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Ivan Rilski, o Juan de Rila para nosotros, era un noble búlgaro del siglo X que sufrió un arrebato místico y decidió abandonar la vida mundanal y refugiarse en lo más profundo del bosque. Juan, o Iván, se internó en las montañas balcánicas de su región, que hoy llevan su nombre: Rila, y fijó su residencia en una cueva. El tal Iván debía de ser todo un personaje porque vació el tronco de un árbol y lo convirtió en su lecho, una cama austera y rígida que además le habría de servir de refugio contra las bestias y alimañas del bosque porque, recordemos, el intrépido Iván había elegido como hogar las profundidades de un bosque balcánico del siglo X.  

A pesar de vivir en la mayor de las soledades, el asceta conoció a un pastor que sufría enormes dolores en la espalda y armado tan sólo con su biblia y murmurando oraciones consiguió lo imposible. Lo curó. Poco después sanó a un orate que corría desnudo por las montañas y su fama de santo se corrió por la región. Tanto, que las montañas hoy se llaman Rila, y tanto que en el lugar donde el antiguo noble estableció su hogar sus admiradores levantaron primero una humilde capilla, luego una pequeña iglesia, finalmente un complejo de edificios bellamente decorados que se mantiene hasta hoy. Era una época dorada para los cristianos, todos unidos bajo el manto de la fe, de una única fe, antes incluso de que ortodoxos, protestantes, calvinistas, católicos y demás creencias se acusaran unas a otras de herejes y enemigas.

El inquieto Iván, para nosotros Juan, debió de morir por el 946 y su cadáver sufrió, años después, un viaje postmortem que lo llevó incluso a Hungría, donde siguió granjeándose fama de milagrero. Pero de entre todos los milagros que el noble monje realizó, el mayor de todos fue el de mantener unida a la cristiandad en el mismísimo corazón del imperio otomano.
Hoy es el segundo templo en importancia del mundo ortodoxo, tras el paradigmático monte Athos de Grecia, un conjunto religioso que tiene a sus espaldas algo más que la historia de Juan de Rila. A finales del siglo XIV el pujante imperio otomano invadió las tierras que hoy conforman Bulgaria, en ese entonces un campo de batalla para los terratenientes locales, conocidos como boyardos, nómadas tártaros, nobles venecianos, genoveses, húngaros y serbios. El sinfín de batallas terminó de un sopetón con el golpe de autoridad turco: fuera cristianos de estos montes. Los otomanos seguirían su loca estampida hacia el norte pero habían encontrado en las montañas búlgaras un puesto avanzado donde descansar sus tropas en busca del imperio germánico.
En 1396, los turcos ganan las batalla de Nicópolis y se hacen con toda la región. Los cristianos serán ahora ciudadanos de segunda, y hasta de tercera, los nobles huyeron y los campesinos acabaron esclavizados, la cultura búlgara, tan próxima a sus vecinos bizantinos, terminó aislada y su religión acorralada y casi que olvidada. Los búlgaros aguantaron el ímpetu turco durante casi cinco siglos porque hasta 1878, merced al tratado de Stefano y gracias a los rusos, que aplastaron a los otomanos, la región no volvió a ondear la bandera de la cristiandad.

Cinco siglos durante los que Rila, y el espíritu de Juan, o Iván Rilski, fueron el último refugio de la cultura ortodoxa, el último hálito del espíritu búlgaro y el motor de la resistencia contra el invasor. Hoy, el monasterio, la iglesia, el complejo religioso, ofrece al visitante la tranquilidad de sus doce monjes que intentan en vano huir del mundanal ruido, las coloridas pinturas del pintor decimonónico Zahari Zograph o las truchas que sirven en un típico restaurante situado a espaldas del conjunto. El último rincón de la cristiandad en los Balcanes.

El monasterio incluso tiene un hotel con restaurante para vivir como un monje pero con televisión por satélite
La carretera que sube a Rila está plagada de señales de tráfico que parecen avisar de posibles apariciones…