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A una hora de trayecto en canoa sobre las turbias aguas del río Amazonas desde la ciudad de Leticia, la capital de la Amazonía colombiana, se encuentra la que todos conocen como Isla de los Micos. Una isla que, como agudamente indica su nombre, está repleta de micos, de monos, de primates. Los monos pululan alegres por las ramas de los árboles, brincan por las copas y se acercan curiosos a ver a los turistas para hacerse unas fotos con ellos: no sabría decir quién con quién. Los cuidadores emiten chasquidos guturales, ríen alguna gracia y los micos, o los monos, bajan confiados para solaz de los visitantes.

Sin embargo, la curiosidad de algunos visitantes va más allá de la puramente zoológica, y la mía lo es. A la entrada de la isla, un gran edificio de madera recibe a las canoas, parece sombrío y decadente, de su interior asoman algunas cabezas, los indios, en alguna parte un cartel indica que estamos ante un hotel. Un hotel sin clientes, sin muebles, sin recepcionista ni botones, un hotel fantasmagórico y con una leyenda que atrae tanto, si no más, que los miles de monos que saltan alegres por el exterior. Dice la leyenda, y dicen las crónicas, que el hotel fue el pionero del ecoturismo en la Amazonía, que esta era una isla sin monos, que los indios son de importación y que el creador de todo esto es un norteamericano de origen griego que terminó en una cárcel estadounidense por narcotraficante.

