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Cada año miles de peregrinos hindúes recorren los caminos de la Cachemira india para llegar a la sagrada cueva de Amarnath, donde dice la tradición que habita Shiva, el dios naranja. Una piedra de hielo en forma de lingum (el pene de este peculiar dios) es el objetivo de la visita, y su sola visión justifica el viaje. Los peregrinos llegan por millares a Pahalgam, una pequeña población en el centro de Cachemira, y desde allí caminan durante tres días cruzando valles y montañas, bosques y praderas. Las colas de peregrinos son visibles desde cualquier punto elevado. La mayoría va vestido de naranja, el color de Shiva. Muchos llevan pintados en la frente un tridente, el símbolo del dios, otros se adornan con un punto que simboliza el tercer ojo que mira más allá. También han venido sadhus, los santones que pasean su semidesnudez por media India en una búsqueda permanente de su propia identidad.
Pero la peregrinación es visible por algo más. Alrededor de 15.000 soldados vigilan cada paso de las multitudes, cachean a cada peregrino, revisan cada autobús, inspeccionan los ropajes y vacían las maletas. Cualquiera de los devotos de Shiva puede ser un muyahidin disfrazado y provocar una matanza. Ya ha sucedido antes y todos son conscientes de que puede ocurrir otra vez. Y de hecho ocurre: días atrás fue en Quasimnagar, cuando decenas de peregrinos jaleaban a la selección india de cricket en un partido contra la de Gran Bretaña. Tres santones hindúes sacaron de entre sus ropajes granadas y metralletas y dispararon a discreción dejando veintiocho cadáveres en el suelo y decenas de heridos moribundos por todas partes.
Poco después, en el trayecto por las montañas, otro grupo de muyahidines volvía a atacar a los peregrinos con granadas y metralletas. Doce cadáveres, varios de ellos policías, y decenas de heridos rompían por ese día la peregrinación. Los ataques son continuos y no es extraño ver a los soldados cubiertos por gruesos chalecos antibalas y apuntando nerviosos sus fusiles en todas direcciones.
Comienza el Yatra, la peregrinación. Cachemira da la bienvenida a los devotos hindúes. Los carteles se repiten por doquier, las carreteras están engalanadas, los autobuses de peregrinos surcan los caminos a toda velocidad. De las ventanillas salen manos que arrojan bolsas de caramelos a los niños de las aldeas y provocan la indignación de los vecinos porque con frecuencia los pequeños terminan bajo las ruedas de los vehículos.
Control tras control, los visitantes detienen los motores para mostrar sus pasaportes y justificar su paseo. Soldados nepalíes, los famosos gurkas, patrullan las carreteras cachemires abiertos en abanico, separados entre sí por varios metros, comandos de ocho, diez, doce hombres. ‘¿Hay peligro?’, le pregunto a un sonriente soldado de ojos achinados. ‘Claro’, dice jovial, ‘si no, ¿para qué íbamos a ir así?’. Los musulmanes de la zona gritan indignados a los soldados. ‘Por su culpa nadie entra en nuestros hoteles’, se quejan. Los peregrinos son obligados a alojarse en tiendas de campaña levantadas en el interior de campos rodeados de alambradas y protegidas por torretas de vigilancia. Donde quiera que uno mire sólo ve soldados, nidos de metralleta.
S.S Puri es un hindú que hace montañismo por la zona, ajeno a la peregrinación, y considera que todo esto le parece un poco exagerado. ‘Cada vez que hay elecciones en alguno de los dos países, India o Pakistán, se enzarzan en lo que siempre parece el inicio de una guerra, pero al final no pasa nada…’ Sin embargo, el despliegue de un millón de soldados no parece gratuito. Hay cientos de ataques y en ambos bandos caen muertos a diario. ‘Si los paquistaníes dejaran de enviar municiones y armas a los guerrilleros, esto se acabaría en dos días’, se lamenta un oficial indio que dice llamarse Ahmad. ‘Si la India nos diera la independencia, esto no duraría mucho más’, resalta el profesor Sheik, un intelectual musulmán que estuvo encarcelado durante ocho años por sus encendidos escritos por la independencia.
Pahalgam, punto de inicio de la peregrinación. Un sadhu repite mantras monótonamente protegido del sol por un colorido tenderete mientras un santón efectúa unos extraños ritos sobre una mesa cubierta de flores y varitas de sándalo. A su alrededor, un nutrido grupo de religiosos reza y canta alabanzas a Shiva. Suenan campanas, el micrófono se acopla de vez en cuando, un tridente preside la ceremonia. Todo parecería perfectamente normal en esta escena de no ser por la presencia de decenas de soldados que vigilan el acto. Guardaespaldas con metralletas, soldados regulares con fusiles, hombres de chaqueta y corbata con gafas de cristal que no apartan las manos del pantalón. El recinto está cerrado, y reservado a altas autoridades, y algunos musulmanes se agolpan en una valla metálica para observar. Pero por cada curioso hay tres, cuatro, pierdo la cuenta, de soldados que a su vez los observan a ellos.
