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Cádiz por Hachero

Cádiz desde el aire con el castillo de San Sebastián en primer término, ya hoy con su malecón porque en 1596 sólo era un islote

110 años antes de que una flota angloholandesa se adueñara del Peñón de Gibraltar, otra flota angloholandesa se apoderó de Cádiz con las mismas intenciones. Durante catorce días miles de marineros británicos y holandeses saquearon la ciudad sin que apenas nadie se atreviera a toserles, y después de pensar largo tiempo si quedarse o marcharse optaron por lo segundo y dejaron atrás una enorme tea humeante donde antes había habido un próspero puerto. El segundo conde de Essex, Robert Deveroux, oficial principal del saqueo, apoyado por algún subalterno y los oficiales holandeses, propusieron acondicionar la ciudad para convertirla en el bastión inglés con el que la reina Elizabeth I fantaseaba de este modo: ‘si no sólo se toma un puerto sino que se le guarnece y mantiene, se convertirá en una espina clavada en el pie del rey de España’.

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El segundo conde de Essex, por su parte, meditaba: ‘Si el lugar es bien elegido y la lucha bien dirigida, en muy corto espacio de tiempo no sólo se ganará lo que se ha gastado sino que el mayor provecho será para S.M. y riqueza para nuestro país, ya que si se mantuviera ocupado el lugar una gran parte del flujo de oro de las Indias podría pasar de España a Inglaterra…’ . El objetivo declarado de la corona británica, por tanto, consistía en mantener una plaza en el sur de España, no tanto por la consideración geoestratégica actual, el control de la entrada al Mediterráneo y un acceso privilegiado al continente africano, sino la captura de los galeones procedentes de las Indias. Cinco siglos después, y en retrospectiva, podemos decir que la pérfida Albión consiguió lo que pretendía, aunque en un lugar mejor y algo más al sur: Gibraltar.

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Frente a este castillo, entonces islote, atracó la flota británica

El 13 de junio de 1596 una flota anglo holandesa formada por ciento veinte buques zarpó del puerto de Plumouth en misión secreta. A bordo viajaban más de seis mil soldados de ambas nacionalidades. Al frente de la expedición, Lord Charles Howard of Effingham y el segundo conde de Essex, Robert Deveroux. El destino: la ciudad de Cádiz. El objetivo: bajar los humos al rey Felipe II, enseñoreado de los Países Bajos, de la Francia de aquel entonces y de media Europa y las suculentas colonias de las Indias Occidentales. Los británicos, espoleados por su reina, la tal Elizabeth, veía indignada cómo el rey católico quería absorberlos en su imperio sin pensar que la actitud de sus gobernantes, y sus marinos, entregados a la causa pirata, en su versión corsaria, tuviera algo que ver. De hecho, antes de la Armada Invencible, que fue en 1588, el corsario Drake atacó también la ciudad de Cádiz en abril de 1587, lo que deja la sensación de un toma y daca que terminó por inclinarse del lado británico.

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Las arenas que hollaron los piratas de su Graciosa Majestad tienen hoy otros usos más lúdicos

Con tan definido objetivo, la flota anglo holandesa recorrió la fachada portuguesa, en aquel tiempo posesión española, atrapando los barcos que se le cruzaban en el camino y alejado de costa, para no minar el factor sorpresa. Cómo una marina tan desmesurada pudo pasar desapercibida dice bien poco de las defensas españolas. El domingo 30 de junio la flota fondeó frente a lo que hoy es castillo de San Sebastián, y en aquel entonces nada más que un islote, donde pensaban desembarcar, pero había una borrasca tan pronunciada que decidieron aguantarse las ganas de degollar católicos y esperar la pleamar del día siguiente.

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Negros nubarrones se cernieron sobre la ciudad de Cádiz y la borrasca toma forma demoníaca para corroborar el desastre de la corona española