Entrada en la Isla de los Micos
Su nombre es Mike Tsalikis y su vida deja un regusto extraño en la mente del que se atreve a investigarla. Por un lado, un tipo muy particular, con pinta de héroe griego, capaz de luchar con una anaconda sumergido en un río marrón de tan turbio. Por otro lado, un frío empresario que trocaba en oro todo lo que tocaba y que convirtió en ciudad un pueblucho de mala muerte. Por si fuera poco, Mike Tsalikis hoy es sinónimo de traficante de especies protegidas y capo de la cocaína. Un enigma que inventó el ecoturismo en la Amazonía, convirtió un islote perdido en un gran criadero de primates y reptiles, un tipo sobre el que planean historias apócrifas que lo dejan muy mal o muy bien.
Mike Tsalikis, foto de: www.sitenet.com
Tsalikis nació en Florida y creció en Tarpon Springs, una ciudad sin mucha historia, hijo de una familia de griegos emigrantes, un chaval avispado que desde muy pequeño sintió una atracción fatal por los bichos más bichos: dicen sus biografías que no era ni un mocoso cuando, enrolado en los boys scouts, disfrutaba levantando piedras para sorprender a las serpientes enroscadas y a los anfibios agazapados. Una atracción fatal, como decía, que encaminó sus pasos siempre al sur, donde abundan las bichas y los bichos, y eso que vivía rodeado de ellos: era vecino de los indios Seminola y su hogar no estaba lejos de esos pantanos donde los caimanes caminan hasta tu jardín para tragarse un pollo entero. Sin embargo, la curiosidad del joven Tsalikis lo llevó primero a México, más tarde a Honduras y a Costa Rica, finalmente a Colombia, donde habría de vivir más de treinta y cinco años. Era una época distinta a la actual y Colombia estaba tan atrasada que sólo pudo llegar a Leticia desde la desembocadura del Amazonas, en Brasil, porque era un villorrio sin pistas para avionetas, sin carreteras, sin espacio en los mapas y con apenas mil habitantes, indígenas casi todos.
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Mike Tsalikis es el primero por la izquierda, foto de: www.sitenet.com
Corría el año 1953 cuando el reptiliano Tsalikis encontró en la región una enorme serpiente que, tras una breve negociación, consiguió vender por 800 dólares, según asegura el profesor Germán Palacios. Una fortuna para la época que le encendió la alarma: estaba en el paraíso, rodeado de los bichos que tanto amaba, un lugar agreste y salvaje lleno de animales susceptibles de enviar a sus conciudadanos, un vergel por explorar y por explotar. Y el listo de Mike se puso las pilas y creó una empresa de exportación de especies salvajes: primero, ocelotes, o tigrillos, luego tarántulas, colibríes y monos que cazaba con los indios del lugar. Pronto tuvo a 600 indígenas cazando para él y su negocio necesitaba un impulso que la joven Leticia no tenía: sobre todo cuando la carretera más cercana estaba a 8.000 kilómetros y el precio de un mono era el equivalente al de unos calzoncillos. Así que el avispado Mike se compró una avioneta, convenció a un par de aerolíneas de las posibilidades del lugar y hasta impulsó la construcción del primer hospital de la región. Mike Tsalikis estaba en la cresta de la ola, Leticia crecía de manera indudable y el embajador norteamericano en Bogotá tuvo que acercarse a ese remoto lugar para admirarse de los logros de su paisano y nombrarlo, por méritos propios, cónsul de los Estados Unidos de Norteamérica en Leticia. The Reader’s Digest lo calificó en 1966 ‘el hombre que revolucionó el Amazonas’, el National Geographic filmó una de sus ya famosas luchas con una anaconda y hasta el prestigioso reportero de guerra Michael Herr (famoso por sus crónicas de la guerra del Vietnam) lo describió como ‘astuto y duro pero honesto y libre de crueldad’.
Los indios Yaguas reciben al visitante en la Isla de los Micos
En la década de los años sesenta, Tsalikis compró una isla y la llenó de monos. Su proyecto era un reto personal, algo así como un gran criadero de monos y reptiles en una jaula gigante de la que no pudieran escapar, pero una jaula que fuera lo más parecido a la libertad. Una jaula de 450 hectáreas, que es el equivalente a 450 campos de fútbol, llena de monos y de reptiles, de monos que disfrutaban de su isla como Pinocho de la suya, sólo que en lugar de convertidos en burros los monos acababan en zoológicos norteamericanos, o como mascotas en algunos hogares, o, los más desafortunados, como materia de investigación en laboratorios farmacéuticos. Hoy, que ya Tsalikis parece un nombre salido de un cuento, siguen viniendo científicos para investigar a los primates, sobre todo a los monos araña. De hecho, algunos de los ejemplares del grecoamericano ayudaron a los investigadores a descubrir que la muy humana tendencia a poseer colesterol alto o bajo puede ser heredado, y todo gracias al sistema coronario de los monos ardilla, que coincide asombrosamente con el nuestro. Dicen que en su momento de máximo esplendor la isla de los Micos tuvo 12.000 monos, repartidos en cuatro especies, una jaula de micos y de grillos a tenor de lo que gritan estos ruidosos bichillos. Mike consiguió su sueño en forma de isla jaula que sonaba como una caja registradora.
El hotel de la Isla de los Micos
Los yaguas deambulan por su fantasmagórico interior
Pero, ¿y esos indios que miran cariacontecidos desde las galerías del hotel fantasmagórico? Son yaguas, una etnia que habita sobre todo en la cercana selva del Perú pero que están aquí desde que el listo de Tsalikis se los trajo como atracción turística. Porque, además de aficionado a los monos, Mike fue uno de los primeros en vislumbrar el potencial del ecoturismo, y no de cualquiera sino del ecoturismo en el Amazonas. Tendría un hotel, se dijo, y sería en su isla, se propuso, y los turistas serán recibidos por indios de la selva que les bailarán sus danzas tribales. Así que, ni corto ni perezoso, Tsalikis se trajo a una tribu entera y los puso a hacer, nunca mejor dicho, el indio. Una idea que pudo gustarle mucho pero que no deja de ser una degradación más en la espiral descendente de los indígenas amazónicos. Lo más triste es que la idea caló en la zona y ahora son legión los vivillos que quieren enseñarte a la ‘típica tribu amazónica en su hábitat natural’ mientras alargan la mano entregando un recibo, a ser posible en dólares.
La idea de Tsalikis caló en la región y ahora los indios están más que dispuestos a hacer el ídem por unas monedas
Así que los yaguas deambulan por el hotel, sus miradas ceñudas, los niños ya colombianos, dueños de un hotel fantasma y sombrío. De pronto, llueve. Y llueven gotas enormes, gotas como chuzos, los yaguas se resguardan en el salón recepción del gran hotel, oscuro en su amplitud y convertido en un improvisado mercadillo de collares y de anillos y de figuritas talladas en madera. Tsalikis los obligaba a salir vestidos con sus champas tradicionales para recibir a los turistas, ya saben: los que habrían de disfrutar con los bichos de la selva, con los monos, los reptiles, las grandes flores de loto, los indiecitos de la selva. A Tsalikis se le ocurrió esta gran idea a principios de los años setenta, cuando atrajo a varias familias yaguas al asentamiento conocido como Tucuchira y las hacía desfilar en champa, sus rostros maquillados con achiote, un arbusto del que extraen colorante, y dispuestos a posar para la foto: una gente de la que puedes saber algo más aquí. Una historia tan interesante que, a decir de los antropólogos, los yaguas, que ellos ni se llaman así, han moldeado su identidad en base a la publicidad de los operadores turísticos desde la época del inefable Tsalikis.
La verdad es que no veo tantos monos como se supone que debe de haber: unos cinco mil. Muy lejos de aquellos doce mil de antaño, pero suficientes para evocar los buenos tiempos de Tsalikis. Mike, acostumbrado a la aventura, se labró un nombre como cazador intrépido, un aventurero arriesgado y valiente que había sido sargento en el ejército norteamericano y era capaz de luchar sin nada más que sus manos con una boa constrictor sumergido bajo las aguas del Amazonas. En los mentideros se susurraban ciertos excesos, que si las pitones que enviaba a los EE.UU llevaban paquetes de cocaína, que el hotelito de los Micos era escenario de retorcidas depravaciones sexuales con cera ardiente y prostitutas, que iba a dejar los ríos y lagos sin los redonditos peces Disqus con tal de surtir acuarios como el Rainbow Aquarium de Chicago… Chismes, susurros, cuentos, quién sabe, historias tal vez derivadas de la envidia de sus vecinos, ecos distorsionados de la selva, tal vez todas mentiras, tal vez todas verdad…