‘¿Qué daño podemos hacerles nosotros?’, se queja Rajiz, hostelero de Pahalgam. ‘Nosotros vivimos del turismo, tenemos los hoteles vacíos y la gente del pueblo pasa hambre, no les dejan ni comprar en nuestras tiendas… ¡y esta es nuestra tierra!… cada año vemos pasar a millones de peregrinos que no dejan ni un solo centavo en el pueblo…’ Los lugareños están realmente desesperados y se agolpan ante mi cámara como si detrás del objetivo estuviera la solución a todos sus problemas. ‘Entre los soldados, que no dejan de pedir sobornos, y los muyahidines, que con sus ataques provocan más ira entre los indios, no tenemos ningún futuro’, dice con lágrimas en los ojos, al borde de la desesperación. A pocos metros, Jo, un peregrino, vuelve por fin a casa: ‘no he pasado más miedo en la vida’, confiesa, ‘durante el trayecto sólo nos encontrábamos con soldados y cada vez que se movía un matorral me llevaba un buen susto’.
‘No hay duda de que Pakistán envía municiones y armas a los guerrilleros’, me comenta Alí Boktoo, un hostelero de Srinagar, la capital de Cachemira, al que podría acusar también de estafador y chulánganas, ‘pero sepa usted que también los soldados indios hacen negocio con esta guerra’. Según Boktoo, algunos militares indios venden munición, armas, alcohol, cigarrillos, ‘y más cosas, porque muchos cruzan incluso la frontera para hacer sus negocios’. Sin embargo, no puede decirse que los musulmanes sean del todo inocentes. Miles de hindúes han tenido que huir de Cachemira ante los insistentes ataques que sufren. En la cercana Jammu, de influencia hindú, se agolpan miles de refugiados en precarios campos administrados por la ONU.
‘Sinceramente’, prosigue Boktoo, ‘yo prefiero formar parte de la India que de Pakistán, y como yo creo que el 90 por ciento de los cachemires, lo que ocurre es que después de tantos años de ocupación militar el pueblo está harto de los militares’. El profesor Sheik, más cercano a Pakistán, tiene otro criterio. ‘Dejen que decida la gente, ¿qué miedo tienen?, La india debe hacer un esfuerzo y dejar de acusar a Pakistán de todo lo que ocurre aquí: Pakistán también tiene sus derechos en un territorio disputado como este’, para luego asegurar que los muyahidinies no son terroristas sino luchadores por la libertad.
Ante la afirmación de que Occidente tiene miedo de un nuevo estado islámico que le recuerde a Bin Laden, el profesor dice que ‘los americanos no tienen pruebas de que los atentados los cometiera Bin Laden y además, este no es el momento de hablar de tipo de estado, lo único que queremos es que Delhi nos deje celebrar un referéndum para que la gente decida en qué país quiere estar, o si prefiere la independencia’.
En el centro de Srinagar un numeroso grupo de personas se arremolina ante una casa anexa a una mezquita. Parece que miran al cielo pero no: esperan a que la caridad islámica aparezca en forma de trozos de carne que llueven de un tejado. ‘En un país con un 50% de la población viviendo bajo el umbral de la pobreza’, continúa el profesor Sheik, ¿no cree usted una locura que planteen una guerra nuclear, con armamento atómico? ¿por qué no utilizan ese dinero para crear infraestructuras, para dar de comer a la gente?

Por las noches suenan ráfagas de metralleta en Srinagar, la capital de Cachemira. Se escuchan voces, una lacnha surca las aguas del lago Dal en busca de terroristas, los aullidos de los perros se unen a los cantos llamando a la oración. ‘Dicen que Bin Laden está en Cachemira’, comenta divertido Mansur, mi guía en las montañas, ‘pero la verdad es que yo nunca lo he visto’. Es que si lo ve se gana el premio de su vida, le comento. ‘Pues aquí hay mucha gente a la que no le cae nada mal porque si te paras a pensarlo, lucha por los suyos, por los musulmanes, tal vez de un modo equivocado pero es que aquí han muerto ya treinta mil personas y a nadie parece importarle’.

Os dejo un video con imágenes que grabé del Yatra de Cachemira. El texto corresponde a un reportaje que se publicó en Diario de Sevilla hace unos años.