el espacio que les han robado a la antigua selva, la selva más selva de todas las selvas, la Amazonía, o la Orinoquía, selvas que se diluyen tras las líneas paralelas de dibujos borrosos sobre un tapete también borroso.
 
 
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A ras de suelo el paisaje también se antoja inquietante, silencioso, sin apenas movimiento de pájaros, palmera tras palmera hasta un horizonte en el que un promontorio parece anunciar también que el cultivo continuará igual hasta el infinito en una horrorosa idea que termine por abarcar el planeta entero.

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La carretera que une el departamento del Meta con el del Guaviare ofrece al viajero uno de los más claros ejemplos de monocultivo: en el mapa leo que hay selva pero en la realidad sólo hay palmeras. Hileras de palmeras, palmas pequeñas, medianas, grandes, palmeras que se venden en grandes macetas en comercios a pie de carretera, semillas de palmeras, palmeras, palmas y palmitos. El monocultivo ha empujado a la selva mucho más allá, donde no molesta, o más bien, donde molestan las FARC y los empresarios dedicados a esta siembra no pueden hacer su trabajo. 
 
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El espectáculo es magnético, comparable a los grandes cafetales que se ven desde la carretera de Caldas, o a los que pueden contemplarse en los extensísimos bananales de la region de Esmeraldas, en Ecuador. O, por qué no, una imagen muy parecida a la que ofrece la provincia de Jaén, en España, tan repleta de olivos que uno se pregunta si existió alguna vez otro árbol en esas tierras. Pero sí, debió de haberlos, y del mismo modo en el departamento del Meta existieron otros árboles, recios troncos pertenecientes a selvas primarias, las del Orinoco y las de la Amazonía, árboles anárquicos que crecían en posiciones anárquicas y recorridos anárquicamente por toda especie de animal que deambulara por la zona. Hoy sólo crecen palmeras, palmeritas y palmas. La palma Africana.
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La palma Africana es una planta tropical que brota alegre en climas cálidos pero que proviene originalmente del golfo de Guinea. Dicen que llegó a América a través de un viaje de Cristóbal Colón, en el siglo XVI, probablemente al Brasil, y poco más tarde irrumpió en Indonesia para colonizar también el sudeste asiático. La palma Africana agarra bien, es fuerte, puede alcanzar los cuarenta metros de altura y produce un fruto que recuerda a una almendra aceitosa: y en este epíteto, el de aceitoso, se encuentra su poder y su polemica. El aceite de la palma puede comercializarse en su forma líquida pero también como margarina, como crema, puede fabricarse jabón, detergente, cosméticos, velas y hasta lubricantes. Su producción roza el 25% de todos los aceites vegetales del mundo, sólo detrás del aceite de soja, aunque tiene una ventaja mucho mayor: para producir lo mismo que una hectarea de palma Africana se necesitan diez de soja y nueve de girasol. Una cantidad de aceite tan grande y en tan poco espacio que pronto se cayó en que podia sustituir al bien más demandado del planeta: el petroleo, la producción en masa de biodiésel. 
 
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Un negocio redondo y que no tenía mucho misterio porque en Colombia ya crecía alegremente desde la década de los años cuarenta, cuando la United Fruit Company le dedicó una planta en el departamento del Magdalena, un cultivo que incluso fue apoyado por el gobierno en su desesperada búsqueda de un maná que acabara con las emergencias alimentarias que regularmente azotaban el país. El cultivo creció y creció y hoy son más de doscientas mil las hectáreas dedicadas a esta siembra y Colombia el quinto país del planeta con más de dos mil seiscientos millones de toneladas de aceite que producen estos simpáticos arbolitos.
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Millones de toneladas que alcanzaron dimensiones épicas en las mentes de los avispados empresarios colombianos porque el negocio era perfecto: primero se despejaba la zona de molestos guerrilleros, y con ellos, molestos campesinos, y con ellos, y en las zonas más profundas, molestos indígenas. Luego se sembraba coca, o adormidera, y cuando la tierra, exhausta, lloraba sangre verde, se dividía en grandes fincas para el ganado y para la palma africana, esta última subvencionada además por el estado. El ganado creció como por ensalmo y pronto Colombia se convirtió en el cuarto productor de América Latina. Y los cultivos de palma también crecieron, incentivados en muchos casos por las autoridades, y además, decían los empresarios, hacemos un favor porque exterminamos a esos molestos guerrilleros que hablan todavía de marxismo y otras majaderías.
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Los crímenes asociados al cultivo de la palma Africana comenzaron hace muchos años: en 1995, en el pequeño municipio de San Alberto, en el Magdalena Medio, tres trabajadores fueron asesinados a tiros por miembros de la policía nacional. A partir de ahí, el goteo es incesante y los desplazamientos también. La palma se convirtió en símbolo del movimiento paramilitar, del control del territorio y de los cultivos sustitutivos de la hoja de coca. Por la palma han muerto indígenas y campesinos, guerrilleros y líderes sindicales, por la palma han matado los paramilitares y policías nacionales, y hasta militares bajo sueldo de los terratenientes, soldados que, en el colmo de la desfachatez, patrullan las grandes fincas como si fueran guardias de seguridad privados.
 
