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Viaje a Borneo: con los gitanos del mar en Pulau Gaya

 

Al fondo, una obra.

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En la parada del autobús la gente espera.

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A la salida del colegio los niños aguardan el vehículo escolar.

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Hasta ahí todo suena normal. Pero no lo es. Porque la obra del fondo se eleva decenas de metros en una superestructura vertical de rascacielos que contrasta a sus pies con la precariedad de las chabolas de madera que la sal deteriora cada día. La parada del autobús podría no levantar sospechas pero sí que lo hace porque no hay carretera, el autobús no tiene ruedas y no hay modo de llegar a ninguna parte con las piernas.

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El recreo de los niños de Pulau Gaya es una oportunidad para sacar el aparejo y llevarse la cena a casa

Incluso los niños del colegio de Pulau Gaya pasan el recreo lanzando sus aparejos al mar, a ver si pillan algo. El lugar es tan paradójico que ya no existe porque, paradoja sobre paradoja, ardió (un pueblo marino levantado sobre pilotes) y se llevó por delante la mitad de las casas, senderos de madera y embarcaderos.

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Guiño burlesco de la historia, el fuego que devoró Pulau Gaya no era nuevo. La aldea ya había ardido antes otras dos veces, en los años noventa, pero sobre todo, ya había consumido el primer intento de crear una ciudad en la isla. Los británicos construyeron precisamente aquí la sede central de su Compañía Británica del Norte de Borneo, pero generó tanta desesperación entre las tribus locales que en 1897 un tal Mat Salleh le metió fuego con un éxito abrumador y de la compañía no quedó ni un tizón. Hartos de guerrear contra esos guerreros sobre canoas, los británicos cruzaron el canal y levantaron una nueva sede junto a un poblado de pescadores y, en un acto de vasallaje un tanto pelota, denominaron al lugar Jesselton en honor a Sir Charles Jessel, que era el vicepresidente de la compañía.

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El pequeño villorrio de pescadores se vio entonces completamente sobrepasado por la actividad que trajo la Compañía, sobre todo cuando se completó el ferrocarril que traía ingentes cantidades de caucho del interior de la selva. La importancia de la ciudad creció tanto que los japoneses la invadieron durante la Segunda Guerra Mundial y los aliados la bombardearon con saña. En 1968 los malayos le cambiaron el nombre por el de Kota Kinabalu y orientaron su actividad a la del intercambio comercial con China.

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Los habitantes de este curioso pueblo eran, y serán allá donde hayan levantado sus nuevos hogares, gitanos del mar, expertos en dormir en estrechas barandas sin caer al suelo, que es agua, son expertos en nadar sin freno, en remar y arreglar motores.

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Más que nada porque en ello les va la vida y el día a día. En este islote tan virgen como abarrotado, apenas a diez minutos en barco desde Kota Kinabalu, viven miles de inmigrantes ilegales provenientes del archipiélago de las Sulu y de Mindanao, en las Filipinas, y entre los habitantes de la ciudad, justo enfrente y tan abarrotada como Pulau Gaya, pero casi colapsada de enormes centros comerciales, los miran con aprensión y desconfianza. Cuidado, te dicen con la mirada, no te aventures mucho que te pueden robar la cartera, ‘por la noche no entra ni la policía’, advierte adusto el conductor del taxi sin ruedas.

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Recreo en mitad del mar

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Nadie diría que el lugar disfrute de carísimos resorts en una playa de arenas finas y apetecibles en el lado de la isla que para un filipino ilegal es como la luna porque es inalcanzable. No llegué a ver esa paradisíaca playa de la que hablan las guías, la de la bahía de la Policía, curioso nombre (vive Dios) ni tampoco a pisar la densa jungla que rellena el perímetro de la Isla Grande, en bahasa, ni tampoco los atractivos que describe aquí The New York Times.  Pero dudo que tuvieran más interés que el poblado de los filipinos y el vecino de los malayos (gente más decente, por lo que decía el barquero). La población filipina, sin embargo, saluda alegre al visitante, los niños elevan las manos en una petición de propina que suena a automática, la gente haraganea a las puertas de las casas, entre ropa tendida y cacharros esparcidos milagrosamente por los zaguanes de bambú. Vecinos sin trabajo y sin papeles que encuentran trabajo en la construcción de los grandes rascacielos de la orilla de enfrente, o que sobreviven de la pesca que pasa justo bajo sus camas.

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‘Acompáñenos a llevar a los niños a sus casas’, me dice el taxista, ‘es que mi hijo es uno de ellos’, se justifica mientras una cascada de niños se aposenta en el improvisado vehículo escolar. Resulta emocionante esto de ir esquivando pasarelas, cables, hilos de ropa tendida, mientras los pequeños me observan como si fuera una aparición mariana.

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Y eso que Kota Kinabalu, que resplandece allá enfrente, o KK como le dicen los malayos, es una ciudad con un atractivo intangible pero evidente, y que el entorno es una explosión de vida exótica, desde los elefantes pigmeos al oraguntán, los monos narigudos o la extraordinaria vida marina. Kota Kinabalu es una ciudad lánguida, lanzada a una locura de centros comerciales concatenados en forma de rascacielos y calles aplastadas por el calor del trópico que rezuman sopor y grandes ratas cuando cae la noche. Un extraño sitio pero con un encanto, como decía, inexplicable, que muchos visitantes aprovechan para tomar fuerzas antes de internarse en las selvas de una isla que tiene tantos atractivos como palmeras de palma africana devorando su esencia.

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