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Al norte de la ciudad de Chittagong, en la zona conocida como Fauzdarhat, la avenida que recorre paralela la bahía de Bengala alberga alrededor de 80 empresas dedicadas al desguace de grandes barcos en una superficie no mayor de veinte kilómetros. El camino es el correcto: medianas, comercios a pie de carretera, incluso los ríos que pasan están llenos de materiales procedentes de los desguaces: las placas de metal, los sillones de los oficiales, las literas de la marinería, las lanchas salvavidas, los farolillos del barco, los largos tubos, las máquinas del motor, bidones oxidados con sabe Dios qué líquido en su interior, monos de trabajo…

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Los obreros empujan grandes bobinas metálicas, arrastran cadenas mugrientas, los charcos de agua del monzón parecen extraterrestres con sus reflejos morados, verdosos, naranjas. Porque aquí los desguaces se hacen a mano, con cargas de dinamita y radiales y cinceles y martillos, sin calzado de seguridad (a veces sin calzado alguno), sumergidos en barro, las condiciones de seguridad ausentes, un ambiente apocalíptico a pie de playa.

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Soñaba yo con hacer unas fotos de los trabajadores que desguazan enormes barcos con apenas nada más que las manos. Unas fotos grandiosas como las de Mike Hettwer  o Javier Arcenillas:  ‘No, no va a ser posible’, me dice el conserje de mi hotel en Chittagong. ‘Olvídese, es imposible’, me advierte su compañero, ‘aunque siempre puede intentarlo…’ Pues no será por falta de interés aunque sí de organización. Si Chittagong es conocido por algo es precisamente por sus desguazadores de barcos. Desguazadores de enormes barcos a mano, mejor dicho. Tampoco he intentado hablar con ninguna compañía, con algún sindicato que denuncie lo que allí ocurre, nada más que la improvisación que me caracteriza y el ya veremos por dónde me cuelo.

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Los guardias entran en pánico cuando ven occidentales rondando con cámaras

Llegar a la playa se convierte en una odisea en la que uno no puede menos que sentirse una suerte de Minotauro tratando de escapar de su laberinto. Porque la playa no es visible. El chaval del rickshaw que tomo en Chittagong ve negocio en llevar a un extranjero tantos kilómetros fuera de la ciudad, se mete por intrincadas callejuelas, pregunta, da media vuelta en plena autopista y circula al revés, trota por caminos de tierra, baja taludes y cruzamos calles llenas de gente. Por fin llegamos a una de las empresas. Nos abren la puerta con caras de pánico y un vigilante nos señala un cartelito: fotografías prohibidas. Vaya por Dios. ‘Probemos en la siguiente’, dice el chavalín, pero en la siguiente las caras son aún más largas y rayan el suelo. ‘Tengo una idea’, dice mientras se interna en otra callejuela que desemboca en otra empresa más sin vigilancia.

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‘Aquí’, señala triunfal, y allí me cuelo dando un salto que a la larga se me antoja ridículo. ¡Y allí están! Un enorme buque mercante yace a pocos metros de la orilla con la mitad de su proa descuajada, como si un gigante le hubiera mordido con una enorme boca. En la empresa vecina un obrero permanece erguido rodeado de una nube de humo que le da una apariencia de estatua de cobre. La escena parece futurista, un paisaje de desolación postnuclear, o algo similar. Disparo mi primera fotografía cuando aparecen dos hombres con cara de susto y un enorme palo en la mano. ‘Por favor’, me dice con más miedo que enfado, ‘váyanse porque si les ve el dueño de la empresa el que tendrá problemas soy yo’. Siento pena por el hombre, que además me expulsa amablemente de la propiedad, y abandono con apenas tres fotos hechas. ¡Maldición! A las puertas se arremolina un pequeño grupo: ‘está prohibido’, dicen todos a coro mientras el rickshaw enfila proa a la avenida que corre paralela por el golfo de Bengala. ‘¿Periodista?’, pregunta otro cercano a un colapso de pánico. La playa está tan parcelada que es casi imposible llegar a pisarla y toda la costa está dispuesta a modo de un laberinto de callejuelas sucias y llenas de grasa y basuras y calor tropical.

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La fama de Chittagong como antesala el infierno (si no directamente de infierno en sí mismo) no es gratuita y los esfuerzos de las empresas tienen su motivo. Aquí se desguaza anualmente casi ochenta y cinco millones de toneladas de barcos seguido de la cercana India, con setenta y ocho millones de toneladas, y más lejos ya China, con sesenta y seis y Pakistán, con treinta y ocho. ¡¡Es el paraíso del desguace!! Según este reportaje de la National Geographic una inversión de cinco millones de dólares te asegura un beneficio de un millón, aunque todo dependerá del buque y del proceso.

