Amin echa el anzuelo en las tranquilas aguas de Zaitunay Bay. ‘A ver si pican’, me dice guiñándome un ojo. Frente a su caña de pescar un pequeño contingente de yates de lujo nos observa con altivez. Son barcos millonarios que pertenecen a billonarios en un entorno de trillonarios. Por ejemplo, el hermoso y carísimo Freedom domina el puerto de Beirut junto a hermanos y primos de cartera.

Puedes verlo desde la distancia pero no tocarlo. ‘Antes tampoco podías bañarte cerca, ni lanzar la caña’. Ahora sí: de hecho muchos pescadores han abandonado las rocas de la Corniche para probar suerte en las tranquilas aguas del complejo. Antes tampoco podías acceder con comida y ahora, en cambio, se multiplican los picnis sobre el cuidado y prohibido césped de las cafeterías. Un cartel tachado indica que algo ha pasado aquí: no se podía pescar pero se pesca, no se podía nadar pero un chico se lanza en bomba, no se puede bucear pero supongo que nadie le hace caso: todas las prohibiciones se han tachado. ¿Qué ha pasado aquí?

‘Con el tiempo los ricachones del Líbano se lo han ido robando todo y al final solo nos han dejado pasear por la avenida de la Corniche y bañarnos en la playa más sucia de Beirut’, me dice una señora que se llama Lamya en un estupendo inglés. ‘De pequeña recuerdo ir a la playa con mis padres y hermanos y poner un mantelito en el suelo para comer todos: hoy eso es imposible, cuanto más tienen más quieren y ahora se están quedando con las salidas al mar’. Tras ella, el icónico hotel San Jorge sigue agujereado tras la guerra, el bar que frecuentaban periodistas y espías en estado de calamidad y el recinto cerrado. Pero alguien ha colgado una enorme pancarta. Stop Solidere, dice el cartel, junto a otro que habla del rapto del siglo y de los políticos ladrones.

‘Lo colocó el dueño del antiguo hotel’, me dice. Y así fue: Fady El-Khoury es su nombre, un tipo enfrentado al proyecto a muerte, ‘Solidere se ha hecho con la ciudad, es el robo del siglo, han echado a los beirutíes y han puesto una maqueta sin vida ni gente en su lugar’, le dice al periodista de The Guardian. El-Khoury dice haber resistido los intentos de los Hariri de comprarle el edificio pero ahora ve bloqueados todos sus proyectos para la reapertura y el edificio está así, vacío, ruinoso, dando sombra a los clientes de los clubs de lujo que proliferan a sus pies. Supongo que suspira recordando cuando el mar comenzaba en una suave playa exclusiva para sus clientes justo donde ahora está la marina…

¿Y quién ha robado su futuro al señor El-Khoury, al emblemático hotel San Jorge y a los beirutíes ,así en general?

Los dueños de la marina, de Zaitunay Bay, obviamente. Porque hay que hablar de dueños, de dos al menos como principales: los Hariri y Mohammad Safadi. Los primeros como propulsores de un delirante proyecto que ha cambiado radicalmente la configuración y estética del centro de Beirut, un proyecto llamado Solidere. El segundo, el señor Safadi, como dueño de una empresa llamada Stow Development Company, asociado a los primeros para levantar esta magnífica marina en pleno centro de Beirut. Si vamos por partes podemos decir que el señor Safadi es un político de Trípoli muy conocido en el país, que ha sido ministro de finanzas, de transportes, de obra pública y hasta de economía y comercio. Un acaudalado hombre de negocios metido en política. O tal vez sea al revés y no sea más que un político que se aprovecha de su posición para hacer negocios. ¡Quién sabe!. El caso es que el señor Safadi se asoció con Solidere, la empresa de los Hariri, el gran nombre de la política libanesa en los últimos tropecientos años. 

¿Solidere? 

‘Solidere es la empresa que ha construido todo este centro de la ciudad’, me dice Lamya señalando despectivamente con la barbilla el frontal de edificios de lujo al otro lado de la avenida. ‘Antes pertenecía al primer ministro del país, Rafiq Hariri, y ahora pertenece al primer ministro del país, Saad Hariri, que casualmente es el hijo del primero’. ¡Todo queda en casa! De Solidere dicen que se hizo con los terrenos del centro de la ciudad, destrozados por las guerras, con prácticas mafiosas, pagando el metro cuadrado a precios de risa y construyendo un proyecto de ciudad exclusivo para el más alto de los niveles. En ese proyecto solo se ha encontrado una dificultad: el deteriorado hotel del señor El-Khoury, quien es lo suficientemente acaudalado también como para desoír las tentadoras ofertas de los Hariri y el señor Safadi. Pero todo tiene un precio y si retas al que tiene la sartén por el mango no llegarás a probar lo que se cocina: los permisos para restaurar el edificio mueren en cajones olvidados. El hotel San Jorge difícilmente abrirá sus puertas otra vez y Saad Hariri difícilmente olvidará que frente a esas puertas cerradas su padre saltó por los aires impulsado por un coche bomba que acabó con su vida. Solidere significa Sociedad Libanesa para el desarrollo y la reconstrucción, su acrónimo en francés, y precisamente eso es lo que ha hecho: desarrollar una enorme extensión de cien mil metros cuadrados y reconstruir el distrito central de la ciudad de Beirut.