La borrasca ayudó a los gaditanos, aunque tampoco mucho. Dicen las crónicas que los vecinos, aterrorizados por lo que veían en el horizonte, subían grandes piedras a las azoteas para arrojarlas sobre los invasores, que echaban arena tras las murallas para que resistieran mejor, que el griterío y los llantos eran descorazonadores. En el interior de la bahía de Cádiz la flota de Indias aguardaba turno para salir rumbo a América, una fabulosa inversión que parecía abocada a perderse en manos de los británicos. La gente deambulaba pálida, muerta antes de tiempo, y observaban desde las playas la enorme flota cerniéndose amenazante sobre la ciudad. Según el canónigo Francisco de Quesada, que salió de ronda mientras los ingleses preparaban el ataque, ‘no hallamos en la calle ni en la muralla ánima nacida, y las tres puertas de la villa quedaban trancadas solamente con unos maderos y piedras sin que nadie asistiese a ellas’. Una situación de pánico generalizado y de ausencia de poder: nada nuevo bajo el sol. De hecho el poder, con mayúsculas, El Poder, paseaba plácido en su carroza por las playas de Castelnovo, hoy en Conil de la Frontera, cuando supo que ‘más de ochenta velas’ se habían descubierto en Cádiz, y le faltó entonces tiempo para avisar a las villas de Vejer, Conil, Chiclana, Gibraltar, Tánger y Ceuta. Claro que eso ocurrió el sábado 29 de junio, cuando los británicos ya habían dejado atrás el Algarve portugués y asomaban sus narices por la bahía de Cádiz.

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Los barcos de la bahía corrieron a esconderse lo más al interior posible, los más pesados frente a Puerto Real, los más livianos internándose en los caños de las marismas. Pero del ataque no se libró nadie. La flota española se parapetó frente a Puntales con Álvaro de Bazán a la cabeza, el que da hoy nombre a los astilleros militares de San Fernando, pero los ingleses entraron en la bahía como Perico por su casa, los cañones de tierra parecían de plastilina y los valerosos marineros patrios saltaban de los barcos, ahogándose muchos de ellos, descuidando su artillería, escondiéndose tierra adentro. En el lado español se perdieron 21 barcos de guerra y unos 40 mercantes, además de 19 galeras de las más refutadas del país.

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Los caños de Sancti Petri forman parte de la enmarañada red de pequeñas vías de aguas por las que huyeron los barcos más livianos

Al final de la batalla, los ingleses habían perdido 30 hombres y un par de pequeñas embarcaciones que ardieron por negligencia de sus propios hombres. Entre los españoles, dos de los buques más emblemáticos, el San Felipe y el Santo Tomás terminaron varados e incendiados por sus propios marineros, y los otros dos, el San Mateo y el San Andrés, en manos británicas. Con la flota española desarbolada y cautiva, tres mil hombres desembarcaron en Puntales y se encaminaron a San Fernando, que en aquella época se llamaba la Isla de León, donde los soldados ofrecieron una tímida resistencia que acabó con las puertas de las murallas abiertas y los cañaíllas presos. Sir Francis Vere, el segundo de la expedición, dejó un recuerdo un tanto ridículo de la batalla de San Fernando: ‘parecía mejor un tumulto interior y una riña callejera que una lucha entre naciones tan poderosas…’.

Por si todo esto no hubiera sido una humillación difícil de digerir, lo peor vendría ahora: el segundo conde de Essex, en lugar de vengar las bajas, dio orden de cuidar ‘que no hubiera violencia ni se infirieran ofensas por parte de soldados u otros hombres a ninguna de las señoras o al resto de las mujeres’. Y para demostrar que iba en serio, ejecutó a dos ingleses acusados de violación. Los españoles, anclados aún en una mentalidad medieval, no salían de su asombro porque lo habitual era que cualquier invasión acabara con los prisioneros pasados a cuchillo y el propio Felipe II dejó caer una frase legendaria: ‘tanta hidalguía no se ha visto jamás entre herejes…’.

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La ciudad de Cádiz no deja de ser una raya en el mar

El martes por la mañana, los vecinos de Cádiz que se habían hecho fuertes en el castillo de San Felipe, pidieron tregua y ofrecieron 120.000 ducados y 50 rehenes de entre lo más granado de la población como prenda del rescate. El anecdotario es rico a partir de ahí. Sir John Wingfield falleció por sus heridas y fue solemnemente enterrado en la catedral de Santa Cruz, y ahí sigue el hombre porque dicen que era católico, aunque profundamente anti español. La vida en la ciudad tomada se disparataba a veces y en algunos momentos los oficiales perdían el control de sus hombres, que se abandonaban a cierta fiebre iconoclasta y destruían sacras imágenes como la virgen de la iglesia de los jesuitas, arrastrada por las calles en un jolgorio no exento de alcohol que tuvo que ser de órdago.