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La Unión de Cultivadores de Palma de Aceite en el Urabá (Urapalma S.A.) es una sociedad anónima con sede en Barranquilla y dedicada a la producción agrícola en unidades no especializadas, según reza su ficha en el directorio de empresas de Colombia. Una empresa que cultiva palma africana para la obtención de aceite, un producto que podrá ser utilizado en máquinas con motor de explosión, lo que habitualmente se conoce como biodiésel. Porque el objetivo de Urapalma es, precisamente, ese: producir biodiesel en grandes cantidades. Un sustitutivo de los combustibles fósiles porque, hace unos años, se pensaba que el imperio de las gasolinas estaban abocados a un abrupto final, casi que inmediato: tanto que a los empresarios colombianos les entró una loca prisa por acaparar terrenos para sembrar la famosa palmera.
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Pronto surgieron las primeras denuncias: los empresarios, en su afán por conseguir tierras en un país que por cierto las tiene por montones, expulsaban a los campesinos de sus aldeas, a los indígenas de sus reservas, desbrozaban selva primaria, secundaria y hasta cuaternaria si fuera preciso, la sed de tierras para sembrar palma Africana alcanzó el paroxismo de las burbujas avariciosas: curiosamente coincidió en el tiempo con la burbuja inmobiliaria que volvió igualmente avariciosos a los vecinos de todos los pueblos españoles: mientras unos sembraban ladrillos, sus parientes del otro lado del Atlántico sembraban palmeras. Claro que estos últimos desplazaron a un número sin determinar de personas que terminaron engrosando las listas de refugiados en un país que lidera el rankin mundial de refugiados.
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El 5 de febrero de 2008, el sindicato de trabajadores de la industria de alimentos Sinaltrainal acusó directamente a Urapalma de apropiación illegal de territorio, destrucción deliberada y masiva del ecosistema por la implementación y expansion del monocultivo de palma aceitera, violación de derechos humanos y vínculos con grupos paramilitares. Comenzaba así una pelea juridical que se reveló paralela a la pelea que se vivía en muchas regiones del país. El sindicato aseguraba que se trataba de un plan trazado muchos años atrás y que se remontaba a operaciones militares realizadas en los años noventa que habían culminado con el despeje de amplias zonas de campesinos para comenzar a principios del 2000 la siembra de la polémica palmera. El escrito de acusación hablaba también de 113 crímenes, 15 desplazamientos forzados, acciones bélicas realizadas por todos los actores del conflicto colombiano. Tirando del hilo salió que tras la firma se encuentran unos viejos conocidos de los colombianos: los hermanos Castaño, los jefes de las sanguinarios grupos paramilitares conocidos como Autodefensas. 
 
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A mediadios de 2010, Carlos Daniel Merlano Rodríguez, asesor jurídico de Urapalma, aceptó los cargos que se le imputaban: concierto para delinquir, desplazamiento forzado e invasion de áreas de especial importancia ecológica, y Merlano además reconoció que la empresa fue creada en exclusiva para desarrollar un proyecto de Vicente Castaño, el hermanísimo de Carlos, de Carlos Castaño, uno de los mayores asesinos de la historia reciente. Para el que no conozca a Carlos Castaño, su biografía está en wikipedia: vida y obra de Carlos Castaño, pero como presentación diré que fue hombre muy cercano al narco Pablo Escobar hasta que terminaron enfrentados y ayudó a su muerte, que luego formó las Autodefensas Unidas de Colombia, la más sangrienta pesadilla paramilitar del país, que fue reconocido él también como importante narco y que estuvo detrás de los asesinatos de tres candidatos presidenciales. Su hermano, Vicente, Vicente Castaño, también fue un conocido paramilitar, narcotraficante y comandante de las Águilas Negras (un grupo de limpieza social), y llegó a recibir casi tres millones de dólares del Fondo para el Financiamiento del Sector Agropecuario por sus cultivos de palma africana, aunque no podrán pedirle cuentas porque murió en un oscuro episodio y su cuerpo nunca pudo ser recuperado. Curiosamente como su hermano, Carlos, y como su hermano Fidel, todos muertos en oscuros enfrentamientos y todos con cadaveres irrecuperables para contrastar sus óbitos…
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En mayo de 2009, la fiscalía general de Colombia convocó una audiencia pública para decidir el futuro de Coproagrosur, una cooperativa de cultivo de palma de aceite del norte del país que resultó ser propiedad de un violento y asesino jefe de otros grupos paramilitares cuyo nombre aún aterroriza a los colombianos de bien: Macaco, el seudónimo de Carlos Mario Jiménez, autor confeso de la muerte de 4.000 civiles. Cuatro mil civiles.
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El fundador del Foro Social Mundial, el sacerdote François Houtart estima que el cultivo de plantas productoras de biodiéseles desplazará en todo el mundo a más de sesenta millones de campesinos y dejará inhóspitas grandes extensiones de tierras que hoy son selvas. Dice, por ejemplo, ‘he caminado kilómetros en las plantaciones del Chocó, en Colombia, y no he visto un ave, ni una mariposa, ni un pez en los ríos, a causa del uso de grandes cantidades de productos químicos como fertilizantes y plaguicidas’ (monocultivos por François Houtart). Y eso es lo que se siente en estos grandes palmerales, la vida que brota a raudales en las selvas ha sido sustituida no sólo por grandes palmerales, o cafetales, o bananales, u olivares: se ha llevado el ruido, el movimiento, el sabor. Ya no hay campesinos, ni bichos: sólo paz, silencio.  El silencio de un camposanto.
Para más información sobre la palma africana puedes pinchar aquí:  historia de la palma africana en Colombia