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Entre los siglos XI y XIII los súbditos del reino de Pagan construyeron catorce mil edificios religiosos en un área de ciento cuatro kilómetros cuadrados. Dicho de otro modo: durante doscientos cincuenta años, los habitantes del reino de Pagan construyeron diez mil templos, mil estupas y tres mil monasterios en un área equivalente a la ciudad de París, a la de Barcelona, al barrio de Manhattan, similar al término municipal de Navalcarnero, en Madrid, o exactamente el mismo que Villafranca de los Barros, en Badajoz. Y así, concentrados hasta atorarse, los catorce mil edificios religiosos de Bagan convirtieron a la extensa planicie en un centro religioso inigualable en el centro de Asia, un lugar donde coexistían el budismo Theravada con el Mahayana y el Tántrico, las escuelas hinduistas de Vaishana y Shivaismo y los cultos animistas de los habitantes más antiguos.
Bagan desprendía rezos y oraciones, por sus calles se respiraba santidad y paz, dicha espiritual y paciencia sabia. Hasta que en 1287 el imperio colapsó, dicen que por las invasiones mongoles, y el increíble centro religioso del reino de Pagan languideció hasta quedar convertido en lo que es hoy, un lugar de peregrinaje para los más devotos, y de asombro para los despegados. Cuando lo visité, en algunos templos se afanaban arqueólogos limpiando paredes, descifrando enigmas y reparando grietas, las grietas del tiempo más que de los saqueos porque, y sólo en el siglo XX, el antiguo reino de Bagan sufrió más de cuatrocientos terremotos.
Pero se afanaban casi que en vano porque eran contados, contadísimos, y la magnitud de la tarea era, y es, titánica. El gobierno militar de Yangon, la rebautizada ciudad de la también rebautizada Myanmar, no ayuda precisamente a evitar que se le desmorone uno de los más bellos legados de la Antigüedad. De aquellos edificios hoy sólo quedan dos mil doscientos veinticuatro, un número que se antoja lejano pero que plantea la terrible duda al visitante de cómo comenzar a disfrutar de este disparate arquitectónico. Hasta donde abarca la vista se intuyen templos y cuando acaba de subir exhausto a uno de ellos se da cuenta de que la tarea es inabarcable. Por sus calles transitan carros tirados por bueyes, corren niñas como palos y desfilan mujeres con el rostro embadurnado en tanaka, la pasta embellecedora que además protege del sol. La vida en Bagan, ese es su nombre hoy y no Pagan, es de lo más rural y apacible. Un lugar alejado del bullicio turístico de otros enclaves fundamentales en Asia, como el templo Jemer de Angkor Vat, en Camboya, o Borobudur en Indonesia: la dictadura que ha torturado la vida de la premio nóbel  Aung San Suu K  cerró de tal modo el país que apenas un puñado de turistas intrépidos se acerca a esta maravilla. En un solar se celebra un teatro y la explanada se abarrota de curiosos que casi no ven el drama que se desarrolla en el escenario. Gritan al unísono, ríen a la vez, se apenan colectivamente, el espectáculo no está arriba: está abajo, en el público, no quiero ni pensar que les proyecten una película de ciencia ficción.
saliendo de misa, como el que dice
Todo comenzó con el rey Bagan Anawarahta, un rey guerrero que conquistó el reino de los Mon, fervientes budistas de la rama Theravada, un rey sensible con las cosas de su reino y, finalmente, un rey susceptible de sentir el influjo de las cosas nuevas. Entre los treinta mil prisioneros Mon que Anawaratha hizo en sus batallas, se encontraba la familia real pero también artesanos, constructores y religiosos y el sensible rey sintió la llamada de Buda. Con ellos estudió las treinta y dos copias de la biblia Theravada, el Tiitaka, gasolina para el fuego sagrado que el monarca sentía en su interior. El budismo se estableció sin lugar a dudas y sus sucesores empeñaron también sus vidas en propagar y fijar la buena nueva. Kyanzittha, que debió ser el nieto de aquel guerrero tan sensiblón, creó la fama del reino, a modo de lema turístico del momento, ‘Bagan, la tierra de los cuatro millones de pagodas’, una exageración que no dejaba de asombrar al visitante cuando descubría que no eran tantas pero sí un montón, y que el laborioso pueblo que levantaba templos como loco tenía también un sistema muy refinado de regadío para los extensos campos de arroz y una sociedad de lo más civilizada. Aquí puedes encontrar más datos sobre aquellos tiempos: Arquitectura oriental (en inglés)
La historia sugiere, porque ni siquiera esto es seguro, que la invasión de los mongoles derribó el sueño cuando los invasores exigieron el pago de unos tributos que los súbditos de Bagan no podían hacer frente y tuvieron que derribar unos seis mil edificios para amurallar el recinto. Y total para nada porque los mongoles entraron igualmente, tomaron la ciudad y observaron atónitos el gran trabajo que habían hecho sus conquistados. Tanto les gustó, que apenas estropearon nada y la mayor parte de los daños que han llegado a hoy los hicieron sus propios constructores levantando la muralla de contención. Al menos nos queda un sinfín de templos y pagodas y estupas con las que detenerse a mirar las complicadas pinturas que adornan sus paredes interiores, dibujos que los artesanos locales copian en lienzos que parecen pergaminos y que venden a los pocos turistas por unos pocos dólares.
vendiendo copias de las pinturas de los templos
Budas sentados, dragones entrelazados, mujeres recogiendo flores, escenas de la vida del santísimo en las que transcurre una vida que parece lejana e idílica. Pero es que fuera así lo pareciera: de aquella ventana asoman tres jóvenes con túnicas naranjas, de aquella puerta sale un humo que delata a una olla y una familia espera sentada a la sombra, las pagodas parecen aún vivas, en su ruina, y habitadas, en su decadente esplendor.
Los templos están vivos y son los vecinos quienes les insuflan esa vida
El hombre que tiene miedo, busca refugio en los montes, en los bosques sagrados o en los templos. Sin embargo tales refugios no sirven, pues allí donde vaya, sus pasiones y sus sufrimientos lo acompañarán. Buda