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Hasta donde se extiende la vista: sal. Un desierto blanco, charcos que parecen espejos, montículos de sal, un cielo límpido y sin nubes.

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También están los indios. Los wayuus. Con el agua hasta los tobillos, empujando carretillas llenas de sal, hombres, mujeres y niños. Estos últimos miran con mirada triste, las mujeres con mirada como de guasa, los hombres con mirada desalentadora, derrotada.

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Son las minas de Manaure y la estampa corresponde a principios del siglo XXI porque hoy están cerradas y sin actividad. Aunque no por mucho tiempo porque una empresa venezolana ha conseguido la concesión y comenzará a explotarlas en breve. Así que las miradas tristes, iracundas y derrotadas volverán a los charcos que parecen espejos y abandonarán los sombrajos de las rancherías, las sombras de los cactus y de los tugurios de mala muerte donde ofrecen platos de frijoles con algo que parece carne. Pero difícilmente dejarán la tristeza, la ira y la derrota, estén donde estén.

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La señora Chayo meneó la cabeza con pesimismo y sentencia: ‘el principal problema de los wayuus somos los propios wayuus’. La miré extrañado porque la autoinculpación colectiva no deja de producir sorpresa. ‘Es una tristeza decirlo’, continuó la señora Chayo, ‘pero no nos ponemos de acuerdo nunca, siempre hay intereses personales que anteponer al bien de la comunidad…’. A su alrededor zumbaban moscas y los perros corrían a protegerse del inclemente sol bajo cualquier atisbo de sombra. La costa del mar Caribe en Manaure no se corresponde a lo que uno espera del más célebre de los mares tropicales: el sol cae a plomo, el asfalto arde, la vegetación es rala y escuálida, el hotel de la ciudad es un infecto sumidero que haría las delicias de cualquier entomólogo y la pobreza de los vecinos es evidente.

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La única riqueza de la ciudad parece provenir de las enormes minas de sal a cielo abierto que, me cuenta Chayo, eran el principal empleador de la región. ‘También está la pesca pero es casi peor y cuando quiera le hablo de cómo han desviado el río Ranchería o se quedan con las indemnizaciones colectivas para comprarse cuatro chivos…’. La señora Chayo, o Rosario Epieyú, sabía bien de lo que hablaba: antes de que yo hubiera nacido ya defendía los derechos de las mujeres que se desloman sacando sal a carretillas de aquel infierno blanco y en luchas sindicales se forjó un nombre de leyenda.

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Desde el aire se aprecia la magnitud de las salinas: Manaure, en comparación, apenas ocupa espacio…

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Años después de nuestra conversación, la Sociedad Salinas Marítimas de Manaure, conocida como SAMA, liquidó a finales de 2014 a todos sus trabajadores y les pagó unos salarios atrasados durante lustros. Un gesto que volvió a ilusionar a todos los wayuus pero que mostró  en toda su crudeza el vaticinio de la señora Chayo. Los wayuus no fueron capaces de gestionar una de las principales fuentes de riqueza local y ahora devuelven la concesión de las minas a una empresa especializada, en este caso de Venezuela. SAMA se constituyó en 2004 y los accionistas principales eran tres asociaciones indígenas wayuu y la alcaldía de la ciudad de Manaure. La nueva explotadora pretende construir una refinería y una planta de polipropileno y producir un millón de toneladas anuales de una sal que, una vez empaquetada puede rondar los 2500 dólares por tonelada…

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La idea del gobierno pasaba por desviar los grandes beneficios a los indígenas de la región porque el 70% de la sal que se consumía en todo el país venía de estas salinas. Sin embargo, las luchas que proféticamente me denunciaba la señora Chayo terminaron por poner en peligro la administración de la empresa y en 2011 terminó por cerrar. Si los salineros vivían en una miseria salada cuando los conocía, no puedo ni imaginar cómo se encontrarán ahora, sin trabajo.