Los ingleses habían estado sólo catorce días en Cádiz, suficiente para dejar la ciudad arrasada, ardiendo como una tea y rapiñeada hasta el último rincón. Entre los objetos de rapiña, una colección de libros sobre religión y filosofía que aún se guarda en la biblioteca de la catedral de Hereford. Los soldados, por su parte, sacaron todo el vino de las casas y se dedicaban a pasear sus indignas borracheras por la ciudad, con la poca vergüenza de acusar a los holandeses de ser sus mentores en esto del alcohol, costumbres que decían haber adquirido en los Países Bajos mientras luchaban contra los españoles. Los 50 prisioneros que aún permanecían en manos de los británicos, por los que pedían 120.000 ducados, terminaron siendo embarcados porque el dinero no llegó y los parlamentarios enviados sólo ofrecieron confusos pagarés y bonos que no fueron precisamente bien acogidos. Cinco siglos atrás la economía española gozaba de la misma aceptación que hoy en el antecesor de la City…

Sir George Carew llegó a afirmar en su diario que a pesar de que los españoles habían concentrado un ejército de 50.000 hombres entre Sevilla, El Puerto, Jerez y Puerto Real, ‘nunca tuvimos miedo ni por tierra ni por mar de ataques, pues vivimos con una gran tranquilidad y descanso, como si hubiésemos estado en Cheapside…’.

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Dicen las crónicas que la ciudad de Cádiz ardió como una tea tras el paso de los corsarios del Segundo Conde de Essex

Los británicos se marcharon sin que apenas nadie los molestara y se dieron el gustazo de pararse en Faro, en el Algarve portugués, para saquear un ratito. Luego pensaron en saquear también La Coruña pero un brote de sarampión entre la marinería les impidió detenerse más tiempo. A sus espaldas, Cádiz prácticamente desaparecida del mapa y la corona de los Austrias en quiebra tras valorar en 5 millones de ducados las pérdidas de la flota de las Indias. Dicen las crónicas que en la ciudad ardieron las iglesias y hospitales, una cuarta parte de todas las casas y hasta se pensó que no era posible recuperarla y que debía trasladarse en bloque al Puerto de Santamaría.

Cádiz por Hachero

Afortunadamente la ciudad de Cádiz se recuperó pronto, para alegría de la corona patria y de los veraneantes actuales

Como anécdotas más poéticas dice la leyenda que los ingleses robaron tantos barriles de vino de Jerez que ayudó a popularizarlo en las islas británicas, y dice también la leyenda que el mismo Miguel de Cervantes dedicó un soneto satírico a las tropas del duque de Medina Sidonia y a su lugarteniente, el capitán Becerra:

Vimos en julio otra semana santa

atestada de ciertas cofradías

que los soldados llaman compañías,

de quien el vulgo, y no el inglés, se espanta.

Hubo de plumas muchedumbre tanta

que, en menos de catorce o quince días,

volaron sus pigmeos y Golías,

y cayó su edificio por la planta.

            Bramó el Becerro, y púsoles en sarta,

tronó la tierra, escurecióse el cielo,

amenazando una total ruina;

            y, al cabo, en Cádiz, con mesura harta,

ido ya el conde, sin ningún recelo,

triunfando entró el gran duque de Medina…

Cádiz por Hachero

La última consecuencia del saqueo de Cádiz es la desconcertante sospecha de que Shakespeare se inspiró en el segundo conde de Essex para su más recordado personaje, el de Hamlet, todo un tratado sobre la traición. Robert Deveroux se perfilaba como un perfecto aspirante el trono tras la humillación que infringió a Felipe II. La reina, que lo había tenido como su más admirado militar, había mandado ejecutar a buena parte de los oficiales del saqueo de Cádiz porque sospechaba que le robaban todo, y el pobre Deveroux pasó de favorito a sedicioso por defecto. En Inglaterra su valentía despertaba más admiración de la que la propia reina pudo aguantar. Aprovechando que el segundo duque de Essex fracasó en su guerra contra Irlanda, la reina, su amada reina, ordenó decapitarlo en la torre de Londres cuando el victorioso saqueador de Cádiz tenía sólo 34 años. Tal vez lo que oliera a podrido no fuera, al fin y al cabo, Dinamarca…

Referencias‘El saco de Cádiz’, Stephen y Elizabeth Usherwood, diario del ‘Mary Rose’, servicio de publicaciones de la Diputación de Cádiz, 2001