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Aquí el video Embarrancados en el que puedes ver el drama, humano y ecológico, que se vive en estas instalaciones:

Un proceso que comienza cuando el empresario se hace con uno de estos monstruos marinos que han dado ya todo lo posible en su vida útil tras veintinueve años de servicio, el máximo que permite la ley internacional. El armador lo pone en venta por unos 230 euros la tonelada, lo adquiere un broker para venderlo en el mercado internacional por unos 400 euros la tonelada, un capitán especializado lo traslada hasta la misma playa y ya está: tenemos el enorme disparate de esta playa de Chittagong.

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Cuando el barco llega a la playa se convierte en un cerdo: todo se aprovecha. Los líquidos se extraen y los que se pueden revender, se almacenan. Claro que en este proceso son muchos litros, miles diría yo, los que se vierten al mar y nos deja ese aspecto tan poco sano de las aguas y de las arenas de la playa. Y comienza la fiesta: todo se extrae: las placas de metal, los sillones de los oficiales, las lanchas salvavidas, los farolillos del barco, los largos tubos, las máquinas del motor. Los motores terminan vendiéndose como generadores eléctricos, el mobiliario se coloca en tiendas de segunda mano, el acero se funde y cubre el 80% de las necesidades bengalíes al año. El empresario bengalí puede alcanzar un beneficio de alrededor de 2000 euros por tonelada. Todos contentos. Aquí puedes leer algo más sobre la economía que genera un barco muerto (pincha aquí).

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Parece mentira la de cosas que salen de un buque

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Aunque los menos contentos son los braceros, que trabajan sin seguridad, que tienen que aportar las herramientas, que mueren por decenas, que cobra un euro al día. Las cifras bailan en cuanto al número de trabajadores. Hay quien los eleva hasta los doscientos mil y otros los dejan en solo treinta mil. Sea como sea, son muchos miles de trabajadores como para esconderlos al curioso. Una a una todas las empresas me dan con la puerta en las narices hasta que comienzo a pensar que es imposible llegar a pie de playa. El chaval del rickshaw de pronto lanza un gritito: ‘lo tengo’, dice, ‘conozco un muelle que se mete en el mar lo suficiente como para verlo todo’. Y dirige el rickshaw hasta un pequeño puerto repleto de pintorescas embarcaciones de colores y un espigón largo que termina en una caseta repleta de pescadores. Y allí están los barcos.

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Se les ve panzudos, destripados, colocados en vistosas filas, si meto zoom pueden distinguirse los trabajadores deambulando por el interior de estos monstruos a medio desguazar. En la playa los chispazos de las radiales indican que hay vida. Allá un mercante ha perdido ya parte de su proa y su nombre será ya para siempre un misterio: KR. El de más allá perteneció a Seacon, una compañía británica. Unas extrañas máquinas tiradas en la cuneta presentan caracteres coreanos. Los obreros pululan como hormiguitas por entre los cascos sin vida de los grandes buques.

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No son obreros sino muertos en vida que arrastran grandes trozos de los barcos caminando sobre barro tóxico, que tiran de gruesas maromas descalzos, trabajando dieciséis horas diarias a cambio de un sueldo de miseria en un contexto de pesadilla, con frecuentes explosiones y accidentes que desde aquí no pueden menos que resultar evidentes.

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Todo comenzó en 1960, cuando un buque griego, el MD Alpine, embarrancó en estas playas y no pudo reflotarse más. Pasó años varado hasta que pasó a formar parte del paisaje. Pero en 1965 una empresa local lo compró y lo desguazó. Los beneficios debieron de resultar, como poco, llamativos porque la idea cuajó y pronto empezaron a llegar grandes buques para seguir el mismo destino. Fue en la década de los ochenta cuando el negocio explotó del todo y la costa se amuralló para evitar reportajes, documentales y curiosos metenarices, como yo mismo. Porque los trabajadores no tienen equipos de seguridad, muchos van sin zapatos, la catástrofe medioambiental es evidente y los pocos extranjeros que se aventuran hasta aquí lo tomaron como un reclamo más que llenaba el planeta de fotografías terribles y de testimonios tristísimos. Aunque tiro de zoom no hay modo de ver lo que realmente ocurre en el interior de los desguaces. Tal vez la próxima vez, con más tiempo…

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