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Cada poco tiempo, el PKK, el Partido de los Trabajadores Kurdos, recuerda a sus simpatizantes, y también a los que no lo son, que mantienen una aparatosa guerra contra el gobierno de Turquía y que la región de la Anatolia, que ellos reclaman como un país llamado Kurdistán, vive un estado de guerra. El sur de la región se paraliza entonces, cierran los comercios, las calles permanecen vacías, la presión del movimiento se siente mucho más en las poblaciones pequeñas donde individuos de aspecto sospechosamente elegante vigilan las esquinas y que los menos convencidos no abran sus comercios. Me dirijo a Cizre, ciudad a orillas del Tigris en la frontera de Turquía con Siria y bastión de los rebeldes desde hace décadas, y el minibús se detiene en una fantasmagórica ciudad, Idli, con las persianas echadas y tan sólo algunos niños jugando por la calle.El minibús se niega a seguir pero hay otro que se arriesga al trayecto: el primer obstáculo, a la salida de la ciudad, un control de policías que parecen más bien paramilitares, vestidos con chaquetas de cuero y armados con metralletas. Pocos kilómetros más tarde son los militares los que piden los pasaportes y confirman, por si fuera necesario, que la zona es una de las más peligrosas del país.

En la ciudad de Idil la huelga se ejecuta sin fisuras: es zona del PKK…

Pocas horas antes un comando del PKK ha secuestrado a tres profesores que viajaban en un autobús, una respuesta al ataque que sufrieron sus bases junto a la frontera con Irán que dejó catorce guerrilleros muertos. En este contexto de dimes y diretes diarios, la huelga de hambre de cientos de presos kurdos que ha durado casi setenta días no ayudaba precisamente a mejorar la situación. La huelga de hambre surgió de un preso de la cárcel de Mardin, en pleno pretendido Kurdistán, Faysal Sariyildiz, quien exigía con su protesta una mejora en las condiciones de vida de Abdullah Ochalan, el líder del PKK, el partido kurdo de los trabajadores, en prisión desde 1999 y en aislamiento desde hace más de un año. Pero no era su única petición: el uso del kurdo en las universidades y en los tribunales, una vieja aspiración del movimiento kurdo, fueron sus otras exigencias y el gobierno turco lo miró con condescendencia: no coma si no quiere, parecieron decirle. Lo que no sabían es que su ejemplo se extendería como un reguero de pólvora y que pronto fueron decenas, más tarde centenares y finalmente terminaron siendo miles los presos kurdos en huelga de hambre.

 

Mi objetivo en Cizre es acudir a un acto público de apoyo a los huelguistas, una manifestación que recorrerá las calles de la ciudad para terminar en un acto público. Pero el gobierno de Ankara prohibe estas demostraciones, de hecho prohibe todo lo kurdo y lo persigue porque, según la ley turca, pone en peligro la integridad de la nación. Los kurdos se sienten identificados con cualquier lucha étnica y cuando escuchan mi nacionalidad, española, levantan los pulgares y me gritan alegres ‘viva la ETA’. Es curioso pero cualquier español levanta simpatías porque, para ellos, España parece limitarse a Cataluña y País Vasco.

Mi primer encuentro en Cizre: niños con cocktailes molotov peleándose con la policía

Por fin llego a Cizre pero más que una ciudad parece una nube a los pies del Tigris: cientos de adolescentes, algunos ni siquiera eso, más bien son niños, corren por sus calles mientras tanquetas de la policía les disparan bombas lacrimógenas. Los niños llevan grandes piedras con las que les responden, alguno tiene un cocktail molotov, muchos llevan pasamontañas.

