Este post se ha leíd1439veces

Zayed, el periodista

Zayed Jack lleva tres años ya en el anti higiénico campo de refugiados de Leda, al sur de Bangladesh, y echa de menos sus tiempos de periodista freelance. Así me lo dice mientras docenas de niños se entrometen en la conversación. ‘Normal’, comenta mientras los mira sonriendo, ‘en este campo hay dos mil cien familias, unas quince mil personas, y de ellas ocho mil son niños’. Normal, me digo yo también mientras intento tomar alguna foto donde no salgan la chiquillería. ‘Pero, ¿qué otra cosa pueden hacer? ¡Hoy se ha roto la monotonía con su presencia, están alterados!’ Es cierto: poco más se puede hacer en el campo de refugiados de Leda: hay poco que comer, hay poco que beber, no hay educación, no hay sanidad, sólo historias deprimentes y mucha necesidad. En concreto: sólo pensar en las historias deprimentes que ha vivido uno y en pensar en la necesidad que le acucia a uno las veinticuatro horas del día. A mis pies corretea una fila de pollos teñidos de rosa intenso. ‘Los niños se aburren y alguno habrá encontrado un tinte’, me dice Zayed. En la puerta de su choza encontramos a la causante del estropicio: parte del tinte ha ido a los labios, sus ojos tan grandes, su cuerpecito cubierto de pequeñas erupciones que le dan un aspecto rugoso.

DSC_0526-imp

Zayed estudió psicología, me dice, pero en realidad lo que le gustaba era su papel de periodista freelance en el Burma Times. Una labor que quedó interrumpida cuando, como le ha ocurrido a otros varios cientos de miles de sus hermanos de etnia, tuvo que huir para salvar la vida. ‘El culpable es Wirathu‘, me dice, ‘ese monje que odia a los musulmanes y que alienta nuestro genocidio’. Porque Zayed lo tiene claro: lo que le ocurre a su pueblo es un genocidio. Desde que la Ley de 1982 sobre las razas nacionales los excluyera de la ciudadanía, los rohingyas nacen sin estado ni nacionalidad. Y sus vecinos les tienen además un rencor acumulado de siglos que un monje budista espolea hasta el límite.

time-magazine-cover-226x300

Portada del Time dedicada a Wirathu

El monje Ashin Wirathu es el desconcertante líder de una ola social que pretende expulsar a los musulmanes de Myanmar, la antigua Birmania, un extraño líder al que entrevistó el periódico español El País (pincha aquí). Según Wirathu, los musulmanes acosan a la mayoría birmana, quieren imponer su religión al budismo, que practica el 90% de la población de Myanmar, y sus sermones desde su monasterio en Mandalay son tan antológicos que la propia junta militar birmana lo encarceló durante nueve años por incitación al odio. Pero fue salir de prisión, en 2012, y volver a las andadas. ‘Ese año tuve que abandonar mi casa’, dice Zayed con una sombra en el rostro, ‘porque los adeptos al monje budista querían matarme’.

DSC_0556-imp

Los budistas de Birmania denuncian que los musulmanes tienen un plan para reproducirse sin tregua hasta alcanzar la mayoría demográfica y hacerse con el poder… En Leda hay muchos niños, es cierto, algunos son niños que tienen a niños de padres, pero de ahí a un plan maquiavélico dista un mundo…

¿Y no se le ocurre a tu comunidad cambiar de religión, hacerse budista?, me pregunto sabiéndome maleducado. Zayed me mira sorprendido, ‘no, jamás, somos musulmanes para siempre’, me dice mientras los chiquillos vuelven a saltar a nuestro lado. Los seguidores de Wirathu, el conocido como movimiento 969 (los nueve atributos de Buda, sus seis enseñanzas y los nueve de la orden budista), retomaron su campaña de amenazas y hostigamiento y los rohingyas, que llevaban años escapando del país a cuentagotas, volvieron a emprender un éxodo masivo. Entre ellos, Zayed. ‘Tres años llevo ya aquí’, repite con desesperación.

DSC_0555-imp

Los monjes emprendieron una campaña en la que denuncian una maquiavélica campaña de los rohingyas (y también de los musulmanes myanmas: entre unos y otros suman un 6% de la población birmana) para reproducirse casi que sin tregua y alcanzar la supremacía demográfica en 2100 y hacerse con el control del país. Como parte de la campaña distribuyen fotografías de crímenes musulmanes, historias que a veces son ciertas y otras bulos, y comparan con cinismo a los musulmanes con las carpas africanas: ‘ambas son especies invasores que destruyen la fauna local’. Sin embargo, los rohingyas no son ni siquiera una etnia sino una suma de etnias, una mezcla de pueblos locales de la región de Rakhine, o Arakan, al suroeste de Myanmar, una mezcla con turcos, persas, indios, bengalíes, árabes, mongoles y hasta pashtunes de Pakistán. Unos genes que les diferencian del resto de birmanos y les acerca a los bengalíes. Zeyad, que podría pasar por bengalí, encoge los hombros: ‘sólo quiero volver a mi casa’, comenta cabizbajo, ‘y seguir colaborando con mi periódico…’

DSC_0569-imp