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gamines por Hachero

‘Durante años los he seguido, los he cuidado, los he protegido, he dado mi vida por ellos pero ahora pienso que lo mejor es que se mueran todos’. Yo no daba crédito a lo que esa mujer, asistenta social especializada en niños de la calle, me estaba diciendo. Me miró con una lágrima resbalándole por la mejilla y concluyó su explicación, ‘los he visto crecer, malvivir, venir magullados, violados y destrozados y al final la mayoría muere antes de cumplir los dieciocho años, dígame usted si no es mejor que se mueran chiquitos y no pasen por tanta miseria’. Era la primavera de 1997 y yo vivía en la capital de Colombia. Las anécdotas con niños de la calle, aquí llamados ‘gamines’, del francés gamin, eran abundantes, diarias, hirientes.

Por ejemplo, una noche, cerca de la temida calle del Cartucho, una de las más peligrosas de Bogotá. Es el año 1997, insisto, porque el barrio del Cartucho hace mucho que no existe, afortunadamente. Durante la noche cientos de gamines, y desechables, término muy gráfico con el que los colombianos denominan a los indigentes, dormían por las calles al calor de un neumático ardiendo, del pegamento o del basuko, un crack de mala calidad, y la plaza de España, que abría la avenida de Caracas hacia el barrio, se llena de cuerpos torpes que buscan sitio para dormir. En la puerta de un bar un niño de siete años pide limosna. ‘Me llamo Luis’, dice el pequeño, ‘y vine a Bogotá andando desde Bucaramanga’. Pero Bucaramanga está a quinientos kilómetros, le digo. ‘Sí, muy lejos’. Rebusca entre la basura y pide monedas en la calle. ¿Te metes droga?, ‘No, no’, responde ofendido. Se la meterá, pienso cenizo porque la mayoría acaba enganchado al basuko para superar las frías noches de la ciudad, que está a más de dos mil setecientos metros sobre el nivel del mar. ‘A veces un amigo me deja dormir en el suelo de su casa’. Luis se pierde en la negrura de la noche arrastrando su mantita, la que carga todo indigente de Bogotá, tras explicarme que su papá murió, su mamá se echó novio y perdió entonces su lugar en la casa. Luis se marcha y arrastra los pies mientras deja a un lado el Palacio de Nariño, la casa del presidente de la nación que, cosas de la vida, estaba a tiro de piedra del peor barrio del país, el Cartucho.

gamines por Hachero

Alvarito tiene un pantalón al menos diez tallas más grandes de la que le corresponde. Y encima se ha meado. Tendrá cuatro o cinco años y se me acerca para pedirme una moneda. Estoy sentado en una escalera, la de la iglesia de Lourdes, en el barrio de Chapinero. No tengo, mijito, le digo al joven pedigüeño pero se me sienta al lado, se acurruca, cierra los ojos y se tapa los oídos porque uno de sus amigotes se está riendo de su creciente mancha de pipí. Alvarito apoya su cabeza en mi pierna y se duerme. Incluso ronca.

Salgo de un bar en el complejo Pasteur, en el centro de la ciudad, son más de las dos de la mañana y busco un taxi. Se me acerca un gamín, su ropa enorme y el cráneo rapado. ‘Una moneíta, se’or’, dice con el acento de la calle, el acento ‘ñero, como se dicen ellos. Antes de darle nada me fijo en su cabeza: está abierta, tiene sangre reseca, incluso asoman burbujas rojas que resultan ser sesos. Pero criatura, le digo, qué te ha pasado. ‘Un policía me golpeó cuando estaba dormido en un escalón’, asegura, me mira desafiante y se pierde en la negra noche. A su lado, una niña con rizos castaños y llena de mugre me mira muy fijamente. ‘Lléveme a su casa’, me dice, ‘no quiero estar más tiempo en la calle’.