Las calles de Cizre me reciben con una bonita nube de gas pimienta

Cerca de la avenida principal localizo la sede del Partido de la Paz y la Democracia, el BDP, el promotor del acto público y principal partido kurdo, a cuyas puertas se arremolina una colorida multitud: mujeres ataviadas con sus trajes típicos kurdos, hombres con los tradicionales pantalones bombachos y turbantes que me parecen las conocidas kafias palestinas. Están alborotados porque saben que no tienen permiso para celebrar la marcha prevista, y eso que hoy vendrá un conocido político kurdo que es además parlamentario nacional: Idris Balukan. Los cargos electos me repiten sus reivindicaciones: mejores condiciones para Ochalan, enseñanza del kurdo en las escuelas, su uso en los tribunales. Karam es un joven que habla algo de inglés y me cuenta que esta tragedia lleva ya cuarenta años, que ha costado cuarenta mil vidas, sobre todo de kurdos, y que sus líderes electos han sido detenidos, golpeados, torturados y ejecutados por miles. Amnistía Internacional da fe de esos datos y, para corroborarlo, Karam me enseña la fachada de la sede: está acribillada a balazos. ‘Fue la policía’, asegura cabizbajo.

La fachada de la sede del BDP de Cizre está ametrallada…

 

… y dentro los políticos locales no pierden detalle de las noticias turcas…

 

… y mientras, fuera, se inicia la marcha prohibida por las autoridades

Las leyes turcas no reconocen minorías en el país, consideran perseguible penalmente cualquier mención a la cuestión kurda y no se paran ante la inmunidad de los cargos electos. Las sedes de los partidos han sido ametralladas, como esta que visito, bombardeadas, quemadas, asaltadas, confiscadas. Y eso sólo si hablamos de las sedes: alcaldes, concejales, directores generales y hasta parlamentarios han terminado en la cárcel o sus cuerpos asesinados en cunetas por mencionar la cuestión étnica. Una auténtica guerra que tuvo su apogeo en la década de los noventa y que ahora, con la excusa de la huelga de hambre, parece haber vuelto a la peor época: coches bombas, secuestros, retaliaciones, bombardeos militares, violentas protestas callejeras…

El PKK nació en un contexto de impotencia legal, cuando ni tan siquiera los políticos kurdos podían dar salida a sus reivindicaciones a través de las urnas. Claro que los revoltosos muchachos del PKK entonces se centraron en los militares y los policías y los enfrentamientos han jalonado la historia reciente de Turquía de miles de muertos. De hecho, el BDP es el heredero del DTP, que a su vez fue el heredero del DEHAP, que a su vez…. Todos los partidos kurdos terminan siendo ilegalizados por sus supuestas conexiones con el PKK y sus cargos, perseguidos. Puede que algo haya porque nada más salir a la calle el colorido y nutrido grupo de manifestantes estalla en un clamor: Ocalan, Ocalan, gritan las mujeres mientras avanzan por estrellos callejones de casas de adobe, las vecinos se asoman y muchachos embozados saltan de los tejados. Los hombres les amenazan con guantazos de los de antes, de mano abierta, para que no provoquen a la policía y los muchachos, más bien niños, se achantan, pero sólo un momento porque cuando los adultos vuelven a hablar de sus cosas los enanos ya están recogiendo piedras nuevamente. Las mujeres, en su tradicional ulular, cantan Ocalan, Ocalan, el apellido de su líder y yo me pregunto: ¿realmente no tienen nada que ver con el PKK? Pegada en la puerta de acceso a la oficina del BDP recibe al visitante una gran pegatina con la cara de Ocalan, en el despacho del portavoz del BDP de Cizre vuelvo a encontrarme la misma pegatina. Ocalan es el rey sin corona, el único que se atrevió a dar voz al pueblo kurdo y a devolverle el orgullo de raza, aunque para ello haya empleado métodos que no sólo destruían al enemigo, el gobierno turco, sino a ellos mismos, a los kurdos.
Abdullah Ocalan en una pegatina en la sede del BDP de Cizre

 

Cizre no es cualquier ciudad. A pocos kilómetros de Siria, y también de Irak, en los últimos años ha sufrido desde algún que otro bombardeo a razzias indiscriminadas de soldados muy enfadados por la muerte de compañeros en emboscadas. Históricamente Cizre es un cruce de caminos muy interesante que incluso acogió un obispado de la iglesia asiria. Hoy es un feudo del PKK en una provincia, la de Sirnak, que es otro feudo igual pero más grande. Y, como decía antes, algo de eso debe de haber cuando las mujeres gritan a todo pulmón su clásico Ocalan, Ocalan. Los policías, mientras la marea humana avanza, y tal libres de la amenaza de que algún adulto les dé el guantazo que se buscan con ahínco los menores, se envalentonan y jalonan la travesía de bombas lacrimógenas que caen como chubascos en una borrasca.

