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Encerrado en un claustrofóbico espacio un pececillo me mira. Y puede verme porque su jaula es transparente y pende de las alturas, así que casi que me mira de arriba abajo. Pareciera un milagro que un pez esté suspendido en las alturas y me mire con hastío, pues tal refleja su mirada, pero no lo es porque un milagro es algo único, por definición, y aquí veo cientos, miles, tal vez sean decenas de miles, de pequeños pececillos que cuelgan en pequeñas bolsas esperando que alguien se acerque a interesarse por ellos. Y los transeúntes no tardan en observarlos, en hacerles fotos que viajan a bordo de sus 4G para que amigos, parientes o parejas los observen a través de un smartphone y den la sentencia.

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Me supongo que ahora el pececillo comenzará a rezar las plegarias que su cerebro de pez le permita en petición de un alma caritativa que desee convertirlo en un objeto decorativo y disponga de una pecera amplia y cómoda. Porque en el sudeste asiático la crueldad con los animalillos puede ser muy perversa. Hace unos años se impuso la moda de los llaveros con pececillos y tortugas vivas y tiemblo al imaginar el resto de mi vida encapsulado en un plástico duro con el aire justo para abrir una puerta cinco o seis veces y luego morir agarrado a un manojo de llaves porque no se les puede renovar el agua ni alimentarlos. Hubo otra moda igual de tétrica que consistió en tatuar el lomo de estos animales, sobre todo los peces loro, con los ideogramas de la prosperidad, la fortuna o la felicidad, una excentricidad para la que se requería láser y una paciencia que puedes ver aquí.

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La crueldad con los animales marinos va más allá de las tradicionales formas del comercio internacional, como el tráfico de aletas de tiburón del que ya hablé aquíporque también se les usa como centros de mesa decorativos en bodas y grandes fiestas (ni me atrevo a pensar en las cosas que los invitados más ebrios pueden llegar a idear). Por si fuera poco, en un mercado de Hong Kong asisto atónito al descuartizamiento de un pequeño pez a manos del pescadero, que se esfuerza en partirlo en varios trozos mientras el pobre bicho sigue con vida: ‘en algunos restaurantes se les envuelve la cabeza en un paño húmedo y se les fríe para que el cliente pueda comerlos vivos’, me dice con cara de glotón mientras siento una punzada en lo más profundo del alma: y sí, es cierto, aquí puedes verlo (pincha si tienes el valor suficiente).

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Tailandia, Indonesia, Singapur, China (incluyendo Hong Kong), Malasia y Japón son las principales potencias en peces ornamentales, con cifras que dan escalofríos: hasta 4.000 millones de dólares anuales entre el comercio mayorista y el minorista, una industria valorada en unos quince mil millones de dólares y que crece a un 14% anual, que utiliza unas 4.000 especies, sobre todo de agua dulce, y que tiene en un país tan minúsculo como Singapur a su principal productor mundial, con un 25% del total de peces ornamentales de cultivo de todo el planeta, un negocio que le rinde más de 100 millones de dólares al año y que surte a más de ochenta países (en datos de 2006).

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Malasia, Indonesia y Vietnam les siguen en este ranking de pececillos mientras que frente a ellos se levantan los Estados Unidos de América como el principal importador mundial. Un negocio millonario que no tiene nada que ver con lo que hacían los primeros sumerios y egipcios, cuando criaban carpas en estanques como reservas de alimentos y ya de paso se entretenían con la paz que transmiten estos animales en sus húmedas prisiones, o con las primeras peceras de cerámica de la dinastía Song, que popularizó hacia el año 1.000 D.C esta contemplación de la belleza marina. Hoy es todo un negocio que surte los más de dos millones de acuarios caseros que se calcula existen en el mundo y las majaderías de muchos millones más, que sólo ven a estos animales como una forma de dar rienda suelta al irracional que llevan dentro…

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