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Subido en un mototaxi, me dirijo a las salinas. No es difícil encontrarlas: la superficie total es de 4.071 hectáreas, o cuatro mil campos de fútbol (aunque la comparación no es del todo exacta…). Es temprano pero el calor ya impresiona. Justo en los límites de la ciudad, las salinas. Bajo el aplastante sol de la mañana una hilera de personas se desloma cargando sal. Son indígenas wayuus y su jornada laboral es tan corta que a mediodía ya están en casa, a la sombra. No es para menos. Llego antes de las ocho y el sol ya es inclemente, abrasador, imposible. ‘Pues acá llevamos desde las cinco de la mañana’, cuenta un minero que me ve resoplando aplastado por el calor. Apenas puedo abrir los ojos: la luz rebota en la sal y crea un halo lo mismo de contraste que de exceso de brillo y mi cámara sufre más que mis poros abiertos.

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Son las minas de sal más importantes de Colombia, las minas de Manaure. Cuatro mil hectáreas de salinas que convirtieron la región en una suerte de reino del oro porque la sal ofrecía un rendimiento de oro blanco. Una riqueza que, como suele ser habitual, pasaba de largo ante las narices de los wayuus que sólo recibían limosnas en migajas y un sol de justicia. De hecho, el 70% de la sal que se consumía en toda Colombia llegó a venir de estas explotaciones. Con el agua hasta los muslos, un niño de apenas diez años arrastra una pesada carretilla llena de sal hasta los bordes. No lejos de él, un grupo de mujeres forman coros de bailarinas envueltas en las llamativas telas wayuu ejecutando complicadas danzas de pala en las aguas quietas de las lagunas salinas. Me miran divertidas: un arijuna (un no wayuu) que se acerca a echarles unas fotos. Saludan sonrientes. Saludo. Una de ellas chapotea furiosa y me echa agua. Me despido.

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Bajo una sombrilla, apenas a las ocho de la mañana, doña Rosario persigue mineros cuaderno en mano, apunta las carretillas que cada uno traslada y se define sin ambigüedades: ‘soy capitalista’. Doña Rosario posee una porción de salinas, un cuadrado de apenas cinco metros cuadrados, y paga a sus trabajadores mil pesos (unos 35 céntimos de euros) por cada carretilla que traen. ‘Y un desayuno’, apunta doña Rosario, ‘también les doy un desayuno’, dice mientras rebusca con la mirada que haya apuntado el dato.

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A su lado, su sobrina, apenas catorce años. ‘Ella aprende el oficio’, me cuenta, ‘porque algún día ese cuadrado será suyo’. A pocos metros los braceros se dejan el pellejo cavando el cuadrado de doña Rosario. ¿No es muy pequeña?, le pregunto. ‘Noooo’, alarga la O doña Rosario, ‘ella sólo aprende el oficio, no trabaja en la sal’. Pero hay muchos niños. ‘No, no los hay’, insiste doña Rosario, la capitalista, ‘los niños no trabajan, ellos sólo ayudan, pero no acarrean sacos ni empujan carretillas’, dice convencida mientras a sus espaldas un grupo de niños acarrea sacos y empuja carretillas con el agua cubriéndoles los muslos.

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‘Antes llovía poco pero desde que las nubes descargan con regularidad, la sal se va como azúcar en la leche y la convierte en miga’, asegura doña Rosario mientras mira el cielo con una mezcla de guasa y de temor. No deja de ser curioso que esta desértica región le tenga más miedo a la lluvia que a la sequía, ni que sea en este remoto rincón donde el cambio climático se vea de un modo tan palpable. El lugar es tan peculiar que incluso entró en rutas turísticas, gente que venía a ver el espectáculo desolador de wayuus de toda condición deslomándose bajo el sol en un show deslumbrante por la mezcla de sol y sal. Hoy la sal mengua tanto que ya no es ni de lejos el espectáculo que fue. Los niños no tendrán que deslomarse bajo el sol pero la alternativa no es mucho mejor. La alternativa es la nada.

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‘Aquí tienen que trabajar hombres, es un trabajo para hombre’, me insiste doña Rosario mientras a su alrededor pulula toda suerte de enanos, ‘porque si no ,no duras ni dos días, hay que estar cambiadno de trabajador porque esto es para hombres, estas aguas tienen químicos que brotan la piel, salen como cositas, la piel no resiste, no sé cómo estos paisanos resisten, no se les bota la piel…’. No se sabe qué es peor, si trabajar en este infierno blanco o pasar hambre bajo la sombra de una taberna. En todo caso, los wayuus habrán podido comparar las dos situaciones y pronto las minas de Manaure volverán a convertirse en el hormiguero de las fotos…

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