 

Caen bombas lacrimógenas y todos lloramos como magdalenas

 

Incluso el parlamentario venido de Ankara

 

Las nubes de humo hacen llorar al parlamentario venido de Ankara, Idris Balukan, que me promete una entrevista después del acto, y una señora le ofrece amable un pañuelo y un trozo de limón. Las protestas se han convertido en el pan nuestro de cada en toda la Anatolia. Las he visto a las puertas de la universidad de Mardin, donde una treintena de estudiantes kurdos leía un manifiesto bajo la atenta mirada de al menos medio centenar de antidisturbios preparados para intervenir. Las he visto en Gaziantep, donde un grupo de abuelos y abuelas exigía sus derechos mientras cinco policías les grababan de un modo bastante chulesco y provocador. En Diyarbakir, la patria chica del pueblo kurdo, son habituales y la lista puede seguir hasta completar el mapa entero de la Anatolia.

 

Los niños juegan a la guerra con piedras y cocktailes molotov contra gas pimienta y fuego real

Las aspiraciones de Turquía se mueven entre las ganas de ejecutar a Ocalan, cosa que el presidente Recep Erdogan dijo sin pudor hace unos días, y entrar en la Unión Europea, para lo que debe dejar atrás las prácticas de matón de colegio que usa habitualmente. Claro que las cosas en Turquía van lentas. El mitin de Cizre va a comenzar en un destartalado tejado, donde han colocado unos altavoces. La colorida muchedumbre se arremolina a los pies del edificio, las mujeres chascan sus lenguas en un tradicional canto kurdo, los niños acumulan piedras por si acaso, las tanquetas de la policía observan desde cien metros, las nubes de gas pimienta comienzan a dar un respiro. Los cargos locales, tan importantes en la causa kurda, toman la palabra con la mente puesta en sus compañeros en huelga de hambre: tan es así que el alcalde de Diyarbakir, la mayor ciudad kurda, anuncia que secundará la huelga y cinco diputados nacionales también.

Por fin va a comenzar el mitin del BDP
Pero la policía nos observa desde una colina en el centro de la ciudad de Cizre
Y con la excusa de que los niñatos llevan capucha y que el mitin no está autorizado…
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El parlamentario venido de Ankara se dispone a hablar, agarra el micro, los asistentes miran al cielo mientras hacen la señal de la victoria, el micrófono se acopla y suena un trueno lejano: los antidisturbios han lanzado una nueva bomba lacrimógena que impacta en la multitud, a pocos metros de donde me encuentro, y le sigue otra bomba, y otra más, que reciben respuesta en forma de piedras y pandillas de adolescentes. A mi lado un abuelo, de rodillas, vomita, un grupo de mujeres ha perdido sus pañuelos y huyen avergonzadas, vuelan piedras y botes de gas, lloro como un condenado y decenas de manos me ofrecen caramelos para mitigar el llanto, trozos de limón, las puertas abiertas de algunas casas. El parlamentario kurdo venido expremente desde Ankara, el tal Idriss, huye como alma que lleva el diablo saltando por entre las tapias del vecindario. No ha podido hablar ni una sola palabra y tampoco me concederá la entrevista porque yo, entretanto, huyo de la lluvia ácida hacia lo desconocido. El mitin ha terminado y las huelgas seguirán colapsando el sur de turquía y amenazando la credibilidad internacional del gobierno de Ankara. Otra vez los kurdos no han podido abrir la boca para reivindicar lo suyo, otra vez han vuelto a hablar piedras y bombas.