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En el centro de la capital de Cachemira, Srinagar, un voluntario de la mezquita Dastgir Saheb se encarama al techo de un cobertizo anexo y la multitud se arremolina a sus pies. Lleva un cubo, todos lo miran con ansiedad, los cuervos sobrevuelan la escena, se respira nerviosismo. La mezquita es uno de los atractivos de la bonita capital cachemir, es de madera, la gente es afable, nadie pone problemas para entrar y mezclarte entre los fieles, está junto a la tumba de uno de los hombres más famosos de la historia: Rozabal Shrine, el lugar sagrado que guarda los restos de uno de los profetas del Corán: Jesucristo. Los cachemires están convencidos de que esto no es broma. El hombre subido en el techo del cobertizo mete la mano en el cubo y lanza algo a la muchedumbre. Las manos se alzan implorantes al cielo, se entrelazan, se disputan cada centímetro cuadrado de un aire que se les escurre entre los dedos. Por fin cae algo: es un trozo de carne, carne cruda, carne grasa. Alimento, en definitiva.

La muchedumbre oscila siguiendo al caprichoso benefactor, ora arriba, ora abajo, ahora se empujan, ahora sonríen. Una mujer ha subido por algún rincón que no alcanzo a ver, el benefactor de dudosa moralidad le recrimina ostentosamente, la echa a voces. Dos niños la siguen pero no captan la atención del estudiante. Del talib. Los niños se hacen con trozos de carne cruda, la guardan en un bolsillo de la camisa, se la guardan incluso en los pantalones. En una esquina, un piadoso señor reparte arroz cocinado entre los feligreses. Las manos vuelven a alzarse, algunos traen plásticos para no malgastar ni un grano. Nadie puso objeciones a que grabara la escena…

 

Cachemira perdió hace tiempo su principal fuente de ingresos, el turismo. Dicen los comerciantes que por cada día de toque de queda pierden 14 millones de euros. Sólo en 2008 hubo cien días de toque de queda. El bloqueo de la carretera con la cercana región de Jammu, poblada sobre todo por hindúes, les cuesta cien millones de euros al año. Turismo, artesanías y agricultura son los tres pilares de la economía de esta azotada región compartida por la India y Pakistán. Una región en disputa desde hace décadas que tiene en vilo a dos países porque tanto el gobierno de Nueva Delhi como el de Islamabad se han armado en los últimos años con bombas atómicas y están dispuestas a utilizarlas para mantener la titularidad de esta tierra que muchos identifican con Shangri-La, el paraíso terrenal, un paraíso de altas montañas, profundos y verdes valles, jardines exuberantes y gente encantadora. Encantadora pero pobre, y pobres con hambre.

 

Todo comenzó en 1947, cuando la guerra civil entre hindúes y musulmanes dio paso al nacimiento de dos países, India y Pakistán. Los musulmanes caminaron hacia el norte, para formar un estado islámico. Los hindúes, a lo que hoy es la India. En el norte del país, los musulmanes de Cachemira optaron por Pakistán pero el maharajá de la región pidió ayuda a la India, que respondió enviando un nutrido contingente militar para mantenerlo bajo su tutela. Hasta hoy. Una región militarizada, con los escenarios bélicos más altos del mundo, casi un millón de soldados indios y muyahidines listos para la lucha. Un contexto que no invita precisamente al turismo, ni a la exportación de sus celebérrimas telas. Un contexto, pues, de hambre.

 

Un contexto, el del hambre, que se expande en ondas concéntricas hasta abarcarlo todo.