Aunque Tsalikis negó siempre sus nexos con la cocaína lo cierto es que el polvo blanco le rondó desde la década de los setenta. Debió de notarlo cuando sus mejores guías y sus pilotos desaparecían tragados por la selva, rumbo al Putumayo, rumbo al Perú, rumbo a sueldos de ensueño pagados por empresarios dedicados a una extraña mercancía: el clorhidrato. No sabemos si Tsalikis, convertido ya en una especie de capitán Kurtz o capitán Kurtz (el de Coppola) se dejó llevar por el dinero fácil aunque parece que siempre demostró su asquito por los hippies, por las drogas y hasta por el tabaco. Él, que luchaba con sus puños contra pitones y anacondas y que regentaba en la distancia un zoológico en su Tarpon Springs natal con crías de iguanas, de boas y caimanes que enviaba desde el corazón de la selva. Tsalikis poseía otro hotel en Leticia, el Parador Ticuna, su máquina de hacer dinero parecía infinito hasta que el gobierno colombiano, a mitad de la década de los setenta, se plantó y prohibió el comercio de especies salvajes: un golpe en la línea de flotación del imperio Tsalikis que debió de dedicarse a cultivar la fama del patriarca y a publicitar sus hoteles como nuevo gran recurso.

El abandonado hotel de la Isla de los Micos en su interior
Pero el turismo era algo tan estacionario e imprevisible que pronto estuvo en bancarrota. A finales de la década tuvo que enviar a su familia, al menos seis niños y su segunda esposa, a Florida, y comenzó a pensar en una salida honrosa: estaba tremendamente bien relacionado, tenía una empresa de exportaciones y sufría una acuciante falta de liquidez. Alguien le ofreció ganar un millón de dólares a la semana: un millón de dólares en los setenta era mucho dinero. Tsalikis había probado de todo, carga de mercancías en grandes barcos, carne envasada rumbo a Europa, dicen que hasta confidente de la DEA (la agencia antidroga de los Estados Unidos). El primer aviso lo recibió cuando uno de sus aviones llegó a Bogotá con diez kilos de cocaína: sólo salió de la prisión cuando el piloto reconoció que eran suyos. Pero su descenso a los infiernos no tardaría en llegar: una noche, viendo la televisión en su casa de Leticia, vio con cierto susto que lo habían metido en una cárcel brasileña, en Manaos. Pero no podía ser porque él estaba en Leticia.

Corría el año 1988 cuando la oficina de la DEA en Bogotá recibió una carta anónima procedente de Cali, recordemos: en esa época la casa del poderoso Cártel de Cali, denunciando las actividades de Tsalikis: el barco Amazon Sky llevaría a bordo troncos de madera de cedro en cuyo interior habría cocaína. Sometieron al cónsul honorario a un seguimiento que terminó demostrando que sí, que los troncos iban rellenos, aunque Tsalikis nunca admitió que la carga fuera suya y se preguntó colérico que dónde estaba el dinero de toda una carrera dedicada al narco si sus cuentas estaban en rojo. Una vida fascinante, en todo caso, la de Tsalikis de la que puedes leer (en inglés) un poco más aquí: el diario de Tampa Bay.

Aunque la historia no ha acabado aún y tal vez los indios del hotel de la Isla de los Micos puedan recuperar la chispa de antaño porque el tal Mike se pasea ahora por la Florida con una pulsera GPS y la expectativa de recuperar la libertad que perdió hace tres décadas. Alguien le preguntó hace poco por sus planes. ¿Mis planes? ¡Volver a Leticia, qué más! En Leticia su nombre genera dudas: por un lado, el del narco que engañó a todos. Por otro, el del empresario visionario que desarrolló con su energía toda la región y que podría volver a hacerlo. Lo cierto es que la zona necesita recuperar el turismo porque la selva vuelve a sus fueros, las inundaciones se llevan por delante las pocas infraestructuras que quedan en pie y si hay alguien capaz de hacerlo es Tsalikis. Claro que el Tsalikis de los sesenta y que del de hoy nadie sabe apenas nada. Los indios miran ceñudos a la cámara, acostumbrados a sentirse piezas de un zoo humano, se retiran silenciosos por los corredores del hotel. La lluvia cae con estrépito y fuera suena el agudo grito de un mono. Uno de los miles de monos de Mike Tsalikis, el amante de las bestias salvajes que traficaba con ellas. Y quién sabe si con algo más.