gamines por Hachero

Las experiencias con gamines me resultaban traumáticas porque traumático es que miles de niños duerman solos, reunidos en pandillas, galladas les dicen, escondidos en túneles y alcantarillas, vendiendo sus cuerpos y consumiendo sus pulmones, un disparate que evoca al Señor de las Moscas pero con la crueldad de que la isla está llena de mayores que pasan de largo ante los dramas infantiles. Los niños robaban en las tiendas, pedían monedas, en los semáforos calibraban la presión de los neumáticos con un palo o directamente amenazaban a los conductores con piedras de grandes dimensiones que se estamparían en las lunas delanteras si no caía una moneda. Eran libres, pero en el peor de los sentidos: eran libres de hacer lo que quisieran con sólo una amenaza: la de sus vidas.

gamín por Hachero

Dice la Procuraduría general de Colombia que 150.000 niños al año no son registrados y que al menos medio millón desconocen quiénes son sus padres. También dice la Procuraduría que cada año 30.000 niños son forzados sexualmente y que unos dos millones de menores, de entre 7 y 17 años, trabajan en el sector informal, que es lo mismo que decir que trabajan en negro. Según la UNICEF dos millones de niños sufren maltrato y de ellos el maltrato es severo en al menos la mitad de las víctimas. La UNICEF también se moja en la prostitución infantil y asegura que son 30.000 los niños involucrados en el tráfico sexual. Por si fuera poco, la mitad de la población desplazada en Colombia son niños y niñas, al menos un millón cien mil, y el 10% son víctimas de las minas antipersonales. La procuraduría de la Nación vuelve a la carga y asegura que 750.000 niños abandonan los estudios cada año por hambre física. En los grupos armados regulares se estima que luchan entre 6.000 y 7.000 menores de entre 15 y 17 años.

recicladores por hachero

Sin embargo, la funcionaria pesimista que me lloró en el ayuntamiento de Bogotá se equivocaba. Hoy los gamines siguen pululando pero su número ha descendido. Dice Patricia González, de la Fundación Niños de los Andes que el término gamín se ha sustituido por ‘Niño en situación de calle’, lo que indica que la concienciación ha crecido en la sociedad, pero que siguen existiendo. ‘Los niños que hacen malabares en las esquinas tienen mejores ropas que los andrajos que hacían visible a los niños abandonados de otros años y ya no deambulan solos por las esquinas’. Sin embargo, siguen desnutridos, ahora acompañados de hermanos y padres, con pocas posibilidades de acceder a la escuela y a la sanidad, el gamín sigue ahí, escondido tras otro aspecto menos terrible pero igualmente desamparado y en estado de necesidad. Muchas son las cosas que han cambiado de la Bogotá de la década de los noventa, la de Pablo Escobar y las grandes batallas entre el ELN y las FARC contra el ejército. Por ejemplo, el barrio del Cartucho, probablemente la más degradante manera de vivir de un ser humano, tampoco existe y en su lugar se levanta una gran plaza, la del Milenio. Los enganchados, narcos, asesinos, gamines, recicladores y desechables no han desaparecido sino que se les ha desplazado algunas cuadras más al sur. Pero su número ha descendido: el de gamines, me refiero, proyectos como la Fundación Niños de los Andes, y los servicios sociales municipales, han logrado disminuir unas cifras de oprobio.

La figura del gamín era tan típica que se les sacaban fotos en la plaza Bolívar de Bogitá, eran parte natural de los jardines, de las aceras, de los portales, estaban por todas partes atormentando con su sola presencia a las almas sensibles y adormilando en general a toda la sociedad que terminó por verlos como parte clásica del paisaje. Tanto que una vez me encontraba en el Cartucho hablando con el loco Calderon, que se había hecho con el poder de la calle y se presentaba como el jefe del barrio cuando un terrible olor nos inundó las narices: un gamín se le había cagado en los zapatos mientras charlabamos: ninguno lo habíamos visto venir. Poco despues el loco Calderon caía muerto de un balazo a manos de un indigente del barrio, espero que no fuera el pobre gamín, que se llevo un buen par de patadas… Una amiga que trabajaba de asistenta social en el Cartucho contaba historias terribles sobre el barrio pero de todas me sigue impactando la del indigente que llevaba siete años sin darse un baño: lo llevó a un albergue, le dio de cenar, le cambió la ropa sucia por ropa nueva y le dio un baño relajante. Al día siguiente el indigente amaneció muerto … de hipotermia ….