El entorno de la marina de lujo es una sucesión de bloques de lujo con concesionarios de lujo y coches de lujo.

Solo al mar han ganado setenta y tres hectáreas, o setenta y tres campos de fútbol si le gusta a usted el balompié. El proceso tumbó decenas de manzanas de casas afectadas por la guerra y levantó un extraño zoco diseñado por Rafael Moneo que no tiene nada que ver con la imagen de zoco que todos tenemos en mente: parece el interior de un gran centro comercial, con tiendas de marcas muy caras, precios astronómicos más propios de Londres o París y una sensación de decorado sin vida que tardará años en superar. Ya viví algo parecido a pasear por un decorado en esta ciudad polaca, Erbagg, pero aquí la extrañeza se acrecienta con el tráfico de vehículos de alta gama y un ambiente como de desierto de lujo. Dicen que la financiación corrió a cargo de la fortuna personal de los Hariri, que no es poca, pero que los beneficios les han valido la pena. ¡Qué menos!

Ya sabemos pues quiénes son los Hariri y qué es Solidere. Pero, ¿quién es el señor Safadi, además de un rico político o de un político rico? Mohammad Safadi, además de empresario y de poliministro, es el responsable de la otra parte del proyecto de marina que ahora visito entre banderas del Líbano y pescadores ansiosos por sacar una buena pieza del mar. Los revolucionarios de la Thawra (revolución libanesa) tomaron el puerto deportivo al mogollón, plantaron sus reales en los pantalanes, tiraron sus anzuelos entre los lujosos yates, sacaron manteles e instalaron fiambreras en los cuidados céspedes, llenaron el lugar de animación y vida cuando antes también la había, animación y vida me refiero, pero digamos que de otro nivel: animación cara y vida muy cara. Para que no cupiera duda de qué se trataba la cosa un grupo de manifestantes se acercó a las viviendas del señor Mohammad Safadi en Beirut y Trípoli cantando ‘cuando decimos que se vayan todos, decimos todos, y el señor Safadi es uno de ellos’. Esto venía a cuento porque la dimisión de Saad Hariri al inicio de la revolución despertó el ansia de este señor de 75 años de tocar el cielo de la política libanesa, tal vez como última oportunidad. Y por eso mantuvo reuniones con el señor Aoun, presidente del país, y con el líder visible de Hezbollah (porque Nasrallah parece una sombra huidiza) y con quien hizo falta: ya se veía de primer ministro, tal vez su última oportunidad, dada su edad. La oposición de la calle se le hizo, tal vez, demasiado cuesta arriba

Así que los manifestantes, tampoco una gran cantidad, entraron en la marina cantando aquello de Zaitunay es nuestro, basta del robo descarado de lo que es de todos, rodeados de antidisturbios, recordando que es terreno público, dando voces entre los ojos admirados de camareros y cocineros, de marineros y grumetes y capitanes a pago de millonarios opulentos. Menos del 20% de la costa libanesa es accesible libremente para el libanés medio, dice esta publicación, y en esta lujosa marina los millonarios solo pagan 1.60 dólares por metro cuadrado. ¡Se une todo! ¡Millonarios ambiciosos que también son políticos de ética ligera que roban lo público ante las narices de sus ciudadanos! ¡Políticos millonarios que luego se amnistiarán y se perdonarán y pensarán en nuevos proyectos mientras sus ciudadanos sufren con cada corte de luz! 

No es la única protesta de este tipo. Unos días después la organización lanza otra convocatoria: el lujoso club Mercury, no muy lejos de la marina, y también en una zona ganada al mar donde se levantan lujosos clubes nocturnos para solaz de los más acaudalados de los acaudalados. La presencia del ejército, un batallón de antidisturbios y gentes de paisano que daban más miedo que todos los demás atemorizó a los protestones y no se presentó nadie… El Lancaster Eeden Bay Resort, construido en la última playa pública de Beirut, también recibió la visita de cientos de manifestantes, que escalaron sus muros para pasear sus palmitos por el lugar. El hotel había abierto sus puertas a pesar del colegio de ingenieros de Beirut, que documentó multitud de violaciones de las regulaciones locales y urbanísticas del edificio. 

Pareciera que ni las guerras ni las corrupciones ni las penurias habituales han sacado más de quicio a los libaneses que los dos principales errores del gobierno. Ponerle un impuesto al whatsapp y robarles el mar. ¿A quién se le ocurre robarle el mar a un fenicio…?