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El centro de registro de refugiados de Tabakika, en la isla griega de Chíos, parece un chutadero de yonkis. Me resulta difícil encontrarlo porque está al final del puerto, camino del hospital, en una nave industrial que parece derruida, escondido tras muros medio derrumbados. En el interior los refugiados hacen cola en un espacio diáfano y sucio, una superficie dividida en dos por una reja de alambre y unida por una apertura que un señor vigila como si fuera una puerta. Los refugiados llegan despistados, mirando a su alrededor con cara de ‘me parece que aquí no es’, una voluntaria los recibe en una puerta que nadie denominaría oficial y, una vez dentro, se arremolinan en una cola amorfa en la que se mezclan afganos, sirios e iraquíes.

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Una abuela suspira derrumbada sobre un palé, un niño llora mientras su hermana le abraza. A través de un gran agujero en la pared puedo ver que hay gente fuera, parecen acampados porque hay ropa tendida. Un cartel informa a los refugiados sobre los trámites del proceso en inglés y en árabe. Rellenar los datos personales (nombre, edad, nacionalidad…), esperar la fila, entrevista personal con los agentes, fotografía, recogida de la huella dactilar y, ¡hala!, ¡ya tienes tus documentos!

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Traigo el coche lleno de niños sirios que he recogido a diecisiete kilómetros de aquí, cuando caminaban sin rumbo por una carretera tras desembarcar en esta pequeña isla: como no hay nadie (ni policías, voluntarios o funcionarios) no saben dónde ir y aceptan mi invitación de llevar, al menos, a los niños mientras los adultos se buscan la vida. Cuando llego al centro (oh, milagro) los adultos ya están allí y se abalanzan sobre los pequeños: no sé cómo me sentiría yo si un extraño se llevara a mi hijo rumbo a lo desconocido en un país igualmente desconocido y viniendo, como vienen, de una guerra donde no hay modo de distinguir a los buenos de los malos.

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Tras la verja los agentes de Frontex y de la policía griega se afanan en registrar a los refugiados. Les examinan los papeles, comprueban sus pasaportes, les tiran unas fotos y ¡hala! ¡ya estáis en Europa! ‘Ni se le ocurra hacernos fotos’, me amenaza un policía con cara de pocos amigos, ‘vaya a pedir permiso al edificio que está en el puerto’. Demasiado tarde, me digo, ya he hecho fotos en la cola de los refugiados, pero me lo callaré por si acaso. Unos refugiados salen con los papeles timbrados en la mano. Ahora deberán comprar un ticket de ferry para Atenas, y otro de autobús para la frontera con Macedonia. ‘Mejor Skopje’, me dice Christós, un vecino de la ciudad, ‘Macedonia es nuestra y su capital es Tesalonika’. Bien, pues Skopje entonces. ‘Durante cuatro años he buscado empleo sin éxito, yo pesaba casi ochenta kilos y ahora no consigo pasar de sesenta y tres’, me dice Christós desde el fondo de sus ojillos azules, ‘pero a esta gente les ayudan en todo: bah’. No es lo habitual entre los griegos que he conocido pero su opinión es tan válida como las demás. ‘Hay mucha gente mayor que huyó en la segunda guerra mundial cuando entraron los nazis’, me apunta Maria, la dueña el hostal donde me alojo, ‘¡¡huyeron en pequeñas embarcaciones hasta Turquía y de ahí hasta Siria!!’ ¡¡El camino es el mismo pero al revés!!

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Los refugiados caminan hasta el puerto y hace cola en las numerosas agencias de viaje. Luego se sientan en los alrededores del muelle y esperan. Los niños juegan al borde mismo del agua, hay grupos de jóvenes que fuman narguile, otros deambulan con la mirada vidriosa. Por fin llega el ferry y los habitantes de los desiertos lo miran como el que ve una aparición divina. Por delante, siete horas de ferry. Luego, autobús hasta Macedonia: perdón: Skopje.

Luego, quién sabe…

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