gamines por Hachero

“Fundación Niños de los Andes”

Acababa ya el año 1973 cuando Jaime Jaramillo presenció una escena que habría de cambiarlo para siempre: una niña de la calle, los célebres gamines, corrió desde la acera a recoger una caja recién caída de un camión. Una caja de colores, con una muñeca en la portada. La pequeña no llegó a su destino porque la atropelló un vehículo. Jaime, muy afectado, se acercó a la caja y comprobó la dimensión del drama. La caja estaba vacía.

El cadáver de la pequeña debió de rondar la mente de Jaime Jaramillo durante días, semanas, puede que hasta hoy mismo, y el eco mudo de aquella sonrisa truncada se convirtió en una obra de colosales dimensiones. Jaime Jaramillo hoy es Papá Jaime, ha escrito libros de autoayuda, de meditación, libros que son bestsellers y lo complementa con conferencias por medio mundo. Jaime Jaramillo es hoy toda una institución en Colombia y uno de los responsables de que los gamines trascendieran la dimensión pesimista del ‘no hay futuro’, del ‘son parte del escenario habitual’, de la vileza que nos acompaña a todos en el día a día. Su obra se llama Fundación Niños de los Andes y puedes ver sus proyectos y acciones en esta página: Fundación Niños de los Andes.

Bogotá por Hachero

Los gamines son la consecuencia más denigrante de un conflicto bélico que se enreda en miles de recovecos. Niños y niñas desplazadas por la violencia, niños que acaban vagando en las grandes ciudades sin padres ni madres, o bien niños que llegan a las ciudades en compañía de madres viudas que poco después han encontrado pareja nueva y los ponen de patitas en la calle, niños y niñas que comienzan un recreo que es el sueño de todo niño y de toda niña, pero que termina por convertirse en pesadilla. Un recreo para toda la vida.

“Gamines, por Eduardo Galeano”  Tienen la calle por casa. Son gatos en el salto y en el manotazo, gorriones en el vuelo, gallitos en la pelea. Vagan en bandadas, en galladas; duermen en racimos, pegados por la helada al amanecer. Comen lo que roban o las sobras que mendigan o la basura que encuentran; apagan el hambre y el miedo aspirando gasolina o pegamento. Tienen dientes grises y caras quemadas por el frío.

Arturo Dueñas, de la gallada de la calle Veintidós, se va de su banda. Está harto de dar el culo y recibir palizas por ser el más pequeño, el chinche, el chichigua; y decide que más vale largarse solo.

Una noche de éstas, noche como cualquier otra, Arturo se desliza bajo una mesa de restorán, manotea una pata de pollo y alzándola como estandarte huye por las callejuelas. Cuando encuentra algún oscuro recoveco, se sienta a cenar. Un perrito lo mira y se relame. Varias veces Arturo lo echa y el perrito vuelve. Se miran: son igualitos los dos, hijos de nadie, apaleados, puro hueso y mugre. Arturo se resigna y convida.

Desde entonces andan juntos, patialegres, compartiendo el peligro y el botín y las pulgas. Arturo, que nunca habló con nadie, cuenta sus cosas. El perrito duerme acurrucado a sus pies.

Y una maldita tarde los policías atrapan a Arturo robando buñuelos, lo arrastran a la Estación Quinta y allí le pegan tremenda pateadura. Al tiempo Arturo vuelve a la calle, todo maltrecho. El perrito no aparece. Arturo corre y recorre, busca y rebusca, y no aparece. Mucho lo llama y nada. Nadie en el mundo está tan solo como este niño de siete años que está solo en las calles de la ciudad de Bogotá, ronco de tanto gritar.

Memoria del Fuego III. El Siglo del Viento