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cachemira por Hachero

En el lago Dal se mece el palacio de Buckingham al ritmo de las olas de unas pequeñas canoas que aquí conocen como shikaras. Pero se equivoca el que espere que Elizabeth, la reina, se asome altiva a un balcón porque el palacio de Buckingham del lago Dal tiene proa y popa, quilla y puente, y es más bien barco que palacio, aunque sea un barco palaciego y con pretensiones británicas. Y además de todo, es New, lo que indica claramente que en algún lugar se pudre el casco de madera de un Buckingham Palace anterior. Porque la huella inglesa en las montañas del norte de la India aún permanece en las riberas del gran lago de Srinagar, la capital de Cachemira, y porque los hoteles y ciertas casas siguen aún las costumbres que dejaron aquellos en la región. Los hoteles flotantes se construyen con madera de cedro y con una eslora que oscila entre los 38 metros de largo y los 24, y una manga que va de los 3 metros hasta los 6, dependiendo de lo que se quiera conseguir en su interior.

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Y en el interior de mi hotel flotante se ha conseguido el bizarro aspecto del lujo asiático. Un largo pasillo distribuye las habitaciones entre abigarradas telas y techos minuciosamente tallados, las ventanas ofrecen la extraña perspectiva de un muelle habitacional que separa los hoteles a base de flores de loto, pareciera que sirvieran de sendero milagroso, pero no, y pareciera también que un ejército de modistas y tallistas hubieran trabajado hasta la extenuación para que el visitante siente un lujo decadente en cada rincón y en cada detalle. Y es que hasta los lotos son demasiado perfectos para este remoto rincón del mundo.

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Dice la historia que allá por el siglo XIX el Raj del lugar temió una invasión de británicos armados con cestitas de picnic tras comprobar que aquellos blancuchos sonreían desmesuradamente cuando entraron en la ciudad. ¡Un lago con una temperatura agradable y hermosas montañas! ¡Con el calor tan espantoso que soportaban en Delhi! Los ingleses husmeaban las orillas, soñaban con reproducir casitas de estilo victoriano en las afueras de la ciudad, se veían imitando la vida inglesa con el estilo inglés, trajes ingleses y hasta temperatura inglesa: basta de la telas livianas, ya está bien de sudar como coolies, queremos tiritar de frío, Srinagar podía ser ese Shangi La del que vacilaba todo asiático.

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Sin embargo, el Marajá, temiendo lo peor, lanzó una orden que al tiempo era una prohibición: los extranjeros no podían tener tierras en Cachemira. Pero los británicos, que son muchas cosas pero tontos precisamente no, se lanzaron a remodelar los clásicos Dunga, unos barquitos de recreo tradicionales en la zona, y se afanaron en añadirles camarotes para que acogieran a las familias al llegar el momento del descanso. Claro que a los ingleses les fue bastante bien en la India, su colonia más rentable, y aquellos ridículos barquitos fueron creciendo en eslora, en camarotes, en pasillos, en muebles recargados, en cojines cosidos a lujosas telas de kashmir, en chales de pashmina, en alfombras que ocupaban un salón entero. Los ingleses burlaron la orden del Rajá pero sus barcos eran aves sin alas: no podían navegar sin poner en peligro el impresionante muestrario de oropeles y joyas de museo que contienen.

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Claro que no todos los hoteles son iguales y que la categoría de cada uno excede la comprensión occidental. Los hay que parecen más desvencijados, los hay que parecen más elegantes, los hay que necesitan una manita de pintura y otros que deslumbran desde la distancia, pero es difícil que uno pueda orientarse con la simple mención de su categoría: los hay de primera clase y también de segunda clase, pero también se ofrecen de lujo, que no sabría diferenciar de la primera clase, y también de ‘superlujo’, que yo, que estoy en uno de clase media, no puedo ni imaginar porque mi habitación ya me parece de Marajá, con su enorme cama apta para orgías gripales y ese baño que guarda reminiscencias de Agatha Christie con su bañera sostenida en cuatro doradas manitas de león con las garras desgastadas…

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Junto al Kashmir Hilton descansa en su amarre el Duke of Windsor. Y así, hasta ochocientos, más o menos, el parque de casas flotantes que reposan en las orillas. Los británicos no dejaron nunca de venir, aunque ahora lo tengan especialmente complicado debido al conflicto que enfrenta a la India con Pakistán. De hecho, dicen que en 1966 George Harrison aprendió a tocar en uno de estos curiosos hoteles el sitar, de la mano de Ravi Shankar, lo que propagó la fama de estas casa flotantes y atrajo a miles de fans deseosos de probar todo lo que hiciera el autor de My sweet Lord, además de situar el lago Dal en el mapa de los hippies que recorrían la región por aquella época. La visita de personajes ilustres es un argumento más de los alicaídos hosteleros: por el hotel Chicago pasó Indira Gandhi, en el Butt’s Clermont el potentado Nelson Rockefeller y la escritora Arindhati Roy, por aquel de allí se enorgullecen de una dedicatoria del senador norteamericano John McCain… No es de extrañar porque los locales aseguran que por este lago pasó incluso Nuestro Señor Jesucristo….

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De la pobre Cachemira, que fue un centro turístico de primera magnitud en la India, y que sufrió la calamitosa comparación con Suiza (‘la Suiza de Asia’, la llamó algún malintencionado que debía de saber por fuerza que todas las suizas paralelas del mundo terminan en tragedia: Cachemira, Líbano, Ruanda…), apenas quedan imágenes bucólicas y románticas, las de un bonito lago surcado por coloridas canoas y rodeada de barcos con extravagantes nombres y cargas. Hoy, la Suiza asiática es un pequeño infierno al que todas las embajadas ruegan con insistencia no visitar, un escenario de luchas entre muyahidines pakistaníes y soldados hindúes donde no son extraños los coches bombas y los atentados religiosos, uno de los posibles teatros para una guerra nuclear y una región en la que todos decían haber visto a Bin Laden escondido en algún sitio (ya no, obviamente).

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El turismo, no obstante, parece que vuelve, tímido y timorato, aunque usted, turista intrépido que se aventura a semejante lugar: cuide no tanto la labor de los terroristas, a los que usted importa poco, sino de los locales sacamantecas (jamás pise el hotel Boktoo si en algo estima su integridad psíquica: por tener incluso tiene un niño esclavo) y a los avispados comerciales que siempre tienen un primo con barco (porque estará en la periferia de la ciudad y se perderá los paseítos por los barrios más coloridos o necesitará vehículo